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| CARTA
ABIERTA AL PRESIDENTE HERBERT
HOOVER DE ESTADOS UNIDOS (6 de marzo de 1929) Señor: Tengo a bien manifestarle que hemos logrado, mediante el esfuerzo de nuestros soldados, poner fuera de combate al exmandatario norteamericano Calvin Coolidge y al secretario de Estado Frank Kellog. Es el par de insolentes que mandaron descaradamente a asesinar a mi Patria desolando nuestros campos con el incendio, violando a nuestras mujeres y pretendiendo arrebatarnos nuestros sagrados derechos a la libertad. Nuestro Ejército Libertador está como siempre, firme y vencedor, y a la expectativa de la orientación que usted dé a la macabra y subterránea política que Coolidge y Kellog dejaron pendiente en Nicaragua, haciendo del conocimiento de usted que estamos dispuestos a castigar implacablemente todo abuso de los Estados Unidos de Norte América en los asuntos de nuestra Nación. Nicaragua no le debe ni un solo centavo a los Estados Unidos de Norte América; pero ellos nos deben a nosotros la paz perdida en nuestro país desde 1909, en que los banqueros de Wall Street introdujeron la cizaña del dólar en Nicaragua. Por cada millar de dólares que han introducido en mi Patria los banqueros yankees, ha muerto un hombre nicaragüense y han vertido lágrimas de dolor nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas, nuestros hijos. En 1909 era el espúreo Adolfo Díaz un simple empleadillo de cuarta clase con un sueldo de $2,65 -dos pesos sesenticinco centavos diarios- en el mineral de explotación norteamericana La Luz y Los Angeles, situado en Pis-Pis, Departamento de Bluefields, costa Atlántica de Nicaragua. De aquel mineral fue tomado Adolfo Díaz para ser instrumento de los banqueros de Wall Street en Nicaragua. Ellos lo lanzaron a la rebelión que dio principio con la traición de Juan J. Estrada al Gobierno Constitucional. En aquel entonces Juan J. Estrada tenía el cargo de Jefe de Policía de Bluefields. Los banqueros de Wall Street habilitaron de $ 800,000 -ochocientos mil- pesos a Adolfo Díaz para el sostenimiento de aquella funesta rebelión. Desde aquel infeliz momento se extendió sobre mi Patria el luto y el dolor. Si tocia la sangre derramada y todos los cadáveres de nicaragüenses que han hecho los dólares de Wall Street desde aquella época hasta el presente se pudieran recoger, para que un 4 de julio los estadounidenses imperialistas de Washington y Nueva York comieran esos cadáveres y bebieran la sangre de mis compatriotas, no alcanzarían a comérselos y bebérsela entre todos en el festival de la independencia de los Estados Unidos de Norte América, celebrada en aquella fecha. Todos los nicaragüenses son conocedores de la realidad de las palabras que dejo expuestas arriba. Los banqueros de Wall Street, endiosados con su dólar, se valieron de Adolfo Díaz y de algunos corrompidos nicaragüenses, instrumentos creados por los propios banqueros, para hacer que Nicaragua aceptara empréstitos que nosotros no necesitábamos. Esos banqueros escogieron a tales desnaturalizados con el fin de celebrar tratados y pactos que les dieran la apariencia de legalidad y así apoderarse de Nicaragua. Los piratas yankees comprendieron que la gran mayoría del pueblo nicaragüense rechazaba con indignación los tratados y pactos celebrados entre los banqueros y unos cuantos Vendepatria nicaragüenses. Esa comprensión ha hecho que los gobiernos de los Estados Unidos de Norte América se valgan de todas las artimañas con el objeto de asegurar en el Poder de nuestra Nación a los nicaragüenses que se presten para esbirros de sus mismos hermanos. Fue por eso que en 1923, a iniciativa del mismo gobierno yankee, celebraron tratados los gobiernos de Centro América a bordo del acorazado Tacoma, en el Golfo de Fonseca, sugiriendo el mismo gobierno yankee los puntos que deberían ser establecidos entre los mismos gobiernos. Entre los puntos de dichos tratados quedó establecido que ninguno de los gobiernos de Centro América que surgiera por un golpe de Estado sería reconocido por los otros gobiernos centroamericanos, ni por el mismo gobierno de los Estados Unidos de Norte América. El cálculo de la política yankee en esos tratados fue el de asegurar en el Poder a los que le habían vendido la Soberanía Nacional de Nicaragua, supuesto que los contratos con los vendepatria son por NOVENTINUEVE años, prorrogables a voluntad de los Estados Unidos de Norte América. En aquella época, los banqueros de Wall Street se consideraron dueños y señores de Nicaragua. Se pusieron de rodillas, con las manos y los ojos elevados al cielo, frente a sus cajas fuertes, llenas de metal, rindiendo las gracias al Dios ORO por el gran milagro que les había concedido. (¡Oh, dólar maldito. Eres la carcoma que mina los cimientos del imperialismo yankee, y tú mismo serás la causa de su derrumbamiento...!) No fue menor el regocijo de los hipócritas vendidos nicaragüenses que se sostenían en el Poder en aquel tiempo, como hoy, apoyados en las bayonetas yankees. La Justicia Divina marcó el "alto allí" a la vida de don Diego Manuel Chamorro, presidente de Nicaragua en la época en que celebraron los Tratados del Tacoma. El pueblo nicaragüense, que creía perdidos para siempre sus derechos a la libertad, vio despejado el horizonte de la Soberanía Nacional de Nicaragua con la muerte del mencionado Diego Manuel Chamorro. Asumió la Presidencia de Nicaragua el ciudadano Bartolomé Martínez y apoyó una elección justa y honrada por la cual resultaron electos Presidente y Vice-Presidente, respectivamente, los señores Carlos Solórzano y doctor Juan Bautista Sacasa, quienes tomaron posesión de los cargos que les confiaba el pueblo nicaragüense. La soberbia hizo sus estragos en los corazones del ex Presidente de los Estados Unidos de Norte América, Calvin Coolidge y del secretario de Estado Frank Kellog, cuando se dieron cuenta de que la justicia se había puesto de parte de nuestro pueblo. La mala intención agitó la conciencia de Adolfo Díaz, Emiliano Chamorro y sus secuaces y en la noche del 24 de octubre de 1925, dieron el famoso LOMAZO, ya bien conocido por el mundo civilizado. Exigieron a don Carlos que renunciara la Presidencia de la República, y lo declararon loco. Al doctor Sacasa le desconocieron la legalidad de su Vicepresidencia, lo persiguieron y emigró. Chamorro se hizo presidente de Nicaragua. Los Estados Unidos de Norte América, aparentando moralidad política ante el mundo civilizado, no reconocieron a Chamorro; pero en cambio, reconocieron a su cómplice Adolfo Díaz. Todo esto, no dudamos, fue obra de Coolidge y Kellog, por mandato de Wall Street. Mr. Hoover: Si usted tiene ojos para mirar, mire. Si tiene oídos, para oír, oiga. Le tiene cuenta, si no a usted, al pueblo que representa. Coolidge y Kellog son un par de fracasados políticos norteamericanos. La actuación de ellos en Nicaragua ha hundido en el más grande de los desprestigios a la tierra de Washington. Han hecho verter la sangre y las lágrimas a torrentes en mi Patria. También han enlutado y hecho llorar muchos hogares norteamericanos. Con un poco de inteligencia de tales individuos, no hubiera sucedido nada de eso. Los Estados Unidos de Norte América continuarían llevando enmascarados el desarrollo de su política. Hoy se encuentra la Democracia de los Estados Unidos de Norte América al borde de un abismo y usted puede contenerla o empujarla. La actuación de su Gobierno en estos momentos es de vida o muerte para su país. Hasta hace seis años habían logrado ustedes tener las apariencias de legalidad en sus tratados e intromisiones en Nicaragua, pero después de la muerte de don Diego Manuel Chamorro, la Providencia, aliada nuestra, desenmascaró la política yankee en mi Patria y, con la actuación que mantuvieron Coolidge y Kellog, en nuestro país, han hecho desarrollarse una enorme ola de odio y de desconfianza, casi mundial, para ustedes. En Nicaragua no tienen ustedes más amigos que un pequeñísimo grupo de hombres inmorales que no representan el propio sentimiento del pueblo nicaragüense. Yo estoy representando con mi Ejército el propio sentir de nuestros conciudadanos. La gran mayoría de nicaragüenses, aunque no estén empuñando el rifle en mi Ejército, en espíritu están conmigo. No desconozco los recursos materiales de que dispone su Nación, todo lo tienen, pero les falta DIOS. De los intimidados en Tipitapa el 4 de mayo de 1927, solamente los maliciosos, los pusilánimes y los irresolutos, se humillaron ante el ruido de las grandezas yankees. El doctor Sacasa fue el llamado para rechazar con las armas el abuso de Coolidge contra la Soberanía de Nicaragua; pero no lo hizo, tuvo miedo, y allí le tiene, humillado, postrado de rodillas ante usted. Tal vez no se equivoque usted, creyendo que como Sacasa se le humillarán todos. Continuando ustedes la política de Coolidge y Kellog, continuarán encontrando Sandinos. Hay que convenir en que existe un Soplo Divino de Justicia que está con nosotros y que es tempestad para los mal intencionados. En la Razón, la Justicia y el Derecho, tengo afianzada mi actitud contra la política que usted desarrolla en mi Patria. Cuartel General El Chipotón, Nicaragua, C. A., marzo 6 de 1929 y Año Décimo Séptimo de lucha antiimperialista en Nicaragua. Patria y Libertad. A. C. Sandino. |