MANIFIESTO
(Mayo de 1931)


Como impotente bestia furiosa, Herbert Clark Hoover, el presidente yankee, se lanza en insultos en contra del jefe del Ejército que está libertando a Nicaragua. Es él y es Stimson, como fueron Coolidge y Kellog, los asesinos modernos. Y que el pueblo norteamericano agradezca a ese cuarteto todo su fracaso, y que los padres, hijos y hermanos de los marinos que han caído en los campos segovianos, maldigan hoy y siempre a esos funestos gobernantes.
La insolente fanfarronería de Coolidge en 1927, al decir que desarmaría por la fuerza al Ejército Defensor de la Honra de Nicaragua, ha costado muy caro al prestigio de los Estados Unidos de Norteamérica. Últimamente hemos sabido que Herbert Clark Hoover, el presidente yankee que no pasará de 1932, ha dicho y prometido que va a capturar a Sandino para entregarlo a la justicia, desquite verbal por la azotaina que nuestro Ejército acaba de pegar a los yankees en la Costa Atlántica, dejando Longtow sembrado de cadáveres. Ninguna culpa tenemos, porque sólo nos estamos defendiendo.
Caro nos cuesta la política de Norteamérica en Nicaragua. Desde 1909 hasta el presente, ha destruido 150 mil vidas humanas, de uno y otro sexo; ha saqueado más de las dos terceras partes del capital de los nicaragüenses, y estaba alistándose para colonizar a Centro América, cuando una crisis pavorosa sorprende y paraliza el empuje de ese mal. Entonces ¿qué calificativo merecerán los hombres que tal hicieron y que así nos amenazaron?
Pero, viéndolo bien, es tan infeliz el régimen de Hoover, que llamó para Secretario de Estado a un tinterillo de Bowery de Nueva York, y no teniendo un hombre para ministro en Nicaragua, envió al vejete Mattew Hanna, cuya mujer -una alemana por cierto -es quien viene manejando la legación yankee en Managua. Pero se acerca el cambio de gobierno de la piratería, y como varita de cohete van a salir todos esos dentro de poco.