MANIFIESTO
(28 de julio de 1931)


Nadie ignora que nuestro Ejército combate contra un ejército provisto de elementos bélicos modernísimos y de todos los otros recursos materiales de que puede disponer un gobierno.
Sin embargo, actualmente tenemos controlados los campos de ocho de los departamentos de Nicaragua, y si no hemos tomado ciudades, es porque no figura todavía eso en nuestro programa, pero lo haremos sin duda alguna cuando llegue la hora. Nuestra táctica consiste en mantener sitiadas las plazas de pueblos y ciudades de los departamentos en que opera nuestro Ejército.
El enemigo ha estado asegurando que hay escasez de víveres en Las Segovias, pero eso es en ciudades y poblados donde se han ido a refugiar los mercenarios. En los campos no hay hambre, y nuestro Ejército tiene comida hasta para aventar hacia arriba.
Ocho columnas expedicionarias componen el efectivo de nuestro Ejército, en los lugares y bajo las órdenes de los siguientes jefes:
Nuestras columnas No. 2 y No. 6, al mando de generales Carlos Salgado P. y Abraham Rivera, operan con todo éxito en nuestra Costa Atlántica.
Nuestra columna No. 1, al mando del general Pedro Altamirano, controla los departamentos de Chontales y Matagalpa.
Nuestra columna No. 3, al mando del general Pedro Antonio Irías, controla el departamento de Jinotega.
Nuestra columna No. 7 al mando del general Ismael Peralta controla el departamento de Estelí.
Nuestras columnas No. 4 y No. 8, al mando de los generales Juan Gregorio Colindres y Juan Pablo Umanzor, controlan las zonas de Somoto, Ocotal, Quilalí y El Jícaro.
Nuestra columna No. 5, al mando del general José León Díaz, controla los departamentos de León y Chinandega.
Nuestro cuartel general está establecido en el centro de los ocho departamentos mencionados. Nuestras columnas son movilizadas con precisión matemática, tanto a la derecha como a la izquierda de nuestro cuartel general.
Nuestro ejército es el más disciplinado, abnegado y desinteresado en todo el mundo terrestre, porque tiene conciencia de su alto papel histórico. No importa que plumas rastreras nos den el calificativo de "bandidos". El tiempo y la historia se encargarán de decir si los bandidos están allá o en Las Segovias nicaragüenses, en donde reinan el amor y la fraternidad humanas. Hasta en los mismos casos en que nuestro Ejército ordena
fusilamientos de traidores, se hace eso por máximo amor a la libertad. Y solamente se fusilan a los que atentan contra esa libertad, tratando de imponer una esclavitud que nosotros rechazamos con ira santa.
En nuestro cuartel general está a la disposición de quienes quieran ver eso, gran cantidad de documentos, banderas y multitud de objetos que pertenecieron al ejército que pretende exterminarnos, todo lo cual fue avanzado al enemigo en diferentes combates. También nosotros hemos tenido numerosas bajas, pero no engañamos al público, como lo hacen los contrarios, que dicen que nuestras balas solamente les tocan el ala del sombrero. Las presentes noticias deberán ser lo bastante, para que el público observador permanezca atento y rechace las noticias falsas del enemigo, mentiras con las que confunde y emborracha al público. Sin embargo el 24 de julio hizo cuatro años de la primera batalla de nuestro Ejército en la ciudad de Ocotal, contra el ejército del imperialismo más grotesco de la tierra. Ayer como hoy nuestro impotente enemigo ha blandido todas sus armas contra nosotros, inclusive la calumnia, que es el arma más potente con que cuentan los cobardes.
Nada diferente tengo de cualquier otro soldado raso de los ejércitos del mundo. Ni mi voz es altanera, ni mi presencia infunde terror, como muchos podrían imaginarse; y sin embargo, hemos tenido el placer, cumpliendo un deber ciudadano, de mirar bajo nuestras plantas, humillados, a numerosos altos jefes y oficiales del altanero ejército de los Estados Unidos de Norteamérica que pretendiendo aniquilarnos han sido aniquilados. Probamos ya, hasta donde ha sido posible, que la fuerza del derecho esgrimida con fuerza, eso sí, pueda más que el derecho de la fuerza bruta. Mi conciencia está tranquila y gozo con la satisfacción del deber cumplido. Aún en el sueño soy feliz, pues duermo con la dulzura de un niño sano.