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| PRIMERA
ETAPA La primera etapa de nuestra lucha, es el año de servicio que prestamos a la guerra constitucionalista que principió el 4 de Mayo de 1926 con la huelga de los trabajadores de la Costa Atlántica encabezada por el Gral. Adán Gómez, (y no Luis Beltrán Sandoval, quien por último llegó) hasta el 4 de Mayo de 1927 que el General Moncada ahorcó al liberalismo nicaragüense en el Espino Negro de Tipitapa, como el Gral. Emiliano Chamorro mató al Partido Conservador al firmar los tratados Bryan-Chamorro. No hay pues, partidos en Nicaragua sino que PARTIDAS, pero que en un futuro el pueblo nicaragüense se dará su gobierno autónomo. Los representantes de los partidos Liberal y Conservador, firmaron en nuestros convenios de paz, por fórmula protocolaria y no por mi voluntad, aunque los dos caballeros en lo personal merecen todo respeto y aprecio, sin embargo, repito que les rechacé como a representantes de los partidos, pero me convencí, que el invasor al partir, dejó la consigna de no reconocérsenos honores en caso de entendimiento; me pareció criminal seguir en la guerra solamente por exigir escrito un reconocimiento que ya está en el corazón de todos los buenos nicaragüenses. Al Dr. Sacasa lo encontré sin compromisos, pero sin embargo, la paz no se podía firmar sin tomar en cuenta la representación de los partidos y, lo acepté, con todo y que para mí están sepultados. SEGUNDA ETAPA Cuando el 4 de mayo de 1927 con orgullo impotente el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, amenazó desarmar por la fuerza a los Ejércitos nicaragüenses, pensé solamente en morir en batalla abierta contra los impotentes orgullosos y con sangre lavar a Nicaragua de oprobios e intimaciones. Todo lo que de lucha, sangre, dolores, lágrimas, violaciones, incendios, destrucciones de intereses y vidas de nicaragüenses por los filibusteros yanques, aún no han sido lo bastante conocidos por el mundo; aprovechamos esta nueva oportunidad para decirle al Universo entero que la responsabilidad de la destrucción de Nicaragua, es exclusiva de la política internacional de los gobiernos de Estados Unidos de Norteamérica, de nuestra parte solamente hemos ejercido nuestros derechos de defensa. En pleno fragor de la lucha, un tal Almirante Sellers, que se firmaba Jefe de toda la Armada de Estados Unidos en Centro América, nos dijo por escrito que pidiéramos lo más que quisiéramos después de los tratados en Tipitapa con Moncada. Nuestra contestación la conoció el mundo y entre otras cosas dijimos que nos entenderíamos con Moncada, porque aunque traidor por fin era nicaragüense. Moncada organizó ejércitos de nicaragüenses, diciendo al pueblo que Sandino pedía la división del territorio nacional, que era una traición a la patria de sus mayores . . . Cuando Moncada asumió la presidencia de Nicaragua el 1° de enero de 1929, teníamos dos años de luchar contra la piratería yanque, y uno anterior contra los intervencionistas conservadores, pero nunca habíamos visto tanto asesinato en los indefensos como cuando Moncada logró unir a los invasores, a los conservadores y a los liberales en un solo ejército contra los que defendíamos la autonomía nacional. Ese fue el tiempo más negro de la guerra porque se asesinaban a los nicaragüenses con lujo de crueldad por los soldados de fortuna que estaban al servicio de Moncada. Entonces salieron grandes caravanas de campesinos nicaragüenses para Honduras y que en gran parte murieron a la intemperie en los caminos; en estas benditas montañas, desde que principiaba la luz del día, hasta la noche, los aviones de guerra de la marinería norteamericana, vomitaban la muerte sin cesar. Los alrededores de Jinotega, Yalí, etc., etc., estaban repletos de patriotas campesinos que a punta de bayoneta habían sido reconcentrados por los invasores y traidores nacionales. Eran diluvios de piratas por tierra y más de DOCE MIL traidores nacionales persiguiéndonos a sangre y fuego por el delito de querer ser libres, nosotros nos defendimos (a puro Corazón de Jesús); pero por fin sacamos a los piratas de Nicaragua. Así estaban las cosas cuando mandamos un correo al Gobierno de México con la nota siguiente: "El Chipotón, Nicaragua, C. A.-Enero 6 de 1929.- Señor Licenciado Emilio Portes Gil, Presidente Provisional de los Estados Unidos Mexicanos. México, D. F.-Muy Señor mío:-En la confianza de que es Ud., representante del heroico y viril pueblo mexicano no vacilo en solicitarle a su gobierno la protección necesaria para llegar y tener el alto honor de ser aceptado con mi estado mayor en el seno de ese ejemplar pueblo. No es posible manifestar por escrito los trascendentales proyectos que en mi imaginación llevo, para garantizar el forma deseamos el apoyo de su gobierno. En la esperanza de Paredes, portador de la presente expondrá en parte, verbalmente a Ud., la actual situación política de Nicaragua y nuestros cálculos. El mismo joven Capitán sabrá explicar a Ud., en qué forma deseamos el apoyo de su gobierno. En la esperanza de saludarle personalmente mediante su valiosa cooperación y anticipándole mi gratitud, tengo el honor de suscribirme de Ud. muy atento y seguro servidor. Patria y Libertad, A. C. SANDINO". Nuestra solicitud fue aceptada en los momentos que México se envolvía en la revolución de Escobar, en Marzo de aquel año, pero el correo llegó a nuestros campamentos de las Segó vías, trayéndonos ofrecimientos verbales del Gobierno de México y pasaporte del Gobierno de Honduras y la anuencia de El Salvador y Guatemala para cruzar sus territorios hasta México en Mayo, por lo que traspasé las fronteras para internarme en territorio hondureño en los primeros días de Junio; fui recibido en el río Guallambre, Honduras, por fuerzas del Gobierno al mando del General Maximiliano Vásquez, quien me acompañó hasta La Unión, puerto salvadoreño. Terrible batalla moral me esperaba en ese viaje como lo prueban dos cartas que a continuación me permito copiar textualmente: "Mérida, Yucatán, México-Diciembre 4 de 1929- Excelentísimo Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Licenciado Emilio Portes Gil. México, D. F.- Señor Presidente: No obstante de comprender los grandes problemas de México que a diario tiene Ud., que resolver, me permito invitarle en nombre de la libertad de Nicaragua, a que se sirva manifestarme categóricamente sus determinaciones relativas a la conducta que el Gobierno de México debe adoptar en las actuales circunstancias en que el espíritu del pueblo nicaragüense confía, para el sostenimiento de su Soberanía Nacional, en el patriotismo de la propia persona de Ud. Hago a un lado la modestia para manifestarle con todo mi corazón de patriota, que es este su humilde servidor el que más embebido está del sentimiento patriótico de mi pueblo que desde hace cuatro años lucha con denuedo: contra los asesinos piratas norteamericanos, contra los traficantes de nuestro Honor Nacional y contra la indiferencia y casi complicidad de los gobernantes de nuestra América Latina, con la única honrosa excepción de los gobiernos mexicanos. Nuestra salida de las Segovias para venir a México ha sido de vida o muerte para la causa del sostenimiento de la Soberanía Nacional de Nicaragua. Nosotros gozamos de la suficiente facultad de observación y ella nos sirvió para que antes que nos movilizáramos de las Segovias nos imagináramos que nuestro viaje a México sería atacado por un diluvio de calumnias que, careciendo de fundamento por su misma naturaleza de calumnias tendrían que ser destruidas con la inmediata reanudación de nuestra lucha armada en Nicaragua. Por otra parte, estuvimos en lo cierto al prever que con mi salida de las Segovias, los asesinos yanques tendrían que debilitar en gran parte sus hordas de forajidos con que han estado asolando a mi querida patria. Ahora bien. Hasta en estos momentos, Señor Presidente, no he visto ni en lo más mínimo el principio para que las aspiraciones que me impulsaron a venir a México puedan ser llenadas. Me encuentro muy pensativo desde que he comprendido que se me niega disimuladamente una entrevista con Ud. No desconozco las consecuencias que le sobrevendrían de los Estados Unidos de Norte América a México con motivo de mi entrevista con Ud.; pero tampoco desconozco hasta donde México ha sabido y sabrá mantenerse ante las insolentes pretensiones de los Estados Unidos de Norte América, principalmente en el cumplimiento de un deber, como es el que México tiene de no permitir que la piratería yanque colonice Centro América. Es natural pensar que el hombre que por alguna circunstancia haya tenido la oportunidad de manejar, una situación, principalmente por años, no pueda sentirse satisfecho de que después de llegar a un lugar en solicitud de un apoyo, se le aleje de los centros de movimientos en espera de algo que ni siquiera ha tenido la ocasión de exponer con detenimiento. Ese hombre soy yo y, aun cuando mi solicitud estuviera sujeta a planes del Gobierno de México, no se debiera permitir que nosotros fuéramos ajenos a esos planes porque con ello se haría un desprecio y una duda de nuestras facultades mentales. Hay, pues, motivos suficientes para que yo esté no solamente pensativo sino que preocupado, supuesto que no deberán de existir planes de ninguna clase respecto a mí, desde luego que ni siquiera se me ha permitido el honor de entrevistarme con usted. Tengo una duda, y es la de que el mensajero que empleamos para el intercambio de comunicaciones con usted, Capitán José de Paredes, haya cometido otras faltas además de las que hasta última hora he conocido, como son las expresadas en unas cartas que dejó olvidadas en Tegucigalpa, Honduras, C. A., el referido Capitán de Paredes y que recientemente fueron publicadas en la prensa de aquella capital. Las cartas están dirigidas: una a la madre del mismo Capitán de Paredes; otra al General José María Tapia; otra al Dr. Pedro José Zepeda y otra a mí. Las cartas en cuestión fueron escritas y dejadas en Tegucigalpa por el Capitán de Paredes cuando todavía no llegaba a nuestros campamentos de regreso de la comisión que a nuestro nombre vino a desempeñar ante usted. Las referidas cartas están escritas con una imaginación fantástica y carecen de toda veracidad. El propio Capitán de Paredes me dirigió desde Tegucigalpa, con fecha 30 de Noviembre último un telegrama que textualmente dice: -Papá hágame responsable malhabidos papel disculpe mis veintidós años-apenadísimo-José de Paredes.- La fantasía del Capitán de Paredes me ha dado lugar en estos momentos a creer que a las instrucciones verbales que le di a él en las Segovias para que las expusiera a Ud. le haya cambiado el sentido con la idea de que Ud. aceptará nuestra solicitud y que seguramente conmigo habrá hecho otro tanto, al extremo de que si así es, como lo quiero imaginar últimamente, siento profunda pena por cuantas molestias le pudiéramos haber ocasionado a usted en estos álgidos momentos porque atraviesa la política mexicana. En cualquier caso, Señor Presidente, aunque mi viaje hubiera sido hijo de una mala interpretación, eso nos comprobará que el triunfo de nuestra causa es evidente, por lo mismo que le expongo en párrafos anteriores, o sea que con mi salida de las Segovias los asesinos piratas yanques han disminuido en Nicaragua sus recuas de bandidos. (No acostumbro hacerme ilusiones en ningún caso, de ahí que siempre espero que los hechos me den la base para operar. "Hechos, no palabras", es muy excelente lema para quienes sólo confiamos en la acción). Con esta carta, Señor Presidente, me propongo quedar completamente identificado ante usted y confío en que después de haberla leído me habrá interpretado y usted será el mejor conocedor de si mi viaje ha sido o no hijo de una mala interpretación como le expongo en el párrafo anterior. En el caso de que sea confirmado por usted lo que dejo expresado arriba, no habría ya motivo para que yo insista en mi propósito de entrevistarme con usted, a excepción de que patrióticamente tenga Ud. algo que ofrecemos. Si con esta carta queda resuelto nuestro asunto, quiero agradecerle en nombre de la sangre derramada en México en 1847 y 1914, de la derramada en Nicaragua desde 1909 hasta el presente y de la derramada en los otros pueblos de la América Latina por la piratería yankee, se sirva no ponerme obstáculos a mí ni a los hombres que me acompañan, para verificar nuestro regreso a las Segovias. En nada disminuirá esto nuestra gratitud por los servicios que usted se dignó prestarnos y mucho menos disminuirá esto nuestro reconocimiento del alto patriotismo del pueblo mexicano. Le encarezco señor Presidente, su pronta contestación para efectuar nuestro viaje antes que la calumnia continúe ensanchándose más en nuestra pobre humanidad. Con las muestras de nuestra distinguida consideración y seguro respeto, nos suscribimos de usted, atento seguro servidor. Patria y libertad. A. C. SANDINO La carta anterior en nada mejoró nuestra situación y el 25 de Enero escribí a nuestro representante general, Doctor Pedro José Zepeda la carta que copio y que textualmente dice así: "Mérida-Yucatán, México, Enero 25 de 1930.-Calle 87 No. 492.-Dr. Pedro José Zepeda, Representante General del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.- 3a. De Balderas No. 24, México D. F. - Muy señor nuestro y distinguido amigo: Nos permitimos dirigir a usted la presente con la intención de romper ante usted con los presentimientos y dudas que nos han presentado los acontecimientos relacionados con nuestra Acción Defensora de la Soberanía Nacional de Nicaragua, desde nuestra entrada a territorio mexicano, adelantándonos a expresarle que la primera manifestación de duda se nos presentó en El Suchiate, México y fue esa duda el motivo para que me internara nuevamente en territorio guatemalteco regresando después al mexicano, cuando recibimos algunas excusas. En Veracruz le expuse a usted el 25% de nuestros propósitos en la lucha que sostenemos en Nicaragua, contra la piratería yanque, habiéndome reservado el 75% para cuando hubiéramos tenido la oportunidad de la entrevista con nuestro amigo y usted. Llegamos al puerto del Progreso, Yucatán, México, y se procuró hacer la confusión en nuestra llegada con el objeto que ya nos podemos imaginar. Ya aquí en Mérida, Yucatán, México, no encontramos con quien entendernos, y no es necesario decir, que nos sorprendió tal cosa, porque esperábamos que a nuestra llegada a esta ciudad ya habría en ella alguna instrucción al respecto. Nos dirigimos en varios mensajes a usted en esa ciudad Capital. Usó usted bastante prudencia al no contestarnos y nosotros nos vimos obligados a sufrir un sitio económico en el "Gran Hotel" de esta ciudad, al grado que cuando el administrador del mismo iba a pasarnos la cuenta, nos vimos forzados a declarar nuestra dificultad a una señora artista de nombre Ignacia Veratiguí y esta señora tuvo la bondad de facilitarnos algunos dineros con los cuales se canceló la cuenta del hotel. Por aquellos mismos días se presentó ante nosotros el Sr. Manuel M. Arriaga, Representante del Ejecutivo Federal ante la Cooperativa Henequenera de Yucatán, y dicho señor nos manifestó que él tenía instrucciones del señor Presidente de la República Licenciado Emilio Portes Gil, de entregarnos la suma de dos mil pesos moneda nacional cada mes. Nos causaron gran sorpresa las palabras que oímos del señor Arriaga y aprovechando los dos mil pesos moneda nacional, que se sirvió entregarnos, nos dispusimos a salir de esta región con rumbo al puertecito denominado El Cuyo, de este mismo Estado de Yucatán y del cual puerto nos proponíamos abandonar el territorio mexicano con los medios que se nos presentaran. Cuando esto sucedía, nos llegó un telegrama del General José León Díaz, miembro de nuestro ejército, en el que nos participaba que las fuerzas a su mando que lo eran a la vez del General Francisco Estrada habían abandonado las montañas de las Segovias, llegando a Tegucigalpa, Honduras, C. A. el 2 de Agosto de 1929. Las fuerzas nuestras que hoy estaban en Tegucigalpa, Honduras, C. A., lo hacían obedeciendo instrucciones nuestras las cuales instrucciones les habían quedado por escrito, y en ellas les indicábamos que, un mes después de nuestra salida de las Segovias entregaran ellos el armamento al general Pedro Altamirano, licenciándose parte de los miembros de nuestro ejército y que 30, entre Jefes y Oficiales, se dirigieran para esta república. Hicimos esto en la confianza de los ofrecimientos verbales que nos había hecho el Presidente de esta República, Licenciado Emilio Portes Gil, por el conducto del Capitán José de Paredes. En apego a esa misma confianza había yo adelantado a mi secretario ciudadano Coronel Agustín F. Martí y al mismo Capitán José de Paredes, para que a su llegada a Tegucigalpa, Honduras, C. A., entregaran una carta que dirigí al señor Presidente Portes Gil, y en la cual, basándonos en los mismos ofrecimientos que él nos hacía por el conducto del Capitán de Paredes, le manifestamos que aceptábamos el empréstito de $10.000.00 (dollars), cantidad que creíamos suficiente para que pudieran llegar los 30 Jefes y Oficiales de nuestro Ejército que dejamos dicho arriba, y también para ayudar en algo a los miembros de nuestro ejército, quienes se quedaban esperando nuestro regreso para la continuación de nuestra lucha sostenedora de la Soberanía Nacional de Nicaragua, contra la piratería yanque. No se nos proporcionó toda la cantidad aceptada y apenas se nos prestaron 5,000 dollars y esto dio motivo a grandes trastornos para la llegada de nuestros compañeros a esta ciudad, habiendo llegado los últimos tres, ayer 10 del presente mes. El telegrama del general José León Díaz, participándonos su llegada con otros miembros de nuestro ejército, el 2 de Agosto de 1929 a Tegucigalpa, Honduras, C. A., el silencio de usted; y las instrucciones que había para entregarnos la suma de dos mil pesos moneda nacional mensuales y, por otra parte, diciendo los enemigos que nos habíamos vendido a los piratas yanques, produjeron una verdadera revolución en mi cerebro, pero por fin tomé determinación. Dirigí un telegrama al general José León Díaz, manifestándole que él y los demás compañeros permanecieran en Tegucigalpa, Honduras, C. A., hasta nueva disposición. También me dirigí en carta extensa al señor Presidente Portes Gil, adjuntándole copia de esa carta a Ud., con la presente como de la última que al mismo Señor Presidente Portes Gil le he dirigido; igualmente me dirigí a usted en carta de instrucciones. Una de las noches, ya encontrándonos acostados en la casa de alojamiento del puerto "El Cuyo", Yucatán, llegó un mensajero portando un telegrama de usted. En dicho telegrama Ud., nos pedía una entrevista y después de nuestra acostumbrada meditación, me hice la reflexión de que era mejor aceptar la entrevista con usted en vez de que nos marcháramos hacia Nicaragua, supuesto que algo bueno debería usted traernos y que estábamos obligados a escoger del mal el menos. Regresamos del Cuyo a Tizimín. Yucatán, en donde tuvimos el gusto de entrevistarnos con usted. Siempre estuve pendiente de que usted en aquella entrevista nos manifestara la determinación del Señor Presidente Licenciado Emilio Portes Gil y todo el intercambio de frases entre Ud., y yo no encontré casi nada sólido y le oí decir que había dejado todo listo en Espita, Yucatán para que fuéramos a ver una finca. Fue así como me manifestó usted la idea que había de que nuestros compañeros y yo permaneciéramos en una propiedad en forma provisional para mientras al Señor Presidente Portes Gil le era posible resolver nuestro asunto, o sea la cooperación que este Gobierno pudiera prestar en la lucha que sostenemos con la piratería yanque en Nicaragua. De la conversación con Ud., deduje que este Gobierno estaba imposibilitado para resolver el asunto dicho, antes de que se verificaran en noviembre de 1929 las elecciones presidenciales de esta república. Sentí muy pesado el ofrecimiento y procuré ser condescendiente con Ud., y con nuestro amigo el Señor Presidente Portes. Para ser condescendientes tomamos en cuenta que muchas veces no basta tener las cosas para ofrecerlas, sino que también hay que salvar algunas responsabilidades. Tuve también en cuenta que el Capitán de Paredes me había dicho en las Segovias que Ud., le expresó a él cuando vino a la comisión a esta república, de que usted creía que antes del mes de noviembre de 1929 nosotros habríamos podido reanudar nuestras actividades en las Segovias. Yo me las di de prudente con usted y me parecía que todo lo que me expresaba en la entrevista era alrededor de lo que usted dijo al Capitán de Paredes en cuanto nuestro pronto regreso a la lucha. Llegamos con Ud., a Espita, Yucatán, fuimos atendidos por la familia del señor Alfonso Peniche, en casa de este mismo señor. Fue por medio de la familia mencionada que nos dimos cuenta pocos momentos después de nuestra llegada que era el señor Peniche el interesado en vender una hacienda llamada Santa Cruz, la cual, seguramente Ud., nos iba a proponer. Fui con Ud., a la finca Santa Cruz, y todo aquello me dio olor a fatalidad, como se lo dije después en una de nuestras tantas cartas. Un corresponsal del Diario de Yucatán, residente en Espita, Yucatán, llegó a entrevistarnos y comprendí que era fuerza decirle algo; le manifesté que en efecto, obedeciendo a planes de nuestro ejército, nos dedicaríamos a trabajos agrícolas para mientras reanudábamos nuestra acción armada en Nicaragua, contra la piratería yanque. Con aquellas palabras sacrificaba mi propia intención pero era fuerza hacerlo así para conseguir el fin que nos proponíamos que era la reanudación de la lucha, sobre una base internacional sólida y por tanto segura en beneficios para nuestros pueblos indohispanos. El mismo día de nuestra visita a la finca Santa Cruz, nos marchamos con Ud., para esta ciudad y volvimos a permanecer cerca de un mes en el mismo Gran Hotel. Por suerte de nuestra causa tardaron en llegar nuestros compañeros y estando nosotros sin un centavo nos vimos obligados a pedir alojamiento al líder obrerista de este estado don Anacleto Solís. Este mismo compañero Solís nos estuvo dando la alimentación fiada por un mes, y en su casa nos hemos reunido todos los miembros de nuestro ejército venidos de las Segovias. El cumplimiento de la orden que tenía el señor Manuel M. Arriaga, fue reanudado dos meses después de nuestro regreso de Tizimín, Yucatán, y desde entonces se nos ha entregado puntualmente los dos mil pesos moneda nacional, con esa suma nos hemos provisto de ropa, alimentación, los aquí reunidos en número de 25 personas, viviendo en mayores privaciones que en la mismas montañas segovianas, todo por la falta de formalidad de las personas llamadas a remediarlo. ¿Qué ocurrirá? Para qué tantos disimulos? ¿Seremos efectivamente víctimas de una traición? No lo sabemos y creemos que ni usted mismo lo sabe, pero ha estado y está en la obligación de saberlo. Esta carta no deberá Ud., considerarla como un reclamo directo a usted, sino como una previsión necesaria. Me permito manifestarle doctor Zepeda, que hoy a las cinco p.m., hemos levantado una sesión extraordinaria celebrada por todos los Jefes y Oficiales de nuestro ejército aquí presentes y se acordó en dicha sesión manifestar a Ud., lo siguiente: Primero: Que continúe Ud., siendo el Representante de Nuestro Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, por gozar Ud., de la absoluta confianza del mismo ejército. Segundo: que le quedan a Ud., retiradas las facultades que nuestro ejército había conferido para representarlo en las gestiones hechas al Gobierno Mejicano. Tercero: Participarle que nuestro ejército no se solidariza con la política internacional que el Señor Presidente Electo de esta República, Ingeniero Pascual Ortiz Rubio, desarrollará al asumir la Presidencia de este país, según sus últimas declaraciones a la prensa, ya que se le ha visto a este señor coquetear con el Gobierno Yanque enemigo común de nuestros pueblos indohispanos; se considera indigna la actitud del Ingeniero Ortiz Rubio. Cuarto: Que sospecha nuestro ejército que al asumir la Presidencia de esta República Ortiz Rubio, reconocerá a Moncada y que tal reconocimiento sería una bofetada para la bandera de nuestro ejército. Quinto: Manifestar a Ud., en su carácter de Representante General de Nuestro Ejército y de ciudadano nicaragüense que ha estado y está en la obligación de comprender cualquier política maquiavélica que el Gobierno de México quiera efectuar contra nuestro ejército, sin bastarle las apariencias para comprender esa política. Sexto: que no teniendo nuestro ejército en esta república ningún medio de obtener recursos para regresarnos a las Segovias, después de convencerse de la en estos momentos supuesta traición, ordenar a Ud., que en nombre de nuestro ejército haga las gestiones necesarias con personas o instituciones simpatizadoras de Nuestra Causa y que lo sean indohispanas, la cantidad de diez mil pesos mejicanos para regresarnos todos los aquí presentes a las Segovias, único lugar que nos corresponde como a hombres libres y de honor. Séptimo: Que si al recibir usted la presente nota por disgusto que la misma le ocasione, tomase Ud. la determinación de presentar su renuncia del cargo que se le ha conferido, que no se le acepte dicha renuncia mientras exista uno de los miembros de nuestro ejército en territorio mejicano y que maquiavélicamente se le haya hecho llegar aquí. Octavo: Arrojar al gobierno mejicano la responsabilidad cíe las consecuencias que hayan sobrevenido a nuestro ejército desde el primero de junio de 1929 hasta el día en que tenga lugar el reingreso del suscrito Jefe Supremo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, a los campamentos de las Segovias. Noveno: Rendir a usted las más expresivas gracias por la atención que preste en lo sucesivo a nuestro ejército, en su carácter de Representante General del mismo y de ciudadanos nicaragüenses honrados. Con muestras de nuestra mayor consideración y en espera de su importante contestación, quedamos de Ud., fraternalmente Patria y Libertad, A. C. SANDINO La carta que antecede fue escrita en Mérida el 25 de Enero de 1930 y entregada personalmente por el suscrito al Dr. Zepeda en México, D. F., el 5 de Febrero de aquel mismo año, cuando ya el licenciado Portes Gil aceptó entrevistarse conmigo en el Castillo de Chapultepec. El Dr. Zepeda se negó a aceptar la carta sin que se le agregara una nota haciendo constar que en lo personal estaba procediendo de buena fe y la nota fue agregada en ese sentido. Hay más: cuando nos convencimos no tener ningún apoyo del Gobierno Mexicano, porque el Sr. Presidente Licenciado Emilio Portes Gil me manifestó en lo personal que México no había estado en intención de ayudarnos para la guerra y que solamente se nos había proporcionado hospitalidad. De esa fecha en adelante el Dr. Zepeda procedió como un perfecto patriota hasta que llegué de regreso a las Segovias. En su oportunidad daremos a conocer la historia documentada de nuestra guerra, pero me anticipo a dejar constancia que todo lo que gastamos en el viaje y permanencia en México fue de cuenta del Gobierno Mexicano pero sin ningún compromiso político, y lo aceptamos como aprecio particular de México para Nicaragua. El primero de abril de aquel año mandé a mis muchachos de Mérida a las Segovias, yo quedé oculto con cuatro ayudantes. El 24 de Abril salí de Veracruz y llegué a las Segovias en los primeros días del mes de Mayo. El 10 de Junio, en el cerro del Tamalaque, hoy de La Reunión, Departamento de Jinotega, rendí los informes de mi viaje a nuestro ejército. Desde aquel momento se redoblaron con más brillos las operaciones militares sin esperar quizá nada de nadie. |