A BLANCA ARÁUZ
El Chipote, 6 de Octubre de 1928.


Mi dulce esposa:
Hoy recibí tu carta fecha 15 de agosto pasado, la que te contesto con el mayor placer que puedas imaginarte. No sé cómo poder contestar a tus lamentos que haces por haberte casado con un hombre que no te hace feliz. A decirte verdad te diré que cuando te propuse matrimonio fue inspirado con el mayor deseo de amarte con toda la fuerza de mi corazón y jamás me imaginé que yo sería causa de tu intranquilidad y que llegara a tanto tu desesperación que pudieras hasta pensar en el suicidio pues esta palabra ya me la has mentado más de una vez.
Ahora bien, si mi amor es causa de tu desesperación lo siento en mi alma porque jamás lo hubiera yo deseado y en este caso, te ruego me perdones prometiéndote dejar libre si así lo deseas. Aunque tú dices que no te quiero, pero deseo convencerte de que por mucho amor puede uno sacrificarse tal como lo estamos haciendo hoy nosotros, los que estamos con el arma al hombro defendiendo con desesperación nuestros derechos de libres y jamás podremos aceptar el yugo de la esclavitud por cobardes, prefiero perder tu amor y morir en lucha abierta contra el asesino invasor, antes que permitir que tú, yo y nuestros hijos sobreviviéramos en el oprobio que solamente lo pueden aceptar los cobardes e irresolutos.
El amor a mi patria lo he puesto sobre todo los amores y tú debes convencerte que para ser feliz conmigo, es menester que el sol de la libertad brille en nuestras frentes. No sólo la traición y el oro triunfan, con más razón triunfará la justicia. Sé optimista, ten fe en Dios y él nos ayudará a libertarnos para mañana estar juntos y el mismo Dios nos dará un hijo que bendiga la memoria de sus padres que con inquebrantable voluntad le prepararon patria y libertad.
Te envío una de las muchas revistas que nos llegan de los países indohispanos, por ella te puedes dar una ligera idea de los trabajos que se desarrollan en nuestro favor. No quiero que vengas porque la cosa no es tan fácil como te puedes imaginar.
No me hables de celos, porque ya te he dicho que yo sé lo que hago y que además, soy yo quien te mando y te debes convencer que te amo, que eres tú mi esposa y de nada te servirá gastar sal en el mar.
Yo soy tu mar y en mí confía. Saludes a mi suegra y dile que esta carta vale para ti y mi cuñada Lucila, que si no les escribo por aparte, es porque mi tiempo no me da lugar por ahora de ser cortés.
Dámele un abrazo a mi madre y un beso a mi hermana, saludes a Pedrito y a toda la familia, diles que reconozcan que ellos o por mejor decir ustedes son mi familia y que por lo mismo nunca podré olvidarlos, aunque me califiquen sin corazón.
En vez pasada te envié unos volantes que he lanzado en toda la República y en ello se deben de basar para la cuestión de elecciones. Saludes a todos los que por mí preguntan y con especialidad a don S. A. y S. R., así como al coronel C. R. Dile a esos señores que no se metan muy de lleno con los machos, porque sería una lástima que mañana nosotros fuéramos enemigos políticos. Dales que lean esta carta para que se convenzan que aun en la selva los recuerdo. Yo supongo que nuestro triunfo no admite dudas, pues Dios no solamente ha favorecido nuestra causa, sino que se ha convertido en parte interesada. Que todas las grandezas que ostentan los piratas no deslumbren a ustedes, porque las grandezas de Dios no se miran ni se tocan pero se sienten; las grandezas de Dios son las protectoras nuestras. Los piratas se irán de nuestro territorio y ni ellos mismos podrán dar después una explicación de lo que les obligó a derrotarse.
Recibe un millón de besos y un diluvio de abrazos mientras puedo darme el placer de estrecharte.
Augusto C. Sandino