EL ATAQUE A OCOTAL
(16 de julio de 1927)


Está bien, iremos a entregar las armas, pero han de quitárnoslas cuando hayamos muerto. Y los sesenta hombres de mi pequeño ejército se alistaron para ser puntuales a la cita que nos daba Hatfield. Pero antes y para demostrar que el invasor era incapaz de dar garantías, convoqué, a los campesinos de la vecindad y les dije que fueran con mis soldados a tomar todo lo que quisieran en El Ocotal. El 16 del propio mes, dos días después de recibida la nota insolente del capitancillo yanqui, ochocientos hombres estaban listos para el asalto al Ocotal. En esa plaza había cuatrocientos piratas y doscientos renegados nicaragüenses al servicio de aquéllos.
Si bien éramos sólo sesenta, con el numeroso grupo de campesinos desarmados, el enemigo se replegó. Avanzamos y quince horas seguidas duró el combate. Ocho ametralladoras que llevábamos sembraron la muerte en las filas enemigas. Tomamos El Ocotal, lo destrozamos. Los campesinos saquearon y devastaron. Los enemigos acabaron por refugiarse en una manzana de la ciudad, donde los tuvimos a raya. Ocupamos las alturas y les dominamos. Hubiéramos pegado fuego a toda la ciudad, así como dinamitamos los cuarteles y las casas de los conservadores que residen en El Ocotal; pero habían muchos inocentes que hubieran sufrido las consecuencias. Entonces nos retiramos, pero llevando botín de guerra y la soberbia que nos da el triunfo.