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| BATALLA DEL
BRAMADERO (27 de febrero de 1928) Fue el 27 de febrero. Ya nosotros conocíamos la táctica yanqui, a quienes dimos por su juego. Emplazamos todas nuestras ametralladoras en lugares estratégicos, y nos pusimos a esperar. La brigada completa se colocó en el sitio deseado. Llegó el momento y... nuestras máquinas de guerra trepidaron hasta fundirse al calor. Los pobrecitos yanquis caían como chapulines. Fue la matanza más grande que he visto en mi vida. Desesperados, disparaban al azar, como locos; se subían a los árboles y luego caían perforados por las balas de las ametralladoras; se lanzaban al ataque de los lugares de donde partían los fuegos, y no lograban llegar. Iban a pecho descubierto y ofrecían un blanco admirable a nuestras balas. Sus armas, las armas que bendijo el obispo de Granada, no les sirvieron para nada. Huyeron en dispersión. El triunfo de nosotros fue completo. El campo, un cañaveral inmenso, resecado por los vientos, cobijaba centenares de muertos y heridos. Por los cuatro costados se puso fuego a las hojas secas del cañaveral. ¡Era preciso acabar con las alimañas! Las llamas se alzaron en el espacio. Y en la historia de nuestras luchas ese se llama el combate de El Bramadero. Pero Sandino fue generoso. Era crueldad inaudita quemar a los heridos imposibilitados de moverse. Cierto que eran los violadores de las mujeres nicaragüenses, los invasores, los ladrones de objetos sagrados en los templos, pero eran seres humanos. "A pesar de todo -dijo el guerrillero- son mil hermanos". Y el héroe agigantó su talla, mandando a apagar los fuegos del cañaveral y a recoger los heridos. Antes de retirarnos de El Bramadero recogimos un botín de guerra magnífico: ametralladoras Lewis y Cok, rifles automáticos, gran número de pistolas Thompson y cartuchos en enorme cantidad. Además, recogí el incensario de oro robado en la iglesia de Yalí, y procedí a entregarlo a los vecinos más caracterizados de El Bramadero, para que lo restituyeran a aquel templo. |