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| CARTA DE MONCADA (24 de mayo de 1927). Jinotega, 24 de mayo de 1927. - Señor general Augusto C. Sandino. - San Rafael del Norte. - Estimado general: Ha venido a ésta su padre, con el deseo de arreglar los graves asuntos que con respecto al departamento de Jinotega se desarrollan. El va a buscar a usted personalmente, pues hemos tenido informes contradictorios respecto al verdadero lugar en donde usted se encuentra. De Tipitapa para Corinto, lo que se llama el interior del país se halla en paz, y el Partido Liberal se halla empeñado en extender los beneficios de la tranquilidad y el orden hacia los otros departamentos. En los arreglos para el desarme, usted recordará los informes que en Boaco le di, en cuanto a que nosotros no hemos aceptado a Díaz como presidente, sino una tregua durante el resto del período actual, para asegurar las elecciones libres en Nicaragua, bajo la garantía del presidente de los EE.UU. y no de los conservadores nicaragüenses. Usted recordará también, que todo lo hecho fue resuelto por todos los generales del ejército, en consulta libre y espontánea, y que usted en la última carta que me dirigió estuvo de acuerdo en todo. En consecuencia: el honor del ejército y del liberalismo están ya comprometidos en la senda seguida. Siempre dije a todos que el concepto del patriotismo y de la libertad, depende de la manera de comprenderlo. Todos tenemos derecho a pensar lo que más convenga a la patria. Si es conveniente pelear contra los EE.UU, para liberar a la Nación, nuestro deber es vivir, porque los muertos desaparecen para siempre, y los vivos quedan con alma entera para luchar siempre por la independencia y soberanía de la Patria. Le ruego, pues, que medite profundamente la determinación última de usted y de sus tropas en bien de Nicaragua y del liberalismo, y que después de oír a su padre resuelva tener una conferencia conmigo. Soy su afectísimo (f): J. M. Moncada. RESPUESTA: No sé por qué quiere usted ordenarme ahora. Recuerdo que siempre me vio con mal ojo cuando usted era general en jefe. A mis pedimentos de que me diera tropas para irme a batir con el enemigo, nunca quiso; y cuando el Dr. Sacasa me dio 45 hombres y armas, usted se disgustó por ello. Parece que tenía celos cíe mí. Indudablemente conoce mi temperamento y sabe que soy inquebrantable. Ahora quiero que venga a desarmarme. Estoy en mi puesto y lo espero. De lo contrario no me harán ceder. Yo no me vendo, ni me rindo: tienen que vencerme. Creo cumplir con mi deber y deseo que mi protesta quede para el futuro escrita con sangre. |