EL MUCHACHO DE NIQUINOHOMO I
Sergio Ramírez Mercado


Desde los tiempos de la conquista española el destino de Nicaragua ha estado marcado por su posición geográfica y por las características de su territorio; colocada entre los océanos Atlántico y Pacífico, la comunicación natural entre el río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua despertó desde el primer momento en los españoles la ambición de lograr un paso entre los dos mares, llamado en las cartas y relaciones de la conquista el Estrecho dudoso.
Al producirse en el siglo XIX la expansión del capitalismo mundial, ya en proceso de franca liquidación el poderío colonial de España en América, la necesidad de contar con vías marítimas más económicas y rápidas para el transporte de materias primas, hace que Inglaterra, como dueña de los mares, fije su mira en la construcción de un canal interoceánico a través de Nicaragua. El canal se convierte así en el eje de las pretensiones de Inglaterra sobre el mar Caribe, que es ya su more nostrum y también en el eje de sus disputas con el naciente poder imperial de los Estados Unidos.
Así cuando los cinco países que bajo el régimen colonial español formaban el Reino de Guatemala declaran su independencia en el año de 1821, la disputa entre Inglaterra y los Estados Unidos comenzará a afectar el curso de la política interna de estas provincias, que anexadas fugazmente al imperio de Iturbide en México, se proclaman luego en República Federal Centroamericana, según el modelo de la constitución política de los Estados Unidos. Pronto se iniciaría una cruenta sucesión de guerras civiles, la Iglesia Católica y los viejos terratenientes criollos empeñados en combatir a los caudillos liberales que son los abanderados del federalismo; entre la sangre y la anarquía, la República Federal sólo resulta un experimento efímero, y después del fusilamiento del General Francisco Morazán, las antiguas provincias se separan y la reacción vuelve a ocupar el poder en cada una de ellas, pobres, obscuras y aisladas, tiranizadas por fanáticos religiosos, como sería el caso de Guatemala con el gobierno de Carrera.
Uno de los países desmembrados de la federación, que más padeció guerra civiles fue Nicaragua. Los españoles habían fundado en su territorio dos ciudades. Granada, a orillas del Gran Lago y abierta a la comunicación del Atlántico a través del río San Juan, la ruta canalera; y León, primeramente junto al Lago Xolotlán y trasladada en el siglo XVII un poco más hacia el occidente, por causa de violentos sismos, y cuya salida hacia el Pacífico era el importante puerto colonial de El Realejo.
Estas dos ciudades, poco comunicadas entre sí, organizaron su vida económica en forma autónoma, realizando en forma independiente su comercio a través de sus propios puertos; y ejercían su control político independiente sobre las regiones rurales de cuya agricultura eran dueñas, creándose así una división a la vez rural y política: ambas ciudades aparecían como sustitutos de un Estado nacional inexistente. El resto del país no era más que una inexplorada e ignota extensión territorial, pues las únicas tierras cultivadas eran las de la franja del Pacífico, lugar de los asentamientos coloniales donde también se había congregado la mayoría de la población mestiza pobre que rendía su mano de obra en las haciendas de añil y de cacao, productos coloniales que seguían siendo la base de la economía nicaragüense, junto con la explotación ganadera. Hacia las selvas del Atlántico, serían por el contrario los ingleses quienes empezarían a ejercer su dominio sobre las tribus indígenas de aquella región, la más grande del país.
Los ricos comerciantes de Granada, respaldados por el clero, se habían opuesto primero a la independencia y luego repudiaron los ensayos liberales de la facción leonesa, formada por agricultores. Tales inquinas hegemónicas hacen que al romperse la federación, las dos ciudades reclamen para sí la capitalidad, como forma de afirmar su dominio político y arrogarse el Estado nacional. Los finqueros y comerciantes arrastraban a los campesinos a la vorágine de las guerras civiles, haciéndoles morir inútilmente bajo sus banderas señoriales. En el año de 1854, el Partido Conservador de los granadinos llamado el Legitimista, y el Partido Liberal de los leoneses llamado el Democrático, entraron en un nuevo conflicto cuyas consecuencias habrían de ser amargas y trágicas como nunca.
Para ese entonces, a pesar de la expansión imperial inglesa, comenzaba a consolidarse ya el poder de los Estados Unidos, cuya mira inmediata en el continente americano era el more nostrum inglés, el Caribe: para proteger este coto de caza, el Presidente James Monroe proclamó en 1823 su doctrina de América for the americans.
Dentro de esta exclusividad pretendida de dominio, que llevaría más tarde al despojo territorial de México y luego a la guerra contra España por la posesión de Cuba, caía necesariamente la construcción y operación, lo mismo que la defensa militar, de un canal interoceánico cuyas opciones eran Nicaragua y Panamá; Inglaterra reconoció oficialmente este derecho canalero sobre Nicaragua a los Estados Unidos, por medio del Tratado Clayton-Bulwer firmado en el año de 1850, sin que por supuesto el olvidado gobierno de Nicaragua, o quienes lo pretendían, fueran tomados en cuenta para tales arreglos.
Pero dos años antes de firmarse este tratado, ocurría un acontecimiento que traería profundas consecuencias con respecto al territorio nicaragüense comprometido ya internacionalmente en el proyecto del canal: en 1848 se descubre oro en California, región que después de la guerra con México, los Estados Unidos se habían apropiado por derecho de conquista. Aventureros, comerciantes, fulleros, inmigrantes, todo el mundo quiere correr desde la costa este hacia California en busca de fortuna; pero un viaje a través de los desiertos y praderas del continente es riesgoso porque el far-west es todavía terra incognita, donde los indios hostiles asaltan a cada paso las caravanas; por barco, debía viajarse hasta el Estrecho de Magallanes, en el extremo sur de América, para ganar el Océano Pacífico, empresa de meses; puede intentarse el cruce del istmo de Panamá, pero allí están los pantanos, la fiebre, muchos quedan en el camino.
En el año de 1849, el Comodoro Cornelius Vanderbilt, uno de esos personajes con garra y sin escrúpulos que forman el coro de padres fundadores del capitalismo moderno, obtiene del gobierno de Nicaragua una concesión para operar a través de su territorio, por aguas de la disputada ruta canalera, un servicio de transportes para carga y pasajeros. Funda su compañía, The Accessory Transit Company, con barcos que desde New York hacen transbordes en el puerto de San Juan del Norte en la desembocadura atlántica del río San Juan; desde allí, embarcaciones de poco calado remontan el río y el Gran Lago, las pocas millas terrestres del istmo de Rivas, se hacen en diligencias desde el puertecito de La Virgen hasta San Juan del Sur en el Pacífico; y de allí en buques otra vez hasta California. Todo muy rápido y más que nada, barato.
En base a su contrato negociado con las autoridades nicaragüenses, el Comodoro Vanderbilt logra acumular una fortuna de millones al poco tiempo, pero mientras se encontraba en un crucero de recreo por Europa, para el cual había mandado construir un buque de lujo llamado White Star que atracaba en los puertos del Mediterráneo, donde Vanderbilt convidaba a bordo a la nobleza, sus socios Garrison y Morgan logran tomar el control de la compañía a través de una maniobra financiera. Empezaría entonces una guerra sin cuartel entre el Comodoro y sus antiguos socios por el control de las rutas hacia California, que multiplicaría los fuegos de la contienda civil nicaragüense iniciada en 1854 por liberales y conservadores: los liberales de León habían desconocido al gobierno conservador de don Fruto Chamorro de Granada y abiertas las hostilidades conciben en su empeño por derribarlo, la idea de contratar una falange de mercenarios norteamericanos. Un aventurero del sur, Byron Cole (quien perdería luego la vida mientras huía del campo de batalla, colgado de un árbol por campesinos nicaragüenses) hace la contrata con los leoneses y recluta en New Orleans a la falange, que encabeza el sureño William Walker. Los empresarios navieros Morgan y Garrison financian la compra de armas, municiones y vituallas, interesados en asegurarse la concesión de tránsito por Nicaragua".
William Walker, quien había peleado en México tratando de anexar el territorio de Sonora a los Estados Unidos, era el adalid de una política expansionista de los Estados esclavistas del sur; en 1855 desembarca con su falange en Nicaragua y es recibido jubilosamente por el gobierno liberal establecido en León, se le acuerda grado de General y va inmediatamente a tomar la plaza de Rivas en manos de los conservadores, pero es rechazado; logra sin embargo apoderarse poco después de la ciudad de Granada en una operación sorpresiva; fusila a dirigentes políticos de ambos bandos, aumenta su número de falangistas y armamento por medio de envíos recibidos desde Estados Unidos, y ya en julio de 1856 se proclama Presidente de Nicaragua; decreta que el inglés es la lengua oficial y ordena el restablecimiento de la esclavitud. Los Estados Unidos reconocen su gobierno y establecen relaciones diplomáticas con él.
Y como parte medular de su empresa de conquista, declaró nula la concesión otorgada al Comodoro Vanderbilt, suscribiendo una nueva a favor de Morgan y Garrison en febrero de 1856. Vanderbilt, por fuerza de sus intereses, y el gobierno inglés, que no quitaba su ojo puesto desde hacía tanto tiempo atrás sobre el canal, aportaron por su parte dinero y armas para equipar a los ejércitos de los restantes países centroamericanos que se unieron a los nicaragüenses, en una campaña militar de expulsión del invasor, que pretendía un dominio no sólo sobre Nicaragua, sino también sobre todo Centroamérica: Five or none se leía en los estandartes de los batallones de rifleros de la falange filibustera.
Seis meses después de su proclamación como Presidente de Nicaragua, los ejércitos centroamericanos lograron derrotar a los filibusteros; después de perder la segunda batalla de Rivas en abril de 1857 termina toda resistencia del invasor y Walker se embarca bajo protección del gobierno de los Estados Unidos, con rumbo a su país; cuando llega a New York, los periódicos lo aclaman como un héroe y estimulado por las demostraciones de apoyo, intenta varias veces más nuevos desembarcos en Centroamérica hasta que en 1860 es capturado en Trujillo, Honduras, y fusilado.