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| LA GUERRA
CONSTITUCIONALISTA (1926-1927) Llegué a Prinzapolka y entonces hablé con Moncada, quien me recibió desdeñosamente, y ordenándome que entregara las armas a un tal general Elíseo Duarte. Sucedió que en eso llegaron el ministro Sandoval y su subsecretario Vaca, y ellos consiguieron que se me dejaran los rifles y la dotación correspondiente de cartuchos. Sacasa, los miembros de su gabinete y sobre todo el propio ministro de guerra, Moncada, tenían ambiciones personales, y encontré verdaderas dificultades para conseguir los elementos que buscaba. Encontré gente dispuesta a ir a Las Segovias, pero para hacer méritos personales en provecho egoísta. Y como eran varios los que tal propósito tenían, siempre me fue difícil entenderme con los políticos. Mi buena fe, mi sencillez de obrero y mi corazón de patriota, recibieron la primera sorpresa política... Moncada negó rotundamente que se me entregaran las armas que pedía. Así permanecí en la Costa Atlántica aproximadamente cuarenta días y pude darme cuenta de la ambición y desorganización que reinaban en y alrededor de Sacasa. Supe todavía más: que estaban tratando de organizar una expedición a Las Segovias al mando de un general Adán Espinosa, que en otra ocasión había andado hombro con hombro con los interventores norteamericanos, y hasta se me propuso que yo acompañase a Espinosa, siempre que aceptara hacer propaganda por el candidato a la presidencia que se me indicase. En eso sucedió que los piratas yankis obligaron a Sacasa a desocupar Puerto Cabezas en el término de veinticuatro horas. Sacasa no se ocupó sino de su persona y los piratas hundieron en el mar casi todo el armamento de la revolución. La guardia "de honor" de Sacasa salió desorganizada para Prinzapolka, unos por agua y otros por tierra. El presidente y sus ministros quedaron encerrados en un círculo de casas de campaña del ejército yankee. Yo salí con seis ayudantes y conmigo iba un grupo de muchachas, ayudándonos a sacar del agua rifles y parque, en número de treinta fusiles y siete mil cartuchos. La flojera de los políticos llegó hasta el ridículo, y fue entonces cuando comprendí que los hijos del pueblo estábamos sin directores y que hacían falta hombres nuevos. Entonces recluta más soldados y prosélitos y establecí mi base de operaciones en San Rafael del Norte, a una jornada de la ciudad de Jinotega, cabecera del departamento de ese nombre. Allí recibí a principios de abril una carta desesperada de Moncada, pidiéndome auxilio. Moncada había avanzado desde la costa hasta el interior del país, y en Matiguás su situación era tan difícil, que me advirtió "que me haría responsable cíe cualquier desastre, si no acudía pronto en su auxilio"... El 2 de febrero de 1927 llegué de regreso a Las Segovias procedente de Puerto Cabezas, a donde fui en solicitud de armas ante el doctor Juan Bautista Sacasa, para prestar mejor mi contingente a la guerra constitucionalista desarrollada en aquel año en Nicaragua. Mi permanencia en Puerto Cabezas fue de 40 días, solicitando dicho elemento sin conseguir nada. El 24 de diciembre de 1926, los yankees declararon zona neutral a Puerto Cabezas, ordenando al doctor Sacasa la evacuación del puerto en el término tic 48 horas por todo el ejército constitucionalista y el retiro de los elementos bélicos nicaragüenses que allí hubiera. Al recibir la grosera intimación procedieron a desocupar aquella plaza los constitucionalistas, en el escaso tiempo de la intimación. No pudiendo llevar todos los elementos bélicos almacenados allí, gran cantidad de ellos fue arrojado al mar por los yankees. La desesperante humillación dio lugar a que las fuerzas de Sacasa dejaran abandonados 40 rifles y 7000 cartuchos sobre la raya de costa entre Puerto Cabezas y Prinzapolka. Mis seis ayudantes y yo no quisimos dar un paso sin llevar con nosotros los elementos abandonados. Con ayuda de algunos nativos de Mosquitia condujimos por tierra a Prinzapolka aquellas armas y el parque. Moncada estaba en Prinzapolka y las armas recogidas por mí volvieron a quedar bajo su control. Varias cartas había escrito yo al general Moncada en solicitud de elementos para dar empuje a la guerra constitucionalista en Las Segovias. Con engaño me entretuvieron. En mi afán de hacer algo por la patria, manifesté al general Moncada que me permitiera tan siquiera los 40 rifles y el parque que ya estaban perdidos de no haberlos recogido yo. Me contestó Moncada que yo no haría nada en Las Segovias y que lo mejor para mí era ingresar a una de las columnas que él estaba destacando hacia el interior. Mi contestación fue que yo no miraba éxito en el ejército que él estaba destacando hacia el interior si a la vez el enemigo no tenía una atención por Las Segovias. Que en otro caso el ejército constitucionalista quedaría deshecho en las Rondas de Chontales. No le gustó a Moncada mi razonamiento. Se negó a darme las armas. Yo me regresé para Las Segovias con mis seis ayudantes. Viniendo de regreso encontré en Wonta a los doctores Arturo Vaca y Onofre Sandoval que iban con rumbo a Prinzapolka, a conferenciar con el general Moncada. Los referidos me invitaron a regresar a Prinzapolka, prometiéndome gestionar ante Moncada que se me permitiera traer los 40 rifles y el parque que ellos mismos habían considerado perdidos. Regresé a Prinzapolka, recibí los rifles y después de un mes de dura navegación, sobre el río Coco, llegué el 2 de febrero ya mencionado a Wiwilí. En los días que yo regresé a Las Segovias, ocurrió el combate de Chinandega, dado por, el general Francisco Parajón. Con motivo de ese combate, las fuerzas enemigas habían debilitado gran parte las plazas de El Ocotal, Estelí, Jinotega y Matagalpa, cabeceras de los cuatro departamentos de Las Segovias. Rápidamente me extendí sobre Las Segovias con aquellos pocos fusiles y el enemigo evacuó de golpe los cuatro departamentos de referencia. El combate de Chinandega resultó favorable para el enemigo y recuperó las plazas de Matagalpa y Jinotega. No pudo hacer lo mismo con El Ocotal y Estelí, donde ya se sentía la presión de la columna a mi mando y la del general Camilo López Irías, con quien operábamos independientemente. En el Ocotal tuve una entrevista con el general López Irías y convenimos en que él controlaría el departamento de Estelí y yo el de Jinotega. Estelí fue controlado pronto sin ningún esfuerzo, porque no había enemigo. Yo controlé el Departamento de Jinotega, menos su cabecera. Me campamenté en los llanos de Yucapuca, a dos leguas de la cabecera departamental. En los llanos de Yucapuca sostuvimos tres encarnizados combates en los cuales conseguimos las más gloriosas victorias por parte de nuestro Ejército. Mi columna aumentó en hombres y armas. Durante mi permanencia en San Rafael del Norte estuve en contacto con el general Camilo López Irías; estábamos de acuerdo en todos los movimientos de nuestras columnas. Las fuerzas a mi mando tuvieron otro encuentro con buen éxito entre Saraguasca y San Gabriel. El general López Irías capturó al enemigo dos camiones cargados con parque de fusilería en el lugar denominado Chagüitillo, situado sobre la carretera de Managua a Matagalpa. Las fuerzas del general López Irías constaban de 700 hombres completamente equipados. El armamento del general López Irías era resto de la expedición de Cosigüina y del combate de Chinandega. Las mías constaban de 200 hombres perfectamente armados. Me participó por telégrafo el general López Irías que con motivo de la captura de los camiones, se acercaba sobre Estelí una fuerte columna del enemigo. Le ofrecí mi cooperación. Ese mismo día, mis fuerzas habían hecho una captura de provisiones de boca en el valle de Apañas, al enemigo que ocupaba Jinotega. Reconcentré todas mis fuerzas en la plazuela del panteón de San Rafael del Norte. De entre ellas escogí 80 hombres de caballería, de los que consideré mejores y los destaqué al mando del general José León Díaz (entonces coronel), para protección de la columna de López Irías que, como queda dicho, ocupaba Estelí. Una noche y medio día caminó el general José León Díaz para llegar a donde se le necesitaba con su columna. El enemigo estaba posesionado frente a las fuerzas de López Irías, en el lugar denominado Los Espejos. Al amanecer del siguiente día se desarrolló un formidable combate entre las fuerzas constitucionalistas y las conservadoras. La columna del general López Irías fue hecha pedazos por el enemigo. Mis muchachos, que iban en protección de López Irías, derrotaron al enemigo por su flanco, avanzándole cargas de comida, parque y otros objetos. López Irías salió en automóvil de Los Espejos a Estelí. Me participó por telégrafo que había sido deshecha su columna y que no sabía de mis muchachos. Que dado el arrojo de ellos, estaba temeroso de un desastre más. Indignado le contesté al general López Irías. El no me contradijo. Ordené entonces la reconcentración, en San Rafael, de la caballería al mando de José León Díaz, que ya estaba en Estelí. El enemigo ocupaba las plazas de Estelí y Jinotega, y no había columnas organizadas del liberalismo ni en occidente ni en los departamentos del norte, a excepción de mi columna segoviana, que se encontraba impertérrita en San Rafael del Norte, no obstante que un general, Carlos Vargas, perteneciente a la columna derrotada de López Irías, me aconsejaba huir de aquellos lugares, porque estábamos rodeados del enemigo. Vargas venía derrotado y acobardado como su jefe, y todo a pesar de estar viendo el heroísmo de mis muchachos, quienes acababan de derrotar al enemigo por uno de los flancos, arrebatándoles provisiones y parque. En los mismos momentos en que sucedía todo esto, yo había enviado varios correos con el objeto de ponerme en contacto con las fuerzas del general Moncada. Ya lo había conseguido, y las cartas del general Moncada para mí eran desesperantes (se conservan dichas cartas en el Archivo de nuestro Ejército). En la última de ellas hay un párrafo que no copio de su original por no tenerlo a mano; pero que más o menos dice así: "Si usted no viene pronto en apoyo del ejército, le haremos responsable por los desastres que pudiera haber." Firman Luis Beltrán Sandoval y José María Moncada. Por mi parte hubiera volado para salvar al ejército liberal, pero mi columna era relativamente pequeña y teníamos que pelear casi a diario. Sin embargo, mandé ciento cincuenta hombres "chipoteños " al mando de los coroneles Simón Cantarero y Pompilio Reyes, quienes iban desarmados, apenas con ocho rifles mal equipados. Las instrucciones que les di, fue de ponerse a las órdenes del general Moncada y de esperar mi llegada, para reunirse con ellos. La fuerza salió, y esa misma noche marché a Yucapuca y Saraguasca, para proceder a la toma de la plaza de Jinotega. A las cinco de la mañana del otro día, teníamos rodeada a aquella plaza... y pocos minutos más tarde se entabló el combate, que duró hasta las cinco de la tarde, con el triunfo de las armas libertadoras. Se restó al enemigo todo el elemento de guerra de que disponía en la plaza. Se había llegado a sentir terror por nuestra columna. Las mesetas de los cerros de Yucapuca y Saraguasca estaban sembradas de cadáveres, de los combates anteriores. Integraban ahora la columna segoviana ochocientos hombres de caballería muy bien equipados, y nuestro pabellón rojo y negro se alzaba majestuoso en aquellas agrestes y frías colinas. Después supe que los ciento cincuenta hombres que destaqué fueron los que salvaron el tren de guerra de Moncada, que estuvo a punto de caer en poder del enemigo. Ya el "general" López Irías había desaparecido totalmente de las Segovias, y en esos mismos días supimos que Parajón, de regreso de su viaje de turismo a El Salvador, trataba de reorganizarse en occidente. A efecto de auxiliarle, le enviamos una nota invitándole a que viniera a Jinotega, para que juntos cooperáramos en la salvación de Moncada. Al día siguiente, dejando al hoy satélite de Moncada en posesión de la plaza de Jinotega, marché con mis ochocientos hombres de caballería a libertar a Moncada del cerco en que le tenían las fuerzas del gobierno de Díaz. Moncada había abandonado hasta los cañones, dado el empuje abrumador del enemigo. En el recorrido que hicimos desde Jinotega hasta Las Mercedes, lugar donde estaba Moncada, tuvimos dos ligeros encuentros, uno en San Ramón y otro en Samulalí. Una tarde de la última quincena de abril, llegamos a El Bejuco, en donde hizo alto la cabeza de nuestra caballería, pues encontramos señales positivas de que el enemigo estaba a corta distancia. Efectivamente, teníamos al enemigo en frente. La caballería tomó rápidas posiciones, y al instante ordené al coronel Porfirio Sánchez que con cincuenta hombres de caballería tomara contacto con el enemigo. Al mismo tiempo manifesté a Parajón, Castro Wassmer y López Irías, la conveniencia de que sus fuerzas se tendieran en línea de fuego, lo que hicieron al instante. Diez minutos después se trabó entre nuestra caballería y el enemigo un ruidoso combate en el que participaron gran cantidad de ametralladoras de las fuerzas contrarias. Acto seguido ordené al coronel Ignacio Talavera, jefe de la primera compañía de nuestra caballería, que con las fuerzas a su mando protegiera al coronel Sánchez. Esperé la llegada de los mencionados Parajón, Castro Wassmer y López Irías, quienes llegaron a mi presencia sólo con sus ayudantes. Hice sentir a ellos mi opinión a la vez que mi propósito de ir en persona con mis ciento cincuenta muchachos. Los "generales" quedaron en el lugar en que me encontraron y yo marché. A poca distancia y entre montañuelas me encontré con mi gente llena de entusiasmo por haber capturado el cuartel del enemigo, que venía afligiendo a Moncada. Avanzamos hacia el hospital de sangre y encontramos muchos heridos. Tomamos un valioso botín de guerra, consistente en varios miles de rifles y muchos millones de cartuchos. Con eso se acabó de equipar la gente de Castro Wassmer. El enemigo ya estaba posesionado también de Estelí, y siempre de las ciudades de Jinotega y Matagalpa y de los principales lugares por donde se podían conducir fuerzas de Las Segovias a Las Rondas de Chontales, que era donde estaba Moncada. No se tenían noticias de ninguna especie del general López Irías. Yo estaba más o menos en medio de columnas del enemigo. En la parte que yo tenía controlada de Las Segovias, ordené a los empleados que había dejado en los pueblos de Quilalí y El Jícaro, la organización de columnas de voluntarios desarmados, para que fueran equiparse a los campamentos del general Moncada, en Chontales. Fue cumplida mi orden con rapidez. En los mismos días de la desesperación de Moncada, me llegaron dos columnas de voluntarios desarmados. Una de ellas al mando del coronel Antonio López y la otra al mando del coronel Pompilio Reyes. Las columnas de referencia estuvieron a punto de regresar antes de llegar a San Rafael del Norte, en donde yo estaba. Las noticias eran alarmantes relativas al desastre del general Camilo López Irías. Blanca y yo discutimos en privado el plan de combinación que debía permitirnos el envío de fuer/as al general Moncada y la toma de la ciudad de Jinotega. Con la ayuda de un croquis de la ciudad de Jinotega que me proporcionó el doctor González de Matagalpa, completé la combinación. En una de las tardes del mes de marzo, del mismo año, reuní a toda mi columna en la plaza de San Rafael del Norte. Di a reconocer como primer jefe de los voluntarios desarmados al coronel Simón Cantarero y como segundo al coronel Pompilio Reyes. Organicé la fuerza armada en cuatro compañías, un estado mayor y una gobernación de campo. Hice circular la noticia de que íbamos para donde estaba el general Moncada. Salimos del pueblo de San Rafael del Norte y a las 7 de la noche llegamos por segunda vez a los llanos de Yucapuca. Allí di las órdenes convenientes a los jefes de la columna de voluntarios desarmados, a fin de que se dirigieran con una carta mía hasta donde el general Moncada, en Tierra Azul, ordenándoles también que allá prestaran su contingente para mientras yo llegaba. Les di a conocer a la vez el plan que yo tenía para la toma de Jinotega y que por lo mismo el enemigo no se ocuparía en contenerles la marcha, que antes bien protegería la plaza de Jinotega, que sería atacada esa misma madrugada por nosotros. Por escrito di el plan y órdenes a cada uno de los jefes de columna que tomarían parte en el combate de Jinotega. La columna al mando del coronel Salvador Bosque y del coronel Clemente Torres, entraría por La Montañita, el general José León Díaz, coronel Joaquín Lobo y coronel Coronado Maradiaga, entrarían con sus columnas por la Peña de la Cruz; el coronel Ignacio Talavera entraría con sus fuerzas por La Cabana; la columna del mayor José Morales y capitán Juan López entrarían por La América; el estado mayor entraría por Apapuerta. También se dio orden al coronel Rufo Antonio Marín para que entrara con su columna de refuerzo por El Chirinagua. La gente que iba para Chontales y la que iba a pelear en Jinotega prorrumpió en vivas entusiastas y todos marcharon por diferentes caminos. A las cinco de la mañana del segundo día principiaron los fuegos de nuestros muchachos sobre las posiciones del enemigo. La ciudad estaba lóbrega. Con los primeros rayos del día se miraba pálida la luz eléctrica que iluminaba. El panteón se distinguís de la ciudad por sus mausoleos blancos. El momento era propicio para que un Rubén Darío quedara en éxtasis. Era la primera vez que yo veía aquella ciudad. Me enamoré de ella como de una novia y jamás podré olvidarla. La columna al mando de los coroneles Salvador Bosque y Clemente Torres, desde las 9 de la mañana se apoderó de la fortaleza de El Cubulcán, que estaba defendida por el general Gabriel Artola. El combate continuó entablado en la ciudad por todo el día. Por la distancia larga que nos separaba de una columna a otra no había dado yo órdenes de avance sobre la ciudad a los vencedores de El Cubulcán. Hasta que con mi anteojo descubrí nuestra bandera rojo y negro que flameaba en la cúspide de El Cubulcán, di las órdenes convenientes. A las 2 de la tarde bajaron sobre la ciudad los mencionados jefes. El combate fue reñido hasta que entraron todas nuestras fuerzas a los cuarteles y demás posiciones del enemigo. A las 4 de la tarde la plaza estaba completamente en nuestro poder, hallando en ella gran cantidad de pertrechos de guerra. Durante toda aquella noche levanté ese elemento y lo hice conducir a San Rafael del Norte para reorganizar mis fuerzas, porque era mucha la gente que se nos había presentado y necesitaba conocer todo lo que habíamos adquirido. A las cinco y media de la tarde del mismo día del combate llegaron cuarenta yankees en protección del enemigo. En el Mal Paso, rondas de Jinotega, se convencieron de que toda la ciudad estaba en nuestro poder y de allí se regresaron. Salí para San Rafael a dedicarme a la reorganización de mis fuerzas. El tercer día volví a ocupar militarmente la ciudad de Jinotega. Desde San Rafael del Norte me participó Blanca, telegráficamente a Jinotega, que tenía informes de que el general Francisco Parajón ya había regresado de El Salvador. La noticia me fue confirmada. Mandé a un señor de apellido Quintero con una carta en busca del general Parajón, manifestándole la importancia que tenía su acercamiento a Las Segovias y que yo no abandonaría Jinotega hasta su llegada. (Tenía yo temores de que los yankees declararan zona neutral a Jinotega y por tal motivo él no pudiera pasar). Si mal no recuerdo, hizo de secretario para esa carta el ingeniero Félix Fajardo, vecino de Estelí. Mi carta llegó a poder de Parajón, y en primera quincena de abril de 1927 llegó aquél con sus fuerzas a Jinotega. La toma de esta ciudad y el acercamiento de las fuerzas de Parajón desmoralizaron a las fuerzas enemigas que estaban en Estelí. Evacuaron Estelí las fuerzas enemigas y el general Parajón pasó sin ninguna novedad, llegando a Jinotega el Martes Santo. Desde que me apoderé de Jinotega procedí a la organización del gobierno departamental, nombrando jefe político del departamento al doctor Doroteo Castillo. También estaba organizada la banda, y con motivo de la llegada de las nuevas fuerzas al mando de Parajón, hubo un concierto en el parque de Jinotega. Al día siguiente, dejando al hoy satélite de Moncada en posesión de la plaza de Jinotega, marché con mis 800 hombres de caballería a libertar a Moncada del cerco en que le tenían las fuerzas del gobierno de Díaz. Moncada había abandonado hasta los cañones, dado el empuje abrumador del enemigo. El Miércoles Santo 13 de abril de aquel mismo año a las doce del día, emprendí la marcha para Chontales. Eramos la avanzadilla por ser la fuerza mejor equipada y salíamos con dos días de anticipación, a las columnas que acababan de llegar. Fue así como habíamos convencido con los jefes que quedaban a retaguardia. Cuando llegué a las cercanías de Palo Alto, tuve informes de que el general Moncada había evacuado todas las posiciones que tenía allí y que el enemigo le tenía rodeado en Las Mercedes. En la evacuación que hizo el general Moncada de Palo Alto para dirigirse a Las Mercedes, fue de gran importancia para la causa la cooperación que dio la columna de voluntarios desarmados envié con anticipación. Cambié de rumbo, el domingo de Pascua, a las dos de la tarde, me acerqué a la población de San Ramón, desplegando las fuerzas en 16 pelotones para que se campamentaran debidamente. El enemigo que había en San Ramón descargó sus fuegos sobre nuestra columna, pero la distancia era tan larga que ni siquiera supimos en el momento que aquel fuego era con nosotros. Ni las balas llegaban. Por una comisión que envié a las órdenes del coronel Humberto Torres, Jefe de Estado Mayor, adonde un señor de apellido Vita, supe que el enemigo había desocupado la población de San Ramón, poniéndose en marcha hacia Matagalpa. El 18 de Abril, a las 9 de la mañana, estaba en nuestro poder la mencionada población. Con esa misma fecha recibí una nota del jefe de los yankees campamentados en Matagalpa en que me manifestaban que desde esa fecha declaraba zona neutral la ciudad de Matagalpa. La distancia que hay entre aquella ciudad y San Ramón es de dos leguas y media. Mi contestación al jefe de los yankees fue decirle que si la neutralidad era tanto para liberales como para los conservadores, que estaba entendido; pero que si yo llegaba a saber que ellos procedían con parcialidad en favor de los conservadores, que atacaría esa plaza aunque ellos estuvieran allí. Para esa carta hizo de secretario don Adán Medina, avecinado en Jinotega. El jefe yankee, al recibir mi nota en los términos expresados, contestó manifestándome que cumplirían su palabra de neutralidad. Las notas se conservan en el Archivo de nuestro Ejército. En Jinotega se reunieron después de mi partida los "generales" Parajón, Castro Wassmer y López Irías (de los tres no se hace uno solo), formando una sola columna, con la que seguían de cerca mis pasos. Después de las notas de referencia llegaron las columnas del general Parajón y de los otros jefes que habían quedado en Jinotega. El 19 de abril salí del pueblo de San Ramón, quedando allí las fuerzas que caminaban a retaguardia. En el camino se me ocurrió enviar una nota al mismo jefe yankee manifestándole que aceptaran el control de las autoridades civiles en el departamento de Matagalpa por ciudadanos de filiación liberal, supuesto que todo el departamento estaba controlado por nuestras fuerzas y no era posible que continuaran siendo conservadoras las autoridades mencionadas. Esta nota la llevó el coronel Humberto Torres. Contestaron los yankees diciéndome que lo consultarían con su jefe superior, y que según resolviera me lo participarían. Para esas notas no contuve mi marcha hacia Chontales. El coronel Humberto Torres me alcanzó en el pueblo de Terrabona, manifestándome que los conservadores de Matagalpa lo habían encarcelado y que cuatro oficiales yankees lo habían encaminado desde Ciudad Darío hasta las cercanías de Terrabona, por sospechas contra los conservadores, quienes pretendían asesinar al coronel Torres en el camino. Los yankees que fueron a encaminar al coronel Torres le habían manifestado el deseo de conocerme, pero no lo consiguieron porque yo iba a la cabeza de la columna. Ellos hablaron con Parajón y los demás jefes de retaguardia. En el pueblo de San José de los Remates nos reunimos todos nuevamente y un oficial de las columnas de la retaguardia me dijo que un tal Castro Wassmer decía que los yankees no se deberían haber dirigido a mí, sino a él, porque él era representante del Ejecutivo. Yo me sonreí y le tuve lástima al tal Wassmer. Mediante los informes que en dicho pueblo se adquirieron se siguió la marcha, yendo siempre mi columna como avanzadilla. El general Porfirio Sánchez H., entonces coronel, era el jefe de la avanzadilla de mi columna y por consiguiente él llevaba a su cargo el chance (guía) que nos debía enseñar dónde irán Las Mercedes, lugar ocupado por el general Moncada. En Las Mercedes era donde tenían a Moncada en el famoso "anillo de hierro", según era el decir del enemigo. Cuando el chance llegó a cierto lugar, se paró manifestándole al general Sánchez lo siguiente: "El Bejuco es donde se miran esas lomas y según dicen está ocupado por el enemigo. Las Mercedes están en aquellas otras lomas que se divisan más retirado. Yo no conozco más. Póngalo en conocimiento de su jefe porque yo no puedo andar". El general Sánchez me esperó, participándome lo ocurrido. Yo sospeché que el enemigo estaba muy próximo y que por eso el campesino se resistía a caminar más. Efectivamente, teníamos al enemigo enfrente. Ordené que se ocuparan todos los lugares que creí convenientes. La caballería tomó rápidas posiciones. En esos mismos momentos divisamos como a 400 varas una caballería que se deslizaba sobre unos potreros. No sabíamos si serían fuerzas de Moncada o del enemigo. Ordené al general Porfirio Sánchez H., que con los 60 hombres de caballería a su mando fuera a descubrir lo que habíamos visto. Al mismo tiempo manifesté a Parajón, Castro Wassmer y López Irías la conveniencia de que sus fuerzas se tendieran en línea de fuego, lo que hicieron al instante. Veinte minutos después se entabló un encuentro entre las fuerzas del general Sánchez y las del enemigo. Se oyeron disparar más de 40 ametralladoras. Acto seguido ordené al coronel Ignacio Tala vera Jefe de la primera compañía de nuestra caballería, que con las fuerzas a su mando protegiera al coronel Sánchez. Cuando el fuego hubo cesado, porque fue rápido, mandé pedir al general Parajón un pelotón de su columna para cubrir varios flancos que quedaban. El pelotón llegó y luego que se comprendió la cesación del fuego del general Sánchez con el enemigo, muchos del pelotón fueron en la dirección que ocurrió el combate en busca de armarse mejor. Todo esto ocurrió entre las cinco y las seis de la tarde. Esperé la llegada de los mencionados Parajón, Castro Wassmer y López Irías, quienes llegaron a mi presencia sólo con sus ayudantes. Hice sentir a ellos mi opinión a la vez que mi propósito de ir en persona con mis 150 muchachos. Después que se tomaron las precauciones del caso me dirigí en busca del general Sánchez. El general Parajón, muy cuerdamente, quiso evitarme que yo fuera personalmente a aquel terreno sin estar bien descubierto el lugar. El decía que podía ser un plan militar del enemigo de haberse retirado. Que podía tener emplazadas el enemigo ametralladoras desde donde afectar en mucho a nuestras columnas si entraban sin precauciones. Con pocas palabras me negué a tomar sus consejos y siempre me fui tras de mis muchachos dejando a los demás debidamente preparados en posiciones. Los "generales" quedaron en el lugar en que me encontraron y yo marché. A poca distancia y entre montañuelas me encontré con mi gente llena de entusiasmo por haber capturado el cuartel del enemigo, que venía afligiendo a Moncada. A las ocho de la noche llegué al lugar en que tenía el enemigo su hospital de sangre y también allí mismo era el Cuartel General. Había gran número de heridos, muchas medicinas y gran cantidad de armamento. A este último, después de amontonarlo, le habían pegado fuego, pero mis muchachos apagaron el incendio y sacaron las armas. Los heridos me dijeron que el ejército enemigo que de allí se corrió era mayor de 1000 hombres al mando de 10 generales y varias docenas de jefes menores. Mucha de la gente nuestra que iba al mando de los otros jefes a retaguardia no tenía armas y con las que allí se capturaron se equiparon todos. Tras de unas lomas, muy lejos, salió herido uno de los muchachos del general Parajón que estaba cocinando. El segundo día, al amanecer, descubrimos una banderita roja en el picacho de un cerro y me fui con un pelotón de mi gente a descubrir qué clase de fuerza era. Del picacho bajó también una comisión. Nos encontramos y nos reconocimos con la fuerza de Moncada. Hubo mucho entusiasmo por parte de nosotros v de ellos. Nos dijeron que desde varios días anteriores nos estaban esperando. Me dieron la dirección del campamento donde estaba Moncada. Cuando llegué al campamento, ya estaba allí Castro Wassmer acostado en una hamaca con el general Moncada. Ya desde ese momento a Castro Wassmer le conocí cierta vanidad. Manifesté al general Moncada el mucho deseo que había tenido yo de llegar más antes. El me manifestó que si un día más hubiéramos tardado, hubiéramos tenido que ir alcanzarlo más lejos porque ese día estaba dispuesto a romper línea, ya que sabía que esa era la fecha que tenía el enemigo designada para darle combate general. Ambos nos echamos el brazo y fui en busca de mi gente que la había dejado en El Bejuco. Ese mismo día en la noche salí con mis 800 hombres de caballería para Boaco, ya recibiendo instrucciones del general Moncada. La columna de voluntarios desarmados que había enviado con anterioridad al mando de los coroneles Cantarero y Reyes, nos manifestaron el deseo de ingresar nuevamente a mi columna. Moncada mandó comunicar una orden del día prohibiendo a los jefes de columna que habían llegado, llevar más de 300 hombres a su mando, porque tenía muchos jefes allí que no tenían fuerzas a sus órdenes. Ninguno de los muchachos de mi caballería quiso pasarse a otro jefe y en vista de esa negativa se me permitió continuar llevando toda mi caballería y parte de la columna que había enviado con anterioridad, entre ellos el coronel Cantarero y el doctor González. Este último fue el correo especial que utilicé para comunicarme con Moncada desde San Rafael del Norte a Tierra Azul. En su despecho... su única intención fue la de que yo fuese asesinado por las fuerzas al mando del coronel José Campos, a quien Moncada tenía sobre el camino por donde debía pasar esa noche. Después que me comuniqué con el mencionado coronel, me manifestó que Moncada no le dijo nada de mi próxima pasada por aquel lugar, y que a eso se debió que la noche anterior me hubiera emplazado las ametralladoras, tal como lo hizo, porque creyó que se trataba del enemigo. Marché a Boaco, Moncada me había dicho que el enemigo había evacuado dicha ciudad y que si mirábamos alguna columna en aquella plaza, que no nos sorprendiéramos porque era de nuestra gente. Bajo esa idea nos fuimos. Cuando llegamos a las rondas de Boaco miramos un foco eléctrico muy potente que iluminaba casi una legua fuera de la ciudad. El general Porfirio Sánchez H. comprendió que aquella no era fuerza nuestra. Ordenó que se contuviera la marcha y me comunicó lo observado por él. Di órdenes para el regreso de todas las fuerzas y la ocupación de unas alturas que habíamos dejado atrás. En la mañana del día siguiente descubrimos 14 retenes del enemigo en los cerros de Boaco. Comprendí que Moncada no estaba bien informado de aquella plaza al decirme que no había enemigo en ella. Aquélla era una verdadera fortaleza y no nos era posible llegarle sin una combinación completa. Envié un correo a Las Mercedes participándole a Moncada que el enemigo estaba apoderado de Boaco; que si él lo ordenaba yo haría el plan conveniente y atacaría. El correo regresó manifestándome que Moncada ya no estaban en Las Mercedes; que ya había salido con rumbo a Boaquito, que en aquellos campamentos de Las Mercedes donde estuvo Moncada solamente había un gran mosquero que le había dado miedo y regresó. En ese caso, dispuse seguir el mismo camino que llevaba Moncada y llegamos a dormir a un cerro que se llama El Chiflón. El segundo día en la mañana me puse en contacto con Moncada. Aprobó mi disposición. En el Chiflón permanecí dos días hasta que recibí órdenes de ocupar el cerro El Común, una legua al sur del pueblo de Teustepe. El enemigo estaba en Teustepe y sus alrededores. Hizo varios empujes con la pretensión de abrirse paso entre Teustepe y Boaco. No pudo romper nuestras líneas. Los últimos disparos de aquella guerra constitucionalista fueron hechas por mi caballería. El último empuje que el enemigo hizo fue sobre la columna del general Parajón. Yo envié 100 hombres de caballería en su protección, al mando del coronel Ignacio Talavera; pero cuando el refuerzo llegó, el general Parajón había rechazado al enemigo. Mis muchachos no quisieron quedarse sin su parte y atacaron una columna enemiga en las riberas del río de los cocales de Teustepe. No volvió a haber otro disparo. El segundo día de aquel combate, recibí nota del general Moncada participándome que había 48 horas de armisticio porque él había aceptado una conferencia en Managua o en Tipitapa. Contesté diciéndole que no estábamos de acuerdo en que él fuera solo; que si iba debería ser con todos nosotros armados. Temía yo una traición por parte de los yankees. |