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En
nombre del “destino manifiesto”
Maurice Lemoine*
LE MONDE diplomatique edición española
2004
El 22 de febrero de 1927, día del aniversario del nacimiento
de George Washington, el embajador de Estados Unidos en París,
Myron Herrick, reunió en un banquete a los representantes diplomáticos
de los Estados de América Latina miembros de la Unión
Panamericana. “Estados Unidos no está ávido de tierras”,
señala especialmente en su speech. “No tiene el deseo ni
la necesidad de nuevos territorios. Como la gente sensata sabe, Estados
Unidos desechó constante y deliberadamente, durante los últimos
cuarenta años, las frecuentes y fáciles oportunidades
de extender su dominio. Quienes nos acusan de designios imperialistas
ignoran los hechos o no son sinceros (1)”. Con la memoria sin
duda reblandecida por los vinos y el lujo de la Ciudad Luz, olvidó
manifiestamente a México desmembrado, Cuba encadenada, Haití
y República Dominicana bajo control, Panamá arrancado
a Colombia, la invasión a Nicaragua, las Filipinas anexionadas...
En 1823, en su mensaje al Congreso, el presidente de Estados Unidos
James Monroe lanza la doctrina que llevaría su nombre. Mientras
los Imperios de la península Ibérica se derrumbaban, despertando
ciertos apetitos británicos, Monroe rechaza toda intervención
europea en los asuntos de las Américas. Todos podrían
beneficiarse de ello si, bajo la apariencia de luchar contra el colonialismo
exterior, Estados Unidos no orientase desde entonces su política
exterior hacia la constitución de un bloque continental en el
cual pretendiera instaurar su dominación.
Sin preocuparse demasiado por la credibilidad de sus justificaciones,
Estados Unidos intervino militarmente en 1824 en Puerto Rico, en 1845
y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en 1860 en la provincia
de Panamá y nuevamente en Nicaragua. A tal punto que, en 1847,
los gobiernos de Chile, Bolivia, Ecuador, Nueva Granada (Colombia) y
Perú se reúnieron en Lima para analizar las cuestiones
planteadas por dicho intervencionismo. Al año siguiente, en 1848,
la guerra contra México justifica su inquietud: desde Texas hasta
California, Estados Unidos anexiona la mitad del territorio de su vecino.
Una vez terminada la Guerra de Secesión, Estados Unidos toma
conciencia de su enorme potencia. A partir de 1880, habiendo finalizado
también la conquista del Oeste, se orienta decididamente hacia
el Sur. Durante la presidencia del general Ulysses Grant (1869-1877),
la teoría del destino manifiesto expone sin maquillaje el proyecto
de Estados Unidos: controlar la totalidad del continente. Sin duda,
aún reivindica la mística de “la defensa de la democracia”.
Pero es a través de la política del big stick (palo grande)
y del envío de marines como la pone en práctica. A las
intervenciones militares puntuales suceden las invasiones y el establecimiento
de protectorados.
Todavía bajo dominación española, mientras las
otras colonias de América habían logrado su independencia,
Cuba se subleva. Desde 1895, José Martí libra una segunda
guerra de independencia. El 15 de febrero de 1898, y en circunstancias
misteriosas, el acorazado estadounidense US Maine explota en el puerto
de La Habana. Utilizando este incidente como pretexto, el presidente
William McKinley desencadena el conflicto contra España. Tras
vencer sin dificultades a las tropas ibéricas luego de una “espléndida
pequeña guerra”, como la llamó Theodore Roosevelt,
las fuerzas armadas estadounidenses se apoderaron de Puerto Rico (2).
Mediante el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, España
renuncia también a Cuba y a las Filipinas (ver recuadro).
Bajo la presión de la ocupación militar, Cuba “liberada”
debe incorporar un apéndice a su Constitución, la enmienda
Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901. En virtud de dicha
enmienda, La Habana debe aceptar el derecho de intervención de
Estados Unidos para “preservar la independencia cubana”
(sic), y mantener un gobierno que proteja “la vida, la propiedad
y las libertades individuales”. “Con el fin de cumplir con
las condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener la independencia
de Cuba y proteger a su pueblo, así como para su propia defensa
-señala asimismo el documento- el gobierno de Cuba venderá
o alquilará a Estados Unidos el territorio necesario para el
establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones
navales en algunos puntos determinados (...)”. Así nace
la base de Guantánamo (3).
La isla perdió su independencia aun antes de haberla obtenido.
Injiriendo en su política interior, sus instituciones, su sistema
electoral, su régimen impositivo, Estados Unidos intervino militarmente
en Cuba en 1906, 1912 y 1917. Protectorado estadounidense hasta 1934,
será dominada luego por gobiernos sin poder real.
“ La persistencia en conducirse mal o la incapacidad que lleva
a un debilitamiento general de los lazos propios de una sociedad civilizada
pueden finalmente tornar necesaria, tanto en América como en
otro lugar, la intervención de cualquier nación civilizada.
En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a
la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos flagrantes donde se encuentre
frente a determinada mala conducta o a determinada incapacidad, a ejercer,
aunque se resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía”.
Elegido presidente, Theodore Roosevelt lanzó, en 1903, esta advertencia,
“corolario de la doctrina Monroe”.
Para obligar a los Estados latinoamericanos a respetar sus “obligaciones
internacionales” y “la justicia para con los extranjeros”
(léanse los créditos de las crecientes multinacionales),
para “aportar el progreso” y la “democracia”
a los “pueblos atrasados”, los marines desembarcan en México,
Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. Menos hipócrita, el
presidente William Taft declara en 1912: “El hemisferio todo nos
pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en virtud
de la superioridad de nuestra raza”.
Sin apariencia de conquista territorial ni de guerra declarada, el estatuto
de una república latinoamericana independiente resulta inferior
al de un simple Estado estadounidense, donde el gobierno federal de
Washington sólo interviene en casos muy limitados y con la autorización
del Congreso federal (4). La defensa de la soberanía nacional
se convierte allí en una rebelión contra la potencia que
se arrogó el protectorado de estas repúblicas, y es aplastado
con sangre en beneficio de intereses influyentes, más que de
civilización.
Desde la primera concesión obtenida en Costa Rica en 1878, la
United Fruit Company (UFCo) construyó un imperio bananero en
la costa atlántica de América Central (así como
de Colombia y Venezuela). Sus millones de hectáreas y sus propiedades
forman verdaderos reinos independientes. Se trata de defender sus intereses.
Bajo la tutela inspirada en lo que denomina su “goodwill”
(buena voluntad), el Tío Sam -sombrero enorme, chaleco de estrellas
y pantalón con trabillas a rayas como la bandera- interviene
diplomática y militarmente, con autoridad propia, sin ningún
control, en los asuntos internos de estas repúblicas.
Se trata, sin duda, de naciones turbulentas, que viven a menudo en un
estado de anarquía crónica y de desorden financiero. Pero,
algunos precedentes -el etnocidio de los “Pieles Rojas”
y la Guerra de Secesión- no justifican que el gran vecino del
Norte asuma una posición aleccionadora. Sólo pretende
en esta región, además de la defensa de sus intereses
económicos, asegurarse la posesión de un futuro canal
que una el Atlántico con el Pacífico.
Tras haber esperado demasiado el consentimiento de Colombia a las condiciones
impuestas para la cesión “por cien años” de
esta futura vía de agua en la provincia de Panamá, Estados
Unidos favorece su secesión, en 1903. A cambio de 10 millones
de dólares, el tratado Hay-Brunau-Varilla del 18 de noviembre
le concede el uso a perpetuidad del canal y de una zona de ocho kilómetros
en cada una de sus orillas, así como la total soberanía
sobre este conjunto. Un tratado de alianza celebrado en 1926 agrava
las servidumbres. Su artículo 6 confiere derechos especiales
a Washington en tiempos de guerra, que convierten virtualmente a Panamá,
desde el punto de vista militar, en un nuevo Estado de la Unión.
Sin embargo, es en Nicaragua donde la “diplomacia
del dólar” ejerce su influencia de manera más imperial.
Se trata aquí también de asegurarse la posesión
del futuro canal interoceánico cuyo emplazamiento definitivo
aún no está determinado. Después de un primer desembarco
en 1853 para “proteger la vida y los intereses de los ciudadanos
estadounidenses”, los infantes de marina aparecen nuevamente en
1912 para vencer la resistencia de los liberales, que se niegan a contraer
con Estados Unidos un préstamo que trae aparejado el establecimiento
del control financiero estadounidense en Nicaragua. Instalado en el
poder, el presidente Adolfo Díaz contrae el famoso préstamo
otorgando los ingresos aduaneros como garantía y aceptando un
supervisor general estadounidense de aduanas, designado por los banqueros
de Nueva York con la aprobación del Departamento de Estado. De
aquí data la instalación en Managua de una guarnición
estadounidense que se mantuvo durante trece años, de 1912 a 1925.
Mientras tanto, en 1914, el tratado Bryan-Chamorro confirió a
Estados Unidos derechos exclusivos respecto a la construcción
del eterno canal.
Los marines entran nuevamente en escena en 1927, después de que
el conservador Emiliano Chamorro, su protegido, recuperara el poder
por la fuerza. Será necesaria la larga
lucha desigual de los “outlaws” del “pequeño
ejército loco” de Augusto César Sandino para hacer
que se vayan en 1932. Durante este período, Estados Unidos
creó una Guardia Nacional cuyo jefe director será un marine
hasta 1932, antes de pasarle la posta al general Anastasio “Tacho”
Somoza.
En Honduras, Estados Unidos interviene en 1903, 1905, 1919 y 1924 para
“restablecer el orden” (sobre todo, el de la United Fruit
y de las compañías que explotan los territorios, las minas
y los bosques). En 1915, la gran democracia estadounidense estranguló
de la misma manera, silenciosamente, a la pequeña República
de Haití. Tras su desembarco al frente de una fuerza expedicionaria
en Puerto Príncipe, el almirante William B. Caperton impuso al
gobierno una convención cuyas cláusulas, en apariencia
legales y aceptadas voluntariamente, ponían la administración
civil y militar, las finanzas, las aduanas y el banco estatal (reemplazado
por el National City Bank) en manos de los estadounidenses. Para vencer
la resistencia, Caperton proclamó la ley marcial en todo el territorio.
La misma ley marcial impuesta en República Dominicana, donde
la Convención del 8 de febrero de 1907 permite a los invasores
administrar las aduanas y distribuir sus ingresos entre los acreedores
extranjeros.
En 1934, el demócrata Franklin D. Roosevelt reemplazará
esta política del “palo grande” por la del “good
neighbourhood” (buena vecindad). La Conferencia para el mantenimiento
de la paz (Buenos Aires, 1936) y la octava Conferencia de los Estados
Americanos (Lima, 1938) reafirman la soberanía absoluta de cada
país. Pero, durante la etapa de los protectorados, Estados Unidos
logró organizar regímenes autoritarios estables, con el
apoyo de las fuerzas armadas locales, consagrados a sus intereses. La
buena vecindad se traducirá pues en el apoyo a los dictadores
Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana, Juan Vicente
Gómez en Venezuela, Jorge Ubico en Guatemala, Tiburcio Carias
en Honduras, Fulgencio Batista en Cuba, y a la dinastía de los
Somoza en Nicaragua.
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NOTAS:
(1) Louis Guilaine, L’Amérique latine et l’impérialisme
américain, Armand Colin, París, 1928.
(2) La isla es sometida a un vago régimen autónomo bajo
la autoridad de un gobernador estadounidense. En 1917, tras varios años
de protestas de los dirigentes portorriqueños ante el Congreso,
se otorga la ciudadanía a todos los portorriqueños que
la deseen. En 1952, la isla accede al estatuto de Estado Libre Asociado
(ELA), aún vigente.
(3) Washington recibió de hecho las bases de Guantánamo
y de Bahía Honda, pero esta última fue devuelta en 1912,
a cambio de una extensión de la de Guantánamo.
(4) Louis Guilaine, op. cit.
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