TODOS MENOS UNO
(Mayo de 1927)


Regresó el correo diciéndome: "Ya se fue el general Moncada y en estos mismos momentos debe estarse echando sus buenos mielazos con los yankees".
Hubo mucha inconformidad y sospechas en todo el ejército por aquel viaje. Después que se cumplieron las primeras cuarenta y ocho horas de armisticio, vino nueva orden de cuarenta y ocho horas más.
El 5 de mayo del mismo año, recibí una orden verbal enviada por Moncada con el coronel Pompilio Reyes, manifestándome que reconcentrara las fuerzas a mi mando en el pueblo de Santa Lucía; que ya no había necesidad de poner retenes; que la gente podía dormir bajo techo porque ya estaba arreglado todo.
Consideré muy informal aquella orden y me fui inmediatamente con mi Estado Mayor a La Cruz, jurisdicción de Teustepe, lugar donde estaba Moncada. Llegamos a donde él estaba. Le encontré acostado en una hamaca que había bajo un árbol frondoso. Al vernos Moncada, se levantó saludándome. Me refirió la orden que me había enviado con el coronel Reyes.
Le pedí una explicación de la forma en que había quedado arreglada la paz.
Para contestarme se acomodó bien en la hamaca componiéndose a la vez una cruz de oro de la marinería norteamericana que tenía pendiente del cuello con una cintita blanca. La explicación de él fue que un representante del gobierno de los Estados Unidos de Norte América le había dicho que su gobierno estaba dispuesto a ponerle fin a la guerra que había en Nicaragua. Que aquel gobierno había aceptado la solicitud de Adolfo Díaz para supervigilar las elecciones presidenciales y que por consiguiente el gobierno norteamericano custodiaría las armas de Adolfo Díaz y las de los liberales.
Que a cambio de la depuesta de las armas daría diez -10 dollars - por cada rifle al hombre que lo tuviera. Que al que no depusiera las armas pacíficamente lo desarmaron por la fuerza.
Yo me sonreí maliciosamente.
Fue objeto de sorpresa mí sonrisa para el general Moncada, quien agregó:
También nos darán el control de seis departamentos de la República. Usted es el candidato escogido para jefe político de Jinotega. El gobierno de Díaz pagará todas las bestias que actualmente estén en la guerra y usted puede recoger las que más pueda y será legalmente dueño de ellas.
Pregunté a Moncada si estaba de acuerdo todo el Ejército y me respondió:
-Tiene que estarlo supuesto que a todos les será pagado el sueldo que hayan devengado. A usted le corresponden -continuó- diez -10- dollars diarios durante el tiempo que ha permanecido en armas.
Yo me sonreí maliciosamente.
Moncada me invitó para llegar a unas conferencias que se verificarían el 8 del mismo mes de mayo en Boaco y que allí se conocería la opinión de todos, porque él había pedido a Stimson ocho días de plazo para contestar.
Téngase presente que Moncada nos dijo a los jefes de columna que había pedido a Stimson ocho días de plazo, a partir del 5 del mismo mayo, para consultar la opinión del Ejército y contestar. Sin embargo, declaró día de fiesta el 4 de mayo por haber sido ése el día en que se firmó la paz, lo que prueba que a Moncada le importó poco la opinión del Ejército y que cuando regresó de Tipitapa a nuestros campamentos ya traía en el bolsillo la promesa de su presidencia.
El 4 de mayo a que nos hemos referido es efectivamente día de fiesta nacional, pero no es porque en ese día Moncada haya negociado al Ejército liberal como a partida de ganado en Tipitapa, no.
Es fiesta nacional porque fue ese el día en que Nicaragua probó ante el mundo que su honor nacional no se humilla; que le quedaban todavía hijos que con su sangre lavarían la mancha de los demás.
Le manifesté nuevamente que yo sería uno de los opositores.
Con su palabra fácil procuró convencerme de una vez, respecto a la claudicación, diciéndome que sería una locura pelear con los Estados Unidos de Norteamérica, porque es aquélla una nación poderosa que tiene ciento veinte millones de habitantes; que yo no podría hacer nada con trescientos hombres que tenía a mi mando. Que nos sucedería igual que a una presa que está bajo la garra de un tigre, que tanto más se mueve, más se le ahondan las uñas.
Sentí un profundo desprecio desde ese momento por Moncada. Le dije que yo consideraba un deber morirnos o libertarnos. Que con ese fin yo había enarbolado la bandera Rojo y Negro simbolizando libertad o muerte. Que el pueblo nicaragüense de aquella guerra constitucionalista esperaba su libertad.
El sonrió sarcásticamente. Me dijo textualmente estas palabras, en tono despreciativo.
-"No hombre... ¿Cómo se va a sacrificar usted por el pueblo? El pueblo no agradece... Esto se lo digo por experiencia propia... La vida se acaba y la patria queda... El deber de todo ser humano es gozar, y vivir bien sin preocuparse mucho..."
Me despedí de él y me fui hacia donde estaban todas mis Fuerzas.
Como yo estaba en ese momento con mi Estado Mayor, según dejo dicho, ante Moncada, todos los que lo formaban son testigos del relato que dejo hecho.
Cuando salimos al portón del camino real todo mi Estado Mayor y yo dimos "mueras" a los yankees. En el camino fuimos comentando las razones de Moncada y todos comprendimos que él ya traía en su bolsillo la promesa de la presidencia de Nicaragua.
Terminó la llamada revolución constitucionalista, en que Moncada vio que podía realizar su vieja ambición de ser Presidente, sin fijarse en los medios que debían llevarlo hasta allí, sin tomar en cuenta que se entregaba al país nuevamente al interventor y hasta olvidando a los delegados del doctor Sacasa, doctores Espinosa, R. Argüello y Cordero Reyes, quienes una vez en esta capital, lanzaron un manifiesto, dando a conocer las intenciones de Moncada y expresando que no eran esas las instrucciones del doctor Sacasa. Así entregó las armas Moncada. Comprendí que éste traicionaba los intereses de la revolución, pues así lo declaró el doctor Sacasa, y comprendí también con amargura que eran defraudados los ideales del pueblo nicaragüense.
Llegué al cerro El Común, en el cual estaba mi fuerza, y participé a todos lo que oí de propia boca de Moncada y lo que en él comprendimos.
No era posible que yo fuera indiferente a la actitud asumida por un traidor. Recordé en esos momentos las frases hirientes con que nos calificaban a los nicaragüenses en el exterior. Así pasé tres días en el cerro del Común, abatido, triste, sin saber qué actitud tomar, si entregar las armas o defender el país, que reclamaba conmiseración a sus hijos. No quise que mis soldados me viesen llorar, y busqué la soledad.
Allí solo, reflexioné mucho, sentí que una voz extraña me decía: "¡Vende patria!". Rompí la cadena de reflexiones, y me decidí a luchar, comprendiendo que yo era el llamado para protestar por la traición a la Patria y a los ideales nicaragüenses, y que las balas serían las únicas que deberían defender la soberanía de Nicaragua, pues no había razón para que los Estados Unidos intervinieran en nuestros asuntos de familia. Fue entonces cuando publiqué mi primer manifiesto.
El coronel Simón Cantarero, el hombre más viejo y jocoso del Ejército, me manifestó que Moncada era un canalla; que su vida era un encadenamiento de traiciones; que él jamás había creído en Moncada, pero que había ayudado en la guerra constitucionalista sin fe en el triunfo, imitando a ciertas mujeres que son desgraciadas en el mundo, las cuales entregan su amor con el deseo de ser comprendidas, y van experimentando de corazón en corazón sin conseguir más que desilusiones.
Ordené que levantara campo mi caballería, para reorganizarla. No fuimos adonde nos ordenó Moncada, o sea Santa Lucía, porque sabíamos que allá se nos esperaba para la entrega de los rifles. Ordené el regreso de mis muchachos para Jinotega y con 50 hombres me dirigí a Boaco, lugar en que se verificarían las conferencias de que me hizo mención Moncada.
En Boaco dejé mis bestias en la entrada de la población; me dirigí a pie con mi Estado Mayor adonde Moncada, que era en una de las principales casas de Boaco. Moncada estaba en una silla mecedora, sobre alfombras, conversando con un sacerdote. El salón era pequeño, pero con muchos cuadros en las paredes, cortinas y muebles finos. El piso era de mosaico; en el corredor había maceteras de flores y en el interior un jardín.
Ya no vestía de campaña Moncada. Ahora llevaba un traje de palm-beach y zapatos lustrados. Pidió excusas al sacerdote, participándome que la conferencia entre los jefes del Ejército ya se había celebrado; que todos habían aceptado el desarme y que mi deber era ajustarme a la opinión de la mayoría.
Yo iba espiritualmente ya preparado. Me había convencido mediante conversaciones de algunos jefes de mi Columna de la no conveniencia de contradecirle mucho a Moncada, ya que él estaba en posibilidades de desarme por la fuerza y hacerme reo.
Con eso no conseguía su libertad Nicaragua.
Manifesté al general Moncada que había meditado sobre el asunto y que estaba resuelto a secundar la opinión de los demás jefes, pero que deseaba se me permitiera entregar mis armas en la ciudad de Jinotega, pues en aquella plaza tenía yo establecido el gobierno departamental y que para su custodia había dejado allá más de 200 rifles.
El me contestó que eso había que consultarlo con los marinos. Que esperara por tres días la resolución de ellos.
Expresé nuevamente al general Moncada que se me permitiera esperar los tres días a que él se refería en la hacienda El Cacao de los Chavarría, que está situada sobre el camino que conduce de Teustepe a Jinotega. Aceptó Moncada, pero me dijo que había necesidad de firmar el documento del desarme, el cual ya estaba firmado por los demás jefes.
En ese instante me pareció que mis sueños de libertad se habían ido a tierra, porque si Moncada insistía en que yo firmara, yo estaba dispuesto a pegarle un balazo.
Hice un gran esfuerzo para recuperar la serenidad que el caso requería y le manifesté textualmente estas palabras:
-Usted manda. Lo autorizo ampliamente para que firme usted mismo por mí.
Seguramente él se sintió victorioso porque ya había logrado convencerme, según él, de su manera de pensar.
Era yo el único opositor, entre todos los jefes del Ejército, al pacto Moncada-Stimson. Accedió y me dijo que él firmaría por mí.
Me despedí y salimos a montar nuestras bestias para dirigirnos en seguimiento del resto de mis fuerzas que ya iban rumbo a Jinotega. Desde la hacienda El Cacao de los Chavarría le envié una nota a Moncada diciéndole lo siguiente:
Le participo que a mi llegada a ésta, toda mi fuerza, por falta de provisiones de boca, se fue para Jinotega; en ese caso no tiene importancia mi permanencia aquí. También yo me dirijo para la mencionada ciudad, desde donde quedo esperando sus órdenes y sujeto a la opinión de los demás.
Continué mi marcha hacia Jinotega. Cuando llegué a esta ciudad había gran amenaza a la plaza por un grupo de conservadores que todavía estaban armados. Fue grande el entusiasmo en Jinotega cuando nos vieron llegar con todo nuestro armamento y quizá mejor equipados que cuando de allí salimos.
Me obsequiaron muchas flores. Recibí muchos retratos de señoritas con sus dedicatorias y gran cantidad de objetos que guardo con aprecio.
Manifesté al pueblo de Jinotega mis propósitos de pelear contra la piratería yankee y los hice circular telegráficamente en los tres departamentos: Jinotega, Estelí y Nueva Segovia.
La segunda noche procedí al envío de varias ametralladoras, 600 rifles y gran cantidad de municiones para las montañas de Las Segovias, con los jefes de mi confianza.
Invité a muchos del Ejército a mi mando a quedarse en sus hogares. Eso lo hice con aquellos en quienes no comprobé resolución para el sacrificio. Siempre dejé organizado el gobierno departamental en Jinotega y me dirigí con 300 hombres de caballería a San Rafael del Norte.
La llegada nuestra a San Rafael del Norte fue a las cinco de la tarde y en esos mismos momentos se estaban dirigiendo con otro rumbo las armas que enviaba a ocultar en las selvas segovianas.
Después de dar órdenes a los jefes de los 300 hombres de caballería, me dirigí con mi Estado Mayor a ocupar nuevamente la casa de Blanca. Allí mismo continuaba la oficina telegráfica.