NOTAS EN ESTA SECCION:
Cómo fue el atentado
Entrevista a Enrique Gorriarán Merlo, Octavio Enríquez,
2002
Reportaje a Gorriarán Merlo, Hernán Brienza, 2002
Gorriarán Merlo pasó por Rosario para pedir disculpas por
un secuestro
El atentado
Los días del dictador estaban contados desde mayo de 1980 cuando
el comando guerrillero lo ubicó en Asunción. Cuando Somoza
fue localizado, los guerrilleros alquilaron una casa en Avenida España
a nombre del cantante español Julio Iglesias. Los guerrilleros
supuestamente compraron armamento en el mercado negro del Paraguay y lo
embuzonaron cerca de la frontera del lado argentino. Entre las armas se
encontraban una bazuka, un M-16 y un Ingram.
La conspiración contra el dictador Anastasio Somoza Debayle surgió
de una conversación entre amigos que disfrutaban de cervezas y
asados en el restaurante capitalino Los Gauchos, donde Ramón, Santiago
y Armando solían reunirse una vez a la semana a recordar la época
guerrillera.
ERAN ULTIMOS DIAS DEL '79
Según el testimonio que los guerrilleros arge
ntinos brindaron a Claribel Alegría y D.J. Flakoll, la posibilidad
de que el dictador muriera de viejo en un exilio dorado les provocaba
asco.
“Da rabia pensar que ese criminal está gozando de sus millones
en Paraguay”- decía Armando-.
— “¡Ah no!, -añadió-, sería una
vergüenza histórica permitir que ese asesino se muera tranquilamente
en su cama de tanto beber guaro”.
“Ramón”, “Armando”, “Francisco y
“Santiago”, habían combatido con la guerrilla sandinista
en el Frente Sur “Benjamín Zeledón”, como integrantes
de una columna guerrillera de internacionalistas que se enfrentó
a la Guardia Nacional en la zona de Rivas y San Carlos, Río San
Juan, durante la ofensiva militar contra el régimen somocista.
Al ser derrocado Somoza, los guerrilleros argentinos se reencontraron
en la recién bautizada “Plaza de la Revolución”
el 19 de julio, en medio del júbilo del pueblo nicaragüense
que celebraba el derrocamiento de la dictadura de los Somoza. Las guerrilleras
argentinas, Julia, Ana y Susana, llegaron en avión horas después,
reuniéndose con sus compañeros por pura casualidad en las
cercanías del Hospital Militar de Managua.
Cuando se decidieron a acabar con Somoza Debayle, durante una conversación
en Los Gauchos, los guerrilleros argentinos se dedicaron a prepararse
militarmente y obtener información de inteligencia sobre los pasos
del dictador.
Tras huir de Nicaragua el 17 de julio de 1979, Somoza Debayle –quien
se jactaba de comunicarse mejor en inglés que en español–,
apenas tuvo tiempo para permanecer en Miami varias horas antes que el
ex Presidente Jimmy Carter le hiciera saber que era non grato en ese país.
Inició así un peregrinaje que lo llevó a Panamá
y finalmente a Paraguay, donde el dictador Alfredo Stroessner le ofreció
asilo político.
SOMOZA CAMBIO DE DOMICILIO
Según el relato que los guerrilleros hicieron a Flakoll y Alegría,
el “Capitán Santiago” estableció las máximas
de la operación: “entrar sin levantar sospechas”, “hacer
el trabajo sin que te agarren” y “salir sin dejar huella”.
Las dos últimas no le fue posible cumplirlas.
“Ramón”, seudónimo de Enrique Gorriarán
Merlo, decidió que los integrantes del comando serían además
de él: Julia, Santiago, Susana, Armando y Ana. Julia estaba embarazada
de Ramón y así formó parte de la operación.
Osvaldo era el séptimo miembro del grupo.
Se dedicaron a obtener documentación falsa que les permitiera entrar
a Paraguay sin levantar sospechas, introducir las armas necesarias para
la operación y a especializarse en técnicas conspirativas.
(Aprender a arreglar encuentros clandestinos, pasar información
y órdenes bajo secreto, detectar la vigilancia y escaparse de ella
sin levantar la más mínima sospecha, entre otras técnicas).
Establecieron Colombia como centro de entrenamiento, preparándose
cada uno de ellos en el uso de la bazuka. De inmediato, procedieron a
localizar a Somoza en el Paraguay.
Averiguaron en recortes periodísticos de la época que “Somoza
vivía en la Avenida Marisca López en Asunción y que
cada vez que aparecía en la ciudad en un limosina con chofer, lo
acompañaba invariablemente un Ford Falcon rojo con cuatro guardaespaldas
adentro”.
Sin embargo, después confirmaron que Somoza había cambiado
de domicilio. Decidieron llamar “Eduardo” a Somoza, después
que Susana y Francisco dieran –tras seis días de exploración–,
con la casa del dictador en Asunción, capital del Paraguay.
Después que reubicaron la residencia de Somoza en la Avenida España,
para los primeros días de julio de 1980, habían logrado
establecer un sistema de vigilancia de la residencia, anotar los datos
de las matrículas de los vehículos que usaba Somoza y establecer
el principal problema de la operación: Somoza tenía una
rutina completamente irregular.
COMPRAN KIOSKO DE REVISTAS PARA CHEQUEO
Somoza, quien vivía entonces con su amante Dinorah Sampson, tenía
a su disposición dos limosinas Mercedes Benz (una blanca y otra
azul), un Falcon rojo (para sus guardaespaldas) y un Cherokee Chief, de
uso general.
Ramón narró a Alegría y Flakoll que la avenida donde
vivía Somoza era muy transitada, no había puestos naturales
de observación, por lo que los chequeos tuvieron que efectuarse
desde un supermercado, dos estaciones de servicio y un recorrido a pie
de diez cuadras y de 45 minutos de duración.
Mientras los guerrilleros dirigidos por Ramón establecían
el cerco de vigilancia alrededor de Somoza, otro grupo integrado por los
guerrilleros Pedro, Francisco y Osvaldo, se encargaban de trasladar el
buzón de armas desde la frontera argentina, el cual después
fue embuzonado en casas de seguridad utilizadas por los guerrilleros.
El armamento para la operación incluía una bazuka, un M-16,
un Ingram, entre otros, que supuestamente habían sido comprados
por los guerrilleros en el mercado negro de armas del Paraguay y embuzonado
cerca de la frontera del lado argentino.
Después de cuarenta días de intentar ver a Somoza, Armando
logra avistarlo casualmente el 22 de julio de 1980. Como se tenía
problemas con el “chequeo del objetivo” Osvaldo ideó
comprar un kiosco de venta de revistas a 250 metros de la casa de Somoza,
desde donde se mejoró la observación. Allí, Osvaldo
vendía revistas pornográficas a los policías con
quienes hizo amistad sin que sospecharan de él en lo absoluto.
Antes de que Armando viera a Somoza el 22 de julio, habían visto
el Mercedes blanco de Somoza y el Falcon rojo de sus guardaespaldas en
varios restaurantes de lujo en Asunción, por lo que estudiaron
la posibilidad de efectuar el atentado en dichos lugares. También
pensaron alquilar un camión para vender verduras sobre la Avenida
España y esconder en el mismo las armas hasta que apareciera el
dictador.
Sin embargo, posteriormente descubrieron una entrada trasera a la casa
de Somoza por donde también salía su caravana. Pero el 21
de agosto de 1980, Osvaldo no volvió a ver salir a Somoza de su
casa desde su puesto de observación en el kiosco de revistas.
EN LAS NARICES DEL EJERCITO PARAGUAYO
Cuando el grupo de guerrilleros se dio cuenta que los movimientos de Somoza
eran caprichosos por completo, descubrieron que uno de los pocos movimientos
previsibles era que “siempre salía de su casa en el Mercedes
Benz, continuaba recto por la Avenida España, en vez de doblar
a un lado o al otro, en la intersección donde estaban los semáforos”,
narraron los guerrilleros a Alegría y Flakoll.
Luego averiguaron que dos de las casas ubicadas sobre la Avenida estaban
en alquiler y rentaron una de ellas con la estratagema de que era para
Julio Iglesias, quien en su último disco había dedicado
tres canciones al Paraguay. De ese modo habían logrado establecer
una base operativa sobre la ruta del dictador, rentada por tres meses
a $4,500 dólares.
Pero la Avenida España era un nido de víboras, según
explicó Ramón a Claribel Alegría y Bud Flakoll: “A
400 metros estaba el Estado Mayor del Ejército, a 300 metros la
Embajada Norteamericana. Enfrente de la casa de Stroessner había
una custodia de seguridad permanente. Tuvimos que cuidar mucho de cada
uno de nuestros movimientos para no despertar la más mínima
sospecha”.
SOMOZA REAPARECE EN ASUNCION
Después de 21 días de ausencia, Somoza reapareció
en su Mercedes Benz azul, escoltado una vez más por el Falcon rojo.
Era el 10 de septiembre de 1980.
Los guerrilleros entonces decidieron los últimos detalles: compraron
una camioneta Chevrolet para la retirada –la cual no encendía
bien cuando estaba fría–, que permitía tener un amplio
campo de fuego para quien iría en la tina.
Y para la mañana del 15 de septiembre, cada uno de los guerrilleros
estaba listo con sus respectivas armas: Armando con un Fal; Ramón
con un rifle M-16 y 30 balas en el cargador, más una pistola Browning
9 milímetros. El arma del Capitán Santiago era un RPG-2,
la bazuka.
Según relataron los guerrilleros al matrimonio Flakoll y Alegría,
la señal de Osvaldo al ver la caravana de Somoza sería decir
el color del auto en que vendría el dictador, vía walkie-talkie.
Luego, cada uno de los guerrilleros tendrían que salir de la “Casa
de Julio Iglesias” y apostarse en sus respectivos lugares en un
lapso de veinte segundos.
LLEGO LA "HORA CERO"
El miércoles 17 de septiembre de 1980, después de arreglar
el problema de comunicación de los walkie-talkie, ensayar la emboscada
a Somoza y acordar encender la camioneta cada hora para que funcionara
al momento del escape, los guerrilleros estaban en disposición
de avanzar a sus posiciones en un lapso de trece segundos, desde el interior
de la “casa de Julio Iglesias”.
La “Hora Cero” llegó a las 10:35 de la mañana
del 17 de septiembre de 1980, cuando Osvaldo divisó su caravana
desde el kiosco de revistas y transmitió la señal convenida
a los guerrilleros a través de los radio-comunicadores.
— “¡Blanco! ¡Blanco!”, dijo.
“Julio César Gallardo, antiguo chofer y guardaespaldas de
Somoza, manejaba el Mercedes. Atrás, junto al ex dictador iba Joseph
Bainitin, su asesor económico de nacionalidad norteamericana”,
narran Alegría y Flakoll.
De acuerdo al plan convenido, Ramón se apostó con su M-16
en el jardín de la “casa de Julio Iglesias”, mientras
Armando salió con la camioneta Cherokee al borde de la acera para
estar listo a interceptar la caravana de Somoza. El Mercedes Benz de Somoza
estaba a unos cien metros detenido por el semáforo en rojo, detrás
de unos seis vehículos.
Cuando el semáforo dio luz verde, Armando calculó el tiempo
para dejar pasar unos tres vehículos e interceptar el Mercedes,
mientras Ramón esperaba para dar la señal de salir a Santiago
con la bazuka.
En ese momento, ya no había marcha atrás.
FALLO PRIMER BAZUKAZO
Armando irrumpió en la calle con la Cherokee haciendo frenar una
Volkswagen Combi. “El Mercedes de Somoza frenó. Ramón
escuchó un ruido detrás suyo, se volvió y vio a Santiago
luchando con la bazuka. Pensó que se había deslizado, que
se había caído; giró sobre sus talones, levantó
el M-16 a la altura del hombro y empezó a disparar”, narran
Alegría y Flakoll.
El plan inicial señalaba que Santiago dispararía la bazuka
primero por si el Mercedes era blindado, pero se le atoró el proyectil
y Ramón tuvo que abrir fuego.
Al fallar el primer tiro de la bazuka, Santiago se arrodilló, sacó
el proyectil defectuoso y la volvió a cargar, se puso de pie, tomó
puntería de nuevo, pero no disparó.
Según el relato de Claribel Alegría y Bud Flakoll, después
de la primer ráfaga de M-16, “la limosina de Somoza con el
chofer ya muerto, se había ido a la deriva hacia la casa operativa,
deteniéndose junto a la cuneta, frente a Ramón, quien metódicamente
seguía disparándole al asiento trasero. La limosina no era
blindada y cada uno de los tiros entró a través de los cristales
rotos de la ventanilla de atrás. Ramón estaba tan cerca
del Mercedes que un proyectil de bazuka en ese momento lo hubiera matado”.
Según Ramón, en los siguientes instantes, la custodia de
Somoza comenzó a disparar, hasta que le dio la señal a Santiago
para que disparara la bazuka.
“La explosión fue impresionante. (El techo y una puerta delantera
del Mercedes volaron en pedazos) Pudimos ver el auto totalmente destrozado
y la custodia escondida detrás de un murito de la casa de al lado.
Ya no tiraban más”, recordó Ramón.
Un testigo, el doctor Julio César Troche dijo minutos después
al diario paraguayo ABC, que “escuchamos una fortísima explosión
que hizo temblar toda nuestra casa y nosotros aún no queríamos
mirar por el riesgo de ser alcanzados por una de las ráfagas que
el sujeto enmascarado de la Chevrolet azul, a quien a cada momento se
la caía la capucha, repartía a diestra y siniestra. Tras
la explosión siguió nuevamente el tiroteo. Después
vino el silencio”.
El Mercedes Benz quedó destrozado, los trozos del cadáver
del chofer de Somoza quedaron en el pavimento a treinta metros, mientras
Somoza y Bainitin quedaron muertos en el asiento de atrás.
Armando, Ramón, Osvaldo y Santiago, huyeron en la camioneta Chevrolet
azul, pero a pocas cuadras tuvieron que abandonarla, pues no caminó
más. Interceptaron un Mitsubishi-Lancer placas 61915 sobre la calle
América, según relató su dueño Julio Eduardo
Carbone, al ABC.
La radio comenzó a dar la noticia: “Le dispararon una bomba
a un Mercedes Blanco”. Quince minutos después estaba identificada
la víctima: Anastasio Somoza Debayle.
Mientras, los guerrilleros huían por rutas alternas. Todos, menos
el Capitán Santiago.
www.pinoleros.comEntrevista a Gorriarán Merlo
Octavio Enríquez
El Nuevo Diario, 2002
El 12 de julio lo esperaba su familia aquí. Enrique Gorriarán
Merlo, el jefe del comando que ajustició a Anastasio Somoza Debayle,
abrazaría a su hija Cecilia y conocería al último
de sus nietos. Pero no. La decisión del ministro de Gobernación,
que impide su ingreso a Nicaragua, le parece una «venganza, una
defensa de la memoria de Somoza», muerto el 17 de septiembre de
1980.
Gorriarán concedió una entrevista a EL NUEVO DIARIO en
días difíciles para él en Argentina y Nicaragua.
Encuentros con
amigos, entrevistas en medios de comunicación argentinos. Agitación.
Y ahora surge, después de las declaraciones del ministro Urcuyo,
abandonar la idea de venir a este país.
«Está como reverdeciendo los hechos del pasado que nadie
quiere repetir y toda la cuestión de Somoza que se me adjudica,
que fue una acción contra el jefe de la contrarrevolución.
No fue una acción por venganza, ni por delitos que habían
cometido antes. Esos conflictos tanto en Nicaragua como en otras partes
del mundo han sido superados. (La del ministro) es una actitud de venganza».
Tampoco acepta el adjetivo de terrorista. La Dirección de Migración
y Extranjería envió a las aerolíneas comerciales
que operan acá la advertencia de que no lo dejaran subirse a
ninguno de sus aviones. Las razones que adujeron fue de seguridad, pero
Gorriarán Merlo dice que no es para nada terrorista, sino que
parte de la resistencia que se opuso a las dictaduras en América
Latina, entre ellas la dinastía de Somoza en Nicaragua.
La última vez que vio a su hija Cecilia, que vive aquí,
fue hace año y medio. Ella lo encontró en la cárcel
con una barba de profeta. Estaba en un pabellón, al que fue confinado
y al que le llamaban de aislamiento. Soledad. Tormento. Esos adjetivos
los conocía mejor que cualquier otro.
END.- ¿Qué planes tenía usted
a su llegada a Nicaragua?
«Mi plan era concurrir al acto del 19 de julio, porque hay relaciones
históricas entre Nicaragua y Argentina. Rubén Darío
estuvo aquí en el siglo XIX e hizo amistad con Lugones y hombres
progresistas de la época. Hay solidaridad con Sandino cuando
la invasión norteamericana. Tenemos una vinculación histórica,
aparte del hecho de haber participado en la lucha de liberación
de Nicaragua. El motivo mío era concurrir al acto, porque yo
me siento sandinista».
«Allá está mi hija, Cecilia, tengo tres nietos de
los cuales al más pequeño no lo conozco. Lo intentaba
conocer ahora.
END.- Y ahora que el Gobierno ha decidido impedirle su entrada, ¿qué
pasa por su mente?
«Me duele. Hace ocho años estaba preso. Hace año
y medio que no veo a mi hija Cecilia, a mis nietos y no conozco al tercer
nieto. Para mí es motivo de dolor.
END.- ¿Qué recuerda del último
encuentro con su hija?
«Esa fue la última vez que me vino a visitar, estaba solo,
en un pabellón de aislamiento. El último día que
vi a Cecilia vino con Camilo y Santiago, quienes son mis otros dos nietos.
«Tenía la barba grande. Fue muy emotivo el encuentro, porque
los dos sabíamos que íbamos a estar un tiempo impredecible
sin vernos. Los dos teníamos la expectativa en el marco de la
lucha contra la libertad que algún día se produjera, y
habíamos tenido varias frustraciones y pensábamos que
se podía prolongar más de lo que se prolongó.
«Espero que la decisión del ministro se revierta. No sé
si se puede hacer algo. Yo leí lo del señor Ministro y
también lo del Embajador argentino».
END.- Entonces leyó que no le dejan entrar por «terrorista»...
«Yo soy como miles de latinoamericanos que se vieron agredidos
en los tiempos de la doctrina de seguridad nacional con Somoza. Soy
parte de la resistencia al autoritarismo de esa época. Todos
confiamos que no va a retornar. Precisamente todos los que estuvimos
involucrados en aquellos episodios, por propia voluntad- cierto-, seríamos
quienes estaríamos más en desacuerdo con que vuelvan a
haber dictaduras. Ha sido una vida tan traumática.
«Si uno justifica el término de terrorista por haber usado
la violencia en determinado momento, serían terroristas los partisanos
italianos o Sandino cuando resistió a la intervención
norteamericana.
«Nosotros actuamos desde la defensa de nuestros derechos. Un revolucionario
no sólo lucha por el hecho de llegar al poder. Fundamentalmente
lucha por mantener la dignidad y no dejarse llevar. Yo lo he tratado
de hacer toda mi vida. A Nicaragua yo la siento como mi país.
Cada vez que llegaba, era como que llegaba a mi país».
LA TABLADA
END.- Cuéntenos qué pasó en La Tablada...
«Había una conspiración militar que partía
de un acuerdo entre el ex presidente Menem y un ex coronel, cuyo proyecto
era desplazar al presidente Alfonsín en cualquier momento, reemplazarlo
por el vicepresidente y en el marco de un proyecto, el coronel iba a
quedar como jefe del Ejército.
«Nosotros considerábamos que si bien no era un golpe tradicional,
porque pensaban llamar a elecciones, seguro Menem las ganaba por el
desprestigio del Gobierno saliente. No era un golpe al estilo tradicional,
pero debilitaba las instituciones.
«Nosotros optamos por actuar frente a la complicidad de algunos,
la incompetencia del gobierno por resistir el golpe y por abotarlo en
su nacimiento. En el año 83 cuando se recuperó la democracia,
no pensábamos que se fuera a dar un golpe. Por un lado por el
efecto sicológico que había tenido la guerra de Las Malvinas
en los militares y porque la gente no quería dictaduras.
END.-Pero entonces ¿qué pasó?
«Sin embargo en 1987 empezaron las sublevaciones. La cuarta fue
la tablada. Era un contexto acá que desde el seis de septiembre
de 1930 hasta el tres de diciembre de 1990, fueron 60 años y
dos meses donde hubo un intento de golpe de Estado, triunfante o no,
cada dos años, y cuatro meses. Había una situación
política convulsionada.
END.-¿Cómo fue que lo capturaron
en México durante octubre de 1995?
«Yo estaba en México, pensaba ir a Nicaragua. La idea era
tener solidaridad con los compañeros presos en ese momento, y
que le hicieran tomar al gobierno una medida. Estaba a la espera de
una reunión con dos diputados, noté seguimientos de policías
mexicanos, pero confiado en la tradición de protección
y no persecución de los mexicanos no le di importancia.
«Me habían detectado y pensé que estaban controlando
alguna actividad clandestina. Cuando me di cuenta que había argentinos
siguiéndome, ya no tuve tiempo. Eso fue un acuerdo, me secuestraron
el 28 de octubre al mediodía y me trasladaron el domingo 29 a
un cuartel de Buenos Aires.
«La acusación por la que me expulsaron de México
era por portación de documentos falsos, la misma que tiene un
argentino que han trasladado a España, Cavallo, al cual tuvieron
dos años juzgándolo. Quiero decir que no hubo juicio de
extradición, era una acción ilegal que solo se puede hacer
en el marco de un acuerdo de dos presidentes Menem y Zedillo».
END.- ¿Qué fue lo más duro
de sus años de cárcel?
«El aislamiento. No podía ver a los presos. Podía
ver sólo a quienes me visitaban. El trato de ellos fue correcto,
aunque hubo dos intentos de asesinato. El último, dicen, que
estaba desequilibrado y no me terminó de matar porque se asustó.
«Ahorita tengo una vida agitada, entre ver familiares, amigos,
ingenieros, reestructurarnos para actuar políticamente. Anoche
estuve hasta las 1 de la mañana en televisión de Canal
Siete de Argentina.
LO HAN TRATADO BIEN EN LA CALLE
END.- ¿Cómo lo ha recibido la gente al salir?
«Me tengo que cuidar, aunque la respuesta en la calle es mucho
mejor, porque con tanta campaña de prensa al estilo del ministro
nicaragüense, yo me imaginaba que tendría un problema. Fui
al partido de River y Boca, donde debe haber habido 60 mil personas.
Todos los que estaban alrededor mío me reconocieron. Hubo dos
mujeres que me insultaron. Debían ser familiares de militares,
pero los militares y policías me tratan respetuosamente.
«Siempre puede haber alguien que puede intentar hacer una locura.
Yo ando con cuidado, voy al teatro, al cine. Lógicamente ando
acompañado con algunos compañeros».
END.- ¿Por qué aún después
de la prohibición del ministro quiere venir a Nicaragua?
«La última vez que estuve fue en 1990. Me fui de Nicaragua
el día que asumía Violeta Chamorro (25 de febrero de 1990).
Volví, pero era cortito. Estaba cambiado lo que conocía.
Ahora son más profundos los cambios. Lo sé porque han
venido compañeros como Edwin Castro, Nelson Artola, Daniel (Ortega).
Siempre he tenido una relación con Nicaragua.
END.- ¿Le han contado de Arnoldo Alemán,
entonces?
«Sí no sólo me han contado, él estuvo acá
con su amigo Menem. A ver cuál de los dos era más ladrón.
No sé. Sería disputa pareja. ¡ja, ja, ja!
COMO FUE EL AJUSTICIAMIENTO DE SOMOZA
1980. El taxista no la conocía, menos ella que era extranjera.
Lo único que tenían en común ambos en Paraguay
era la carrera. La joven buscaba una peluquería que estaba a
media cuadra de donde vivía un tal Anastasio Somoza Debayle.
La información serviría para algo más que para
un corte de cabello...Paró en la delegación de la Policía.
- ¿Alguien sabe dónde vive ese señor?, preguntó
el taxista. Allí le dieron el punto exacto. Vivía en una
urbanización donde cada residencia se alquilaba en más
de 1 mil 500 dólares mensuales. «Vaya señor»,
le dijeron, «es zona exclusiva. Allí viven los más
ricos».
Es Asunción, Paraguay, la ciudad del relato. Con lo dicho por
el oficial inició sin que lo supiera el ajusticiamiento de Somoza
Debayle, quien moriría el 17 de septiembre, por una acción
armada que dirigía Enrique Gorriarán Merlo. Es él
quien cuenta esta historia, ahora que está libre tras ocho años
de encierro en Argentina. Lo indultó el Presidente saliente,
Eduardo Duhalde, el 25 de mayo. Hace dos semanas publicó sus
memorias, unas 600 páginas de recuerdos, que lanzó al
mundo la editorial Planeta.
Somoza Debayle escapó hacia Miami, Florida, dos días antes
de su caída del poder en Nicaragua el 19 de julio de 1979. En
ese 19, que cumplirá 24 años en estos días, finalizó
la dictadura que forjó el papá de Somoza Debayle, Anastasio
Somoza García desde 1936.
En Paraguay, adonde se estableció después de Miami, Somoza
Debayle estaba bien custodiado. Era muy amigo del dictador Alfredo Stroesner.
«La planificación fue minuciosa», dice Gorriarán
vía telefónica. Seis meses en Paraguay haciendo contactos,
viendo cómo llegar a la hora de la hora.
Enrique Gorriarán estuvo cuatro meses y medio antes de septiembre
de 1980, pero Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), una
de las siete personas que participaron en el ajusticiamiento, llegó
seis meses antes. Fue uno de los primeros. Lo difícil, después
de localizar la casa, fue alquilar un sitio que permitiera vigilarlo
24 horas. La casa estaba a unas cuatro cuadras.
Cuatro varones y tres mujeres, entre ellas la del corte de pelo, trabajaban
a la par de las manecillas del reloj. Hasta parecían que entraban
en competencia. Gorriarán dice que fueron 10 «compañeros»
los participantes en total y que se recuerde, entre ellos, estaba Roberto
Sánchez, hermano de Aurora Sánchez «La Cachorra»,
Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), y Claudia Lareu.
El comando reclutó al dueño de un kiosco de venta de periódicos,
dos cuadras antes de donde vivía Somoza Debayle. Fue desde la
venta que avisaron el 17 de septiembre que venía. Venía
en el vehículo de siempre, pero el chofer no era el mismo. «Teníamos
que cuidarnos de la custodia que traía Somoza, cambiar el objetivo,
y atacar el vehículo con un chofer que después supimos
era de apellido Gallardo. Era la primera vez que mirábamos a
ese chofer, porque el de siempre en esos días era un general
suyo de apellido Genie (Samuel), que había sido jefe de la Seguridad
de Somoza en Nicaragua».
Los minutos se hicieron horas, dilatados como sólo ellos suelen
serlo en momentos de tensión. El primer cohete de Iruzún,
«capitán Santiago», estaba malo. Hubo que cambiarlo.
Se hizo. El disparo de la bazuca fue certero. Ahí murió
Somoza, mientras en Nicaragua se celebraba en las calles con el ánimo
intacto de aquel 19 de julio, cuando el triunfo de la Revolución
en la plaza que le pusieron ese nombre.
Otros lloraron a Somoza. Los ánimos estaban al tenor del conflicto,
pero fue la alegría de la gente la que dio ánimo a Gorriarán
y sus compañeros cuando Paraguay cerró las fronteras,
cuando empezaron a aparecer las fotos y retratos hablados de los implicados.
Ni uno solo de los retratos era de ellos.
«Era la época en que funcionaba el Plan Cóndor.
Había mucha relación entre las dictaduras de Chile, Brasil,
Paraguay y Argentina. Tenían un rápido intercambio de
información, pero en este caso sacaron a alguien parecido a una
compañera. Luego vivimos toda la tensión. Después
cruzamos Argentina, otro Brasil. Yo fui a Costa Rica y después
a Nicaragua. Nos dividimos y luego nos encontramos. No recuerdo cuánto
gastamos en esa ocasión».
Sí, fue como las películas de espías. Ofrecieron
50 mil dólares por ellos sin conocerlos. Sólo uno de ellos
murió: Iruzún, quien como Gorriarán había
colaborado en Nicaragua con el fin de la dictadura. Los lazos, ahora
recuerda el segundo, eran fuertes. Históricos como le gusta decir.
LA CONSPIRACION DE SOMOZA
Pero el riesgo había sido tomado por una razón estratégica.
No fue venganza. Somoza Debayle era el jefe de la contrarrevolución
que amenazaba a los triunfantes sandinistas. Había más
que odio en el dictador defenestrado.
«Teníamos informaciones concretas. Somoza tenía
arreglado con el jefe de la Policía de Honduras, un coronel Alvarez
(Gustavo Alvarez Martínez), afín al somocismo, y con los
militares argentinos, con los cuales, cuando se produce el ajusticiamiento,
ya había un grupo de asesores argentinos en Honduras a través
de un acuerdo entre los militares argentinos y él».
Eran tiempos aquellos de dictadura en Argentina. Tiempos de Videla,
de 30 mil desaparecidos y 500 niños robados, pero también
era época en que los militares argentinos y Somoza creían
que Estados Unidos había abandonado la lucha contra el comunismo.
Ellos se planteaban, según Gorriarán, cómo reemplazarían
la carencia.
Pero nada de lo contado por Gorriarán hubiera sido un hecho,
si Somoza no persistiera en su empeño por volver al poder. «Te
juro que no fue venganza. Si Somoza, por ejemplo, no hubiese querido
retomar el poder y hubiese, no sé, decidido irse a vivir a España.
No hubiéramos hecho está acción. Por eso, insisto
que fue en el contexto de la contrarrevolución. No es un atentado
individual».
Tomado de El Latinoamericano
REPORTAJE a Enrique Gorriarán Merlo
Por Hernán Brienza, 2002
Memorias del Fuego
En la cárcel de Devoto, donde está detenido desde hace
seis años, el fundador del ERP y del Movimiento Todos por la
Patria revisa su pasado. Por primera vez admite su responsabilidad por
las víctimas que produjo el asalto al cuartel de La Tablada.
Dice que hoy no tomaría las armas y critica al gobierno de Duhalde.
Defiende las asambleas barriales aunque ironiza sobre las reuniones
dominicales de Parque Centenario. Propone, a la vez, un compromiso democrático
que incluya a civiles y militares.
Calvo, de canosa barba rala en forma de candado. Con ojos azules, cansados
y penetrantes. Con arrugas y grietas en el rostro, con los brazos caídos
al costado del cuerpo como vencido. Ésa es la primera imagen
de este hombre que luego intentará mostrarse sereno y locuaz.
Al llegar extiende su mano con excesiva timidez y baja apenas la mirada
como apartando fantasmas. Sus manos parecen las de un viejo pianista
que alguna vez supo interpretar la sinfonía del fuego y de la
muerte. Enrique Gorriarán Merlo pertenece, con 60 años,
a esa generación de señores de la guerra que hoy parecen
llamados a reposo. "Militante revolucionario" para unos, "extremista
asesino" para otros, el ex líder del Ejército Revolucionario
del Pueblo y del Movimiento Todos por la Patria es un total desconocido
para la mayoría de los argentinos. Hoy, desde la cárcel
de Villa Devoto, donde está alojado desde hace seis años
por el copamiento del cuartel de La Tablada donde murieron al menos
40 personas, rompe el silencio. Y, en momentos en que se habla de un
posible indulto para él y para Mohamed Alí Seineldín,
hace un "llamado a la paz a todos los sectores que participaron
de los desencuentros argentinos para salvar a la democracia".
"De ánimo estoy bien", aclara por si acaso y dice que
vive en una celda de cinco metros por cuatro. Cuenta que está
aislado pero que recibe visitas a diario. "Leo mucho -desliza-;
ahora estoy con La guerra del siglo XXI. Pero lo mejor que leí
fue El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, y Hacia un mundo sin pobreza
de Mohamad Yunnus." Herencia de su vieja militancia responde casi
siempre en plural como si hablara en nombre de una comunidad.
¿Cómo está su salud? Se ha dicho que tiene una
enfermedad grave.
Yo me siento muy bien. Fui al hospital pero no me pudieron hacer la
resonancia magnética. Los diarios hablan de leucemia o de un
tumor. Pero leucemia no puede ser porque si no estaría blanco.
Lo que t enía era una inflamación en la glándula
suprarrenal izquierda. Pero después se aplacó.
¿Cree que le van a dar el indulto?
No creemos en las versiones públicas porque ya escuchamos eso
muchas veces. Me lo prometieron antes de detenerme en México;
en el 97 cuando César Arias me lo ofreció a cambio de
que yo mintiera diciendo que Raúl Alfonsín era un cómplice
nuestro en el ataque a La Tablada. Después hicimos la huelga
de hambre en el 2000. También lo prometió Rodríguez
Saá. Y ahora, la última, hace un par de semanas. Lo tomamos
con muy poca ansiedad.
El MTP atacó La Tablada creyendo que así frustraría
un supuesto levantamiento de Seineldín. Hoy los dos están
presos y se habla de un indulto para ambos. Parece una ironía
del destino, ¿no?
Ésa es una decisión del gobierno. Puede ser una forma
de mostrar que terminó una etapa. No creo que por parte del grupo
de Seineldín hoy haya un intento de quebrar la democracia, sí
desde otros sectores. Por eso queremos hacer un llamado a la paz. Vemos
un rompimiento de la relación entre las instituciones del Estado,
los partidos políticos y la población; un gran avance
de la marginación social, y sufrimos amenazas constantes de posibilidades
de golpes de Estado o procesos autoritarios. Los problemas argentinos
se deben resolver con más democracia contemplando los intereses
de las mayorías. Hacerlo desde el autoritarismo sería
favorecer los intereses de una pequeña elite. Por primera vez
planteo públicamente la necesidad de que todas las fuerzas políticas
que han estado involucradas con los desencuentros argentinos firmen
un compromiso de vigencia democrática, de dirimir cualquier diferencia
por esa vía.
¿De qué sectores está hablando?
De todos. Incluidos el radicalismo y el justicialismo. No olvidemos
que durante la dictadura el 90 por ciento de las intendencias estuvieron
ocupadas por civiles.
¿También con los militares?
Por supuesto, con Seineldín, con todos los que han estado involucrados
en el pasado, como Brinzoni, el actual jefe del Ejército. Porque
acá se habla de un enfrentamiento entre guerrilleros y militares
como si todos hubieran estado mirando. Y no fue así. Nadie ignoraba
lo que pasaba. Lo de ahora no tiene nada que ver con los setenta sino
que es una violencia anárquica; en los setenta había dos
o más proyectos políticos enfrentados y no supimos dirimirlos
en forma democrática. Y por eso utilizamos la violencia. La que
vemos ahora es producto de la marginación y es contra todos.
Esto significa una revisión de la historia. ¿Hizo una
autocrítica?
No se trata de una revisión. Los militares dicen que se vieron
obligados a actuar por la presencia de la guerrilla. Pero no es así,
porque los golpes de Estado fueron anteriores a la guerrilla. Los métodos
tampoco fueron los mismos: las desapariciones, los fusilamientos de
prisioneros, la tortura en todas sus variantes y el robo de niños
es algo que ni Hitler se animó a hacer. La guerrilla nunca cometió
esos actos.
Pero el ERP continuó la violencia durante el gobierno democrático
entre el 73 y el 76...
Fue un error continuar con la lucha armada, sobre todo durante el gobierno
de Cámpora. Pero tampoco se puede llamar democrático a
un gobierno que en dos años y nueve meses provoca 900 desaparecidos
y 1.500 crímenes. Había sido elegido pero tenía
un carácter contrainsurgente que guardaba la forma más
gruesa de la democracia pero actuaba como dictadura. Cuando Cámpora
ofrece una tregua el ERP larga una carta donde decimos que aceptamos
no atacar al gobierno y al Ministerio del Interior pero íbamos
a continuar contra las FF.AA. Nosotros evaluamos al Devotazo como un
gesto de Cámpora y le correspondimos con la liberación
de un comandante de Gendarmería y un almirante que teníamos
secuestrados. Y comenzamos a discutir en el buró político
la posibilidad de cambiar nuestra postura y aceptar la tregua. Íbamos
a definirla el 30 de junio y en el medio se produce Ezeiza. A los Montoneros,
que eran peronistas, les tiraban con todo; si nosotros nos asomábamos
desaparecíamos. No obstante teníamos la suficiente fuerza
para mantener una semiclandestinidad y aguantar al menos hasta la muerte
de Perón. Y eso hubiera evidenciado con más claridad que
los ataques de la Triple A no eran en respuesta a la guerrilla sino
un proyecto de poder propio. Eso hubiera sido muy bueno políticamente
para nosotros.
AYER Y MAÑANA
Iniciada el 18 de octubre de 1941, en San Nicolás, la vida de
Gorriarán Merlo estuvo siempre signada por la militancia y por
la violencia. En 1970 fundó el ERP junto a Roberto Santucho.
Después vendrían su detención y posterior fuga
del penal de Rawson, el ataque al cuartel de Azul en 1974 y los combates
en la selva tucumana. Con la dictadura llegó el exilio y el enrolamiento
en el ejército sandinista con el que llegó al poder y
trabajó en inteligencia bajo las órdenes de dos "duros"
de la revolución: Lenín de la Cerna y el ministro del
Interior Tomás Borge. Un año después del triunfo
de la revolución, en 1980, participó del grupo que dio
muerte a Somoza en Asunción del Paraguay. Oscilando entre la
Buenos Aires de la primavera democrática y la húmeda y
tortuosa Managua, Gorriarán fundó el MTP en 1985. Cuatro
años después dirigió el ataque al cuartel de La
Tablada. Finalmente, en 1995, cayó detenido en México.
Desde ese momento está preso en Devoto. De él dicen sus
ex compañeros del ERP que "era más operativo que
político". Arnol Kremer, quien supo llamarse Luis Mattini
en tiempos de guerra, le recomendó alguna vez el "suicidio
por el desastre de La Tabalda". Y el hermano de Santucho dijo:
"Roberto era un ideólogo, un patriota que recurrió
a las armas por las circunstancias. No era un hombre violento; en cambio
Gorriarán, sí". El aludido cierra los ojos y entrecruza
las manos como si rezara. "Ahora quiero pensar en el futuro",
dice.
¿Hay futuro?
No vislumbro ningún proyecto que nos permita tener esperanzas.
Para que eso suceda debería formarse otro movimiento político
adaptado a la época.
¿En qué cambia su planteo respecto
del que hacía en los setenta?
En aquel tiempo se trataba de suplantar al capitalismo por el socialismo.
Eso estaba enmarcado dentro de la Guerra Fría entre dos sistemas.
En cambio hoy...
No me diga que se hizo capitalista.
No, pero las condiciones son diferentes. En aquella época había
sistemas para optar. Si la Ford se quería ir del país
uno traía una fábrica de Checoslovaquia y solucionaba
el problema. Hoy la amenaza de la Ford implica aumentar la desocupación
porque no existe una alternativa tecnológica. Antes había
una dictadura militar, uno la derrocaba con las armas y decía
"desde hoy este país es socialista". Hoy hay que luchar
por la igualdad social, pero exprimiendo al máximo las posibilidades.
¿Dentro del capitalismo?
Hasta ahora no hay otro sistema. El reemplazo de un modelo por otro
se da cuando el reemplazante es superior. Como en Rusia en 1917, que
pasó de ser un país atrasado a convertirse en la segunda
potencia mundial. Ahora, con el desarrollo de la tecnología,
para que haya socialismo debería nacer en un país desarrollado.
Pero eso no quita que se puede luchar por la justicia social.
¿Se sigue reivindicando marxista, entonces?
Soy un admirador de Marx, pero decir que soy marxista es demasiado grandilocuente.
No creo que los marxistas sean los únicos que pueden llevar adelante
los cambios; pienso en la izquierda en relación con sus orígenes.
Soy partidario de una izquierda estratégica y no dogmática.
¿Si sale en libertad participaría
en las asambleas populares?
Las asambleas patentizan un rechazo a los políticos que aún
no estaba dicho. Tienen un contenido que no es de cambio sino de restitución.
La sociedad quiere que le devuelvan algo de lo que perdió. Tienen
un contenido justo pero no revolucionario. No quieren cambiar el sistema
sino volver al que estaba. Creo que la consigna "que se vayan todos"
sin opciones no tiene sentido. Los programas tampoco. Se ve que hay
agrupaciones de izquierda que le hacen votar cosas a la gente. El otro
día vi un programa de la asamblea de Parque Centenario que era
más radical que el que nosotros teníamos en los setenta
con los Montoneros y los diez mil hombres armados que teníamos.
Viendo esas proclamas hasta Fidel Castro renunciaría asustado.
No se puede convertir a la población en una Cámara de
Diputados permanente; hay que institucionalizar la participación
a través de una reforma constitucional. Si un partido promete
una cosa y no la cumple se lo debe poder echar de inmediato. Es necesario
un cambio que reemplace la democracia representativa por la participativa.
La representación mostró sus defectos recién ahora;
nunca tuvimos 20 años seguidos para comprobar que los políticos
prometen una cosa y hacen otra y que no tenemos cómo contrarrestarlo.
No se trata de cambiarlos por hombres dece ntes sino de modificar un
sistema que está hecho para robar por uno que impida hacerlo.
¿Qué opina del gobierno de Duhalde?
Veo que carece de un plan social y de una política económica.
Se palpa en la negociación con el FMI. Está a la expectativa
de lo que supuestamente va a dar el Fondo. Pero creo que no van a conseguir
nada. No hay un plan estratégico de industrialización.
DIOS Y LA MUERTE
Gorriarán ¿cómo es matar?
(Responde rápido, casi por reflejo y encogiendo los hombros)
No tengo la menor idea; yo participé en combates y solo estuve
directamente en lo de Somoza. Estaba en el grupo pero el que culminó
la acción fue Santiago que tenía una bazooka. Pero lo
de Somoza no es una acción de venganza, como siempre se dijo,
sino una emboscada al jefe de la contrarrevolución en el marco
de una guerra. Si Somoza se hubiera quedado en una playa de Miami hoy
estaría vivo.
Muchos dicen que usted era un fierrero más
que un cuadro político. ¿Admite esa visión?
No soy un fierrero como dicen muchos, no creo en los grados militares,
creo en la consecuencia de una persona. Ni siquiera un revolucionario,
para no poner algo inalcanzable, sino una persona honesta que tiene
que fijar sus valores todos los días, todas las semanas, todos
los años. Conocí a grandes revolucionarios como Santucho,
Sendic y Carlos Fonseca, pero también al salvadoreño Carpio
y a Edén Pastora, que se dieron vuelta. Para mí el valor
fundamental es la persistencia. A mí me ponen como paradigma
del guerrillero armado, pero en el ERP estuve hasta el 74 en el sector
operativo y en Tucumán, por ejemplo, fui enlace entre la guerrilla
y las organizaciones de masas. Ésa es una imagen que no es objetiva.
Participé en la guerra de Nicaragua, pero no es lo principal.
La cárcel suele volver místicos a los condenados, no se
habrá hecho creyente, ¿no?
(Se ríe, con vergüenza y dice entrecortado) Místico
no... pero con respecto a eso... siempre pienso... es una cosa íntima.
(Se repone) Si digo que creo en Dios me van a tratar de oportunista
porque me hago católico ahora y si digo que no creo, van a decir
"mirá este ateo". He leído la Biblia, pero mejor
me callo. "La responsabilidad por La Tablada es mía"
En el único momento de la entrevista en que Enrique Gorriarán
Merlo pareció quebrarse o ensombrecerse fue cuando se habló
de La Tablada.
¿Reconoce que el ataque fue un error?
No puedo responder a eso en dos minutos; además, el balance lo
tendríamos que hacer juntos todos los que participamos. La decisión
que tomamos fue producto de que a partir de Semana Santa del 87 el gobierno
cede a las presiones de los carapintadas creyendo que de esa forma evita
el golpe de Estado. Al mismo tiempo Menem se alía directamente
con el sector golpista. Creimos ver el peligro de una reiteración
de la dictadura. No queríamos reimplantar la guerrilla sino parar
un golpe de Estado. Y no pensábamos que íbamos a tener
un saldo de víctimas tan doloroso.
¿Fue una trampa del gobierno de Alfonsín?
De ninguna manera. Tampoco estábamos infiltrados. Las causas
de las bajas y de que no pudiéramos tomar el cuartel fueron dos:
primero, que un grupo de compañeros que debía tomar el
depósito donde estaban los tanques que usaron los militares se
demoró en un enfrentamiento previo en la Compañía
B del Batallón de blindados; y cuando los pibes llegaron al lugar
los militares ya estaban acantonados. Y la segunda causa fue por indisciplina,
pero como fue heroica es irreprochable. Un grupo, al enterarse que otros
compañeros estaban en la Compañía B del Regimiento
de Infantería rodeados de militares, eligió, en vez de
irse, tratar de rescatarlos y también quedaron encerrados. Y
lo mismo ocurrió con los compañeros de la Guardia de prevención
que, en vez de retirarse se quedaron hasta la una de la tarde, cuando
recién los militares rodearon con 3.600 hombres el lugar y la
salida se hizo imposible. En Monte Chingolo, por ejemplo, donde sí
estábamos infiltrados por un hombre del Ejército de apellido
Ranier, en diez minutos llegaron los tanques. En cambio en La Tablada
tardaron seis horas y no llegaron antes porque estaban convencidos de
que era un golpe carapintada; por eso demoraban el arribo.
¿No cree que el ataque perjudicó las posibilidades de
la izquierda en los años noventa?
Eso es apenas una excusa. No fue un beneficio, está claro; pero
si uno ve las estadísticas, la elección en la que más
votos sacó la izquierda fue tres meses después del asalto
a La Tablada, en los comicios de mayo del 89.
¿Se siente responsable por las víctimas?
Claro que sí y siento un gran dolor por los familiares. La responsabilidad
principal la tengo yo porque era el líder del grupo. Pero yo
no los llevé engañados; decir eso sería una falta
de respeto a la inteligencia de los compañeros. Cuando decidimos
llevar a cabo la acción se explicó todo. Pero también
hay que tener en cuenta que allí se utilizaron todas las técnicas
del terrorismo de Estado por parte del Ejército. Tuvimos 11 compañeros
asesinados después de ser detenidos, 3 desaparecidos y 5 cadáveres
sin identificar por el destrozo de los cuerpos. El teniente coronel
Jorge Barando, por ejemplo, es el responsable de la desaparición
y asesinato de Iván Ruiz y de José Díaz. Hay una
secuencia de fotos donde se los ve caminando y después caen.
No obstante en el juicio dijo que se los entregó a un tal Esquivel,
quien aparece muerto, y dice: "Seguramente estos dos chicos lo
mataron y se escaparon". Luego pudimos identificar el cuerpo de
Iván Ruiz. O sea que Barando mintió. Y es más,
siguió haciendo de las suyas ya que es el jefe de custodios del
Banco HSBC y uno de los que aparecen en el video tirando a los manifestantes.
Está sospechado de haber matado a uno de los muchachos el 20
de diciembre pasado. Tiene una línea consecuente el hombre.
Adiós a las armas
¿Cómo era tener 30 años en los setenta?
Era una época distinta. Cuando yo tenía 13 años
bombardearon la Plaza de Mayo; a los 15 se produjeron los fusilamientos
de José León Suárez, a los 20 lo voltearon a Frondizi,
a los 24 a Illia. Yo voté una sola vez en mi vida y fue en las
elecciones del 63. Fui clandestino durante treinta años, desde
marzo del 70 hasta hoy. Viví entre la clandestinidad y la cárcel.
Es algo diferente. En el caso de ustedes es mucho mejor.
¿Cómo lo marcó la clandestinidad?
Todavía no lo sé; si salgo se lo cuento. Estoy habituado
a esa forma de vida como si fuera normal, siempre tomando recaudos.
Siempre trabajé de prófugo; tenía que levantarme
todas las mañanas y pensar a qué café iba, qué
camino tomaba; todo eso se transforma en un hábito. A los policías
de México , por ejemplo, los detecto porque estaba preparado
para eso. Yo voy dos veces a un lugar y sin fijarme me doy cuenta si
hay algún cambio. Por eso me gustaría poder volver a la
legalidad, para ver cómo es.
¿Volvería a tomar las armas?
No, hoy no lo haría. Creo que después de la experiencia
que se dio en América Latina, deberíamos dedicar nuestras
vidas para evitar que se repita otro enfrentamiento de tipo guerra civil
como el que se produjo. Las circunstancias han cambiado. La violencia
armada surge por los golpes militares que se suceden cada dos años
y cuatro meses, y por la Doctrina de la Seguridad Nacional que les dio
sustento teórico a las dictaduras. La lucha armada es una reacción.
Por eso hacemos este planteo de llamado a la democracia. Porque todavía
estamos a tiempo de frenarlo. Cuando se produjo La Tablada ya se habían
registrado los levantamientos de Semana Santa y Villa Martelli. Hoy
todavía no sucedió nada. Los militares tienen la misma
experiencia que nosotros y no creo que quieran repetir la historia.
18/04/02 FUENTE: Revista 3 Puntos |