Cómo fue el ajusticiamiento de Somoza
Asuncion, Paraguay, 17 de septiembre de 1980

NOTAS EN ESTA SECCION:

Cómo fue el atentado
Entrevista a Enrique Gorriarán Merlo, Octavio Enríquez, 2002
Reportaje a Gorriarán Merlo, Hernán Brienza, 2002
Gorriarán Merlo pasó por Rosario para pedir disculpas por un secuestro

El atentado

Los días del dictador estaban contados desde mayo de 1980 cuando el comando guerrillero lo ubicó en Asunción. Cuando Somoza fue localizado, los guerrilleros alquilaron una casa en Avenida España a nombre del cantante español Julio Iglesias. Los guerrilleros supuestamente compraron armamento en el mercado negro del Paraguay y lo embuzonaron cerca de la frontera del lado argentino. Entre las armas se encontraban una bazuka, un M-16 y un Ingram.
La conspiración contra el dictador Anastasio Somoza Debayle surgió de una conversación entre amigos que disfrutaban de cervezas y asados en el restaurante capitalino Los Gauchos, donde Ramón, Santiago y Armando solían reunirse una vez a la semana a recordar la época guerrillera.

ERAN ULTIMOS DIAS DEL '79

Según el testimonio que los guerrilleros arge
ntinos brindaron a Claribel Alegría y D.J. Flakoll, la posibilidad de que el dictador muriera de viejo en un exilio dorado les provocaba asco.
“Da rabia pensar que ese criminal está gozando de sus millones en Paraguay”- decía Armando-.
— “¡Ah no!, -añadió-, sería una vergüenza histórica permitir que ese asesino se muera tranquilamente en su cama de tanto beber guaro”.
“Ramón”, “Armando”, “Francisco y “Santiago”, habían combatido con la guerrilla sandinista en el Frente Sur “Benjamín Zeledón”, como integrantes de una columna guerrillera de internacionalistas que se enfrentó a la Guardia Nacional en la zona de Rivas y San Carlos, Río San Juan, durante la ofensiva militar contra el régimen somocista.
Al ser derrocado Somoza, los guerrilleros argentinos se reencontraron en la recién bautizada “Plaza de la Revolución” el 19 de julio, en medio del júbilo del pueblo nicaragüense que celebraba el derrocamiento de la dictadura de los Somoza. Las guerrilleras argentinas, Julia, Ana y Susana, llegaron en avión horas después, reuniéndose con sus compañeros por pura casualidad en las cercanías del Hospital Militar de Managua.
Cuando se decidieron a acabar con Somoza Debayle, durante una conversación en Los Gauchos, los guerrilleros argentinos se dedicaron a prepararse militarmente y obtener información de inteligencia sobre los pasos del dictador.
Tras huir de Nicaragua el 17 de julio de 1979, Somoza Debayle –quien se jactaba de comunicarse mejor en inglés que en español–, apenas tuvo tiempo para permanecer en Miami varias horas antes que el ex Presidente Jimmy Carter le hiciera saber que era non grato en ese país. Inició así un peregrinaje que lo llevó a Panamá y finalmente a Paraguay, donde el dictador Alfredo Stroessner le ofreció asilo político.

SOMOZA CAMBIO DE DOMICILIO

Según el relato que los guerrilleros hicieron a Flakoll y Alegría, el “Capitán Santiago” estableció las máximas de la operación: “entrar sin levantar sospechas”, “hacer el trabajo sin que te agarren” y “salir sin dejar huella”.
Las dos últimas no le fue posible cumplirlas.
“Ramón”, seudónimo de Enrique Gorriarán Merlo, decidió que los integrantes del comando serían además de él: Julia, Santiago, Susana, Armando y Ana. Julia estaba embarazada de Ramón y así formó parte de la operación. Osvaldo era el séptimo miembro del grupo.
Se dedicaron a obtener documentación falsa que les permitiera entrar a Paraguay sin levantar sospechas, introducir las armas necesarias para la operación y a especializarse en técnicas conspirativas. (Aprender a arreglar encuentros clandestinos, pasar información y órdenes bajo secreto, detectar la vigilancia y escaparse de ella sin levantar la más mínima sospecha, entre otras técnicas).
Establecieron Colombia como centro de entrenamiento, preparándose cada uno de ellos en el uso de la bazuka. De inmediato, procedieron a localizar a Somoza en el Paraguay.
Averiguaron en recortes periodísticos de la época que “Somoza vivía en la Avenida Marisca López en Asunción y que cada vez que aparecía en la ciudad en un limosina con chofer, lo acompañaba invariablemente un Ford Falcon rojo con cuatro guardaespaldas adentro”.
Sin embargo, después confirmaron que Somoza había cambiado de domicilio. Decidieron llamar “Eduardo” a Somoza, después que Susana y Francisco dieran –tras seis días de exploración–, con la casa del dictador en Asunción, capital del Paraguay.
Después que reubicaron la residencia de Somoza en la Avenida España, para los primeros días de julio de 1980, habían logrado establecer un sistema de vigilancia de la residencia, anotar los datos de las matrículas de los vehículos que usaba Somoza y establecer el principal problema de la operación: Somoza tenía una rutina completamente irregular.

COMPRAN KIOSKO DE REVISTAS PARA CHEQUEO

Somoza, quien vivía entonces con su amante Dinorah Sampson, tenía a su disposición dos limosinas Mercedes Benz (una blanca y otra azul), un Falcon rojo (para sus guardaespaldas) y un Cherokee Chief, de uso general.
Ramón narró a Alegría y Flakoll que la avenida donde vivía Somoza era muy transitada, no había puestos naturales de observación, por lo que los chequeos tuvieron que efectuarse desde un supermercado, dos estaciones de servicio y un recorrido a pie de diez cuadras y de 45 minutos de duración.
Mientras los guerrilleros dirigidos por Ramón establecían el cerco de vigilancia alrededor de Somoza, otro grupo integrado por los guerrilleros Pedro, Francisco y Osvaldo, se encargaban de trasladar el buzón de armas desde la frontera argentina, el cual después fue embuzonado en casas de seguridad utilizadas por los guerrilleros.
El armamento para la operación incluía una bazuka, un M-16, un Ingram, entre otros, que supuestamente habían sido comprados por los guerrilleros en el mercado negro de armas del Paraguay y embuzonado cerca de la frontera del lado argentino.
Después de cuarenta días de intentar ver a Somoza, Armando logra avistarlo casualmente el 22 de julio de 1980. Como se tenía problemas con el “chequeo del objetivo” Osvaldo ideó comprar un kiosco de venta de revistas a 250 metros de la casa de Somoza, desde donde se mejoró la observación. Allí, Osvaldo vendía revistas pornográficas a los policías con quienes hizo amistad sin que sospecharan de él en lo absoluto.
Antes de que Armando viera a Somoza el 22 de julio, habían visto el Mercedes blanco de Somoza y el Falcon rojo de sus guardaespaldas en varios restaurantes de lujo en Asunción, por lo que estudiaron la posibilidad de efectuar el atentado en dichos lugares. También pensaron alquilar un camión para vender verduras sobre la Avenida España y esconder en el mismo las armas hasta que apareciera el dictador.
Sin embargo, posteriormente descubrieron una entrada trasera a la casa de Somoza por donde también salía su caravana. Pero el 21 de agosto de 1980, Osvaldo no volvió a ver salir a Somoza de su casa desde su puesto de observación en el kiosco de revistas.

EN LAS NARICES DEL EJERCITO PARAGUAYO

Cuando el grupo de guerrilleros se dio cuenta que los movimientos de Somoza eran caprichosos por completo, descubrieron que uno de los pocos movimientos previsibles era que “siempre salía de su casa en el Mercedes Benz, continuaba recto por la Avenida España, en vez de doblar a un lado o al otro, en la intersección donde estaban los semáforos”, narraron los guerrilleros a Alegría y Flakoll.
Luego averiguaron que dos de las casas ubicadas sobre la Avenida estaban en alquiler y rentaron una de ellas con la estratagema de que era para Julio Iglesias, quien en su último disco había dedicado tres canciones al Paraguay. De ese modo habían logrado establecer una base operativa sobre la ruta del dictador, rentada por tres meses a $4,500 dólares.
Pero la Avenida España era un nido de víboras, según explicó Ramón a Claribel Alegría y Bud Flakoll: “A 400 metros estaba el Estado Mayor del Ejército, a 300 metros la Embajada Norteamericana. Enfrente de la casa de Stroessner había una custodia de seguridad permanente. Tuvimos que cuidar mucho de cada uno de nuestros movimientos para no despertar la más mínima sospecha”.
SOMOZA REAPARECE EN ASUNCION
Después de 21 días de ausencia, Somoza reapareció en su Mercedes Benz azul, escoltado una vez más por el Falcon rojo. Era el 10 de septiembre de 1980.
Los guerrilleros entonces decidieron los últimos detalles: compraron una camioneta Chevrolet para la retirada –la cual no encendía bien cuando estaba fría–, que permitía tener un amplio campo de fuego para quien iría en la tina.
Y para la mañana del 15 de septiembre, cada uno de los guerrilleros estaba listo con sus respectivas armas: Armando con un Fal; Ramón con un rifle M-16 y 30 balas en el cargador, más una pistola Browning 9 milímetros. El arma del Capitán Santiago era un RPG-2, la bazuka.
Según relataron los guerrilleros al matrimonio Flakoll y Alegría, la señal de Osvaldo al ver la caravana de Somoza sería decir el color del auto en que vendría el dictador, vía walkie-talkie. Luego, cada uno de los guerrilleros tendrían que salir de la “Casa de Julio Iglesias” y apostarse en sus respectivos lugares en un lapso de veinte segundos.

LLEGO LA "HORA CERO"

El miércoles 17 de septiembre de 1980, después de arreglar el problema de comunicación de los walkie-talkie, ensayar la emboscada a Somoza y acordar encender la camioneta cada hora para que funcionara al momento del escape, los guerrilleros estaban en disposición de avanzar a sus posiciones en un lapso de trece segundos, desde el interior de la “casa de Julio Iglesias”.
La “Hora Cero” llegó a las 10:35 de la mañana del 17 de septiembre de 1980, cuando Osvaldo divisó su caravana desde el kiosco de revistas y transmitió la señal convenida a los guerrilleros a través de los radio-comunicadores.
— “¡Blanco! ¡Blanco!”, dijo.
“Julio César Gallardo, antiguo chofer y guardaespaldas de Somoza, manejaba el Mercedes. Atrás, junto al ex dictador iba Joseph Bainitin, su asesor económico de nacionalidad norteamericana”, narran Alegría y Flakoll.
De acuerdo al plan convenido, Ramón se apostó con su M-16 en el jardín de la “casa de Julio Iglesias”, mientras Armando salió con la camioneta Cherokee al borde de la acera para estar listo a interceptar la caravana de Somoza. El Mercedes Benz de Somoza estaba a unos cien metros detenido por el semáforo en rojo, detrás de unos seis vehículos.
Cuando el semáforo dio luz verde, Armando calculó el tiempo para dejar pasar unos tres vehículos e interceptar el Mercedes, mientras Ramón esperaba para dar la señal de salir a Santiago con la bazuka.
En ese momento, ya no había marcha atrás.

FALLO PRIMER BAZUKAZO

Armando irrumpió en la calle con la Cherokee haciendo frenar una Volkswagen Combi. “El Mercedes de Somoza frenó. Ramón escuchó un ruido detrás suyo, se volvió y vio a Santiago luchando con la bazuka. Pensó que se había deslizado, que se había caído; giró sobre sus talones, levantó el M-16 a la altura del hombro y empezó a disparar”, narran Alegría y Flakoll.
El plan inicial señalaba que Santiago dispararía la bazuka primero por si el Mercedes era blindado, pero se le atoró el proyectil y Ramón tuvo que abrir fuego.
Al fallar el primer tiro de la bazuka, Santiago se arrodilló, sacó el proyectil defectuoso y la volvió a cargar, se puso de pie, tomó puntería de nuevo, pero no disparó.
Según el relato de Claribel Alegría y Bud Flakoll, después de la primer ráfaga de M-16, “la limosina de Somoza con el chofer ya muerto, se había ido a la deriva hacia la casa operativa, deteniéndose junto a la cuneta, frente a Ramón, quien metódicamente seguía disparándole al asiento trasero. La limosina no era blindada y cada uno de los tiros entró a través de los cristales rotos de la ventanilla de atrás. Ramón estaba tan cerca del Mercedes que un proyectil de bazuka en ese momento lo hubiera matado”.
Según Ramón, en los siguientes instantes, la custodia de Somoza comenzó a disparar, hasta que le dio la señal a Santiago para que disparara la bazuka.
“La explosión fue impresionante. (El techo y una puerta delantera del Mercedes volaron en pedazos) Pudimos ver el auto totalmente destrozado y la custodia escondida detrás de un murito de la casa de al lado. Ya no tiraban más”, recordó Ramón.
Un testigo, el doctor Julio César Troche dijo minutos después al diario paraguayo ABC, que “escuchamos una fortísima explosión que hizo temblar toda nuestra casa y nosotros aún no queríamos mirar por el riesgo de ser alcanzados por una de las ráfagas que el sujeto enmascarado de la Chevrolet azul, a quien a cada momento se la caía la capucha, repartía a diestra y siniestra. Tras la explosión siguió nuevamente el tiroteo. Después vino el silencio”.
El Mercedes Benz quedó destrozado, los trozos del cadáver del chofer de Somoza quedaron en el pavimento a treinta metros, mientras Somoza y Bainitin quedaron muertos en el asiento de atrás.
Armando, Ramón, Osvaldo y Santiago, huyeron en la camioneta Chevrolet azul, pero a pocas cuadras tuvieron que abandonarla, pues no caminó más. Interceptaron un Mitsubishi-Lancer placas 61915 sobre la calle América, según relató su dueño Julio Eduardo Carbone, al ABC.
La radio comenzó a dar la noticia: “Le dispararon una bomba a un Mercedes Blanco”. Quince minutos después estaba identificada la víctima: Anastasio Somoza Debayle.
Mientras, los guerrilleros huían por rutas alternas. Todos, menos el Capitán Santiago.
www.pinoleros.comEntrevista a Gorriarán Merlo



Octavio Enríquez
El Nuevo Diario, 2002
El 12 de julio lo esperaba su familia aquí. Enrique Gorriarán Merlo, el jefe del comando que ajustició a Anastasio Somoza Debayle, abrazaría a su hija Cecilia y conocería al último de sus nietos. Pero no. La decisión del ministro de Gobernación, que impide su ingreso a Nicaragua, le parece una «venganza, una defensa de la memoria de Somoza», muerto el 17 de septiembre de 1980.
Gorriarán concedió una entrevista a EL NUEVO DIARIO en días difíciles para él en Argentina y Nicaragua. Encuentros con
amigos, entrevistas en medios de comunicación argentinos. Agitación. Y ahora surge, después de las declaraciones del ministro Urcuyo, abandonar la idea de venir a este país.
«Está como reverdeciendo los hechos del pasado que nadie quiere repetir y toda la cuestión de Somoza que se me adjudica, que fue una acción contra el jefe de la contrarrevolución. No fue una acción por venganza, ni por delitos que habían cometido antes. Esos conflictos tanto en Nicaragua como en otras partes del mundo han sido superados. (La del ministro) es una actitud de venganza».
Tampoco acepta el adjetivo de terrorista. La Dirección de Migración y Extranjería envió a las aerolíneas comerciales que operan acá la advertencia de que no lo dejaran subirse a ninguno de sus aviones. Las razones que adujeron fue de seguridad, pero Gorriarán Merlo dice que no es para nada terrorista, sino que parte de la resistencia que se opuso a las dictaduras en América Latina, entre ellas la dinastía de Somoza en Nicaragua.
La última vez que vio a su hija Cecilia, que vive aquí, fue hace año y medio. Ella lo encontró en la cárcel con una barba de profeta. Estaba en un pabellón, al que fue confinado y al que le llamaban de aislamiento. Soledad. Tormento. Esos adjetivos los conocía mejor que cualquier otro.

END.- ¿Qué planes tenía usted a su llegada a Nicaragua?

«Mi plan era concurrir al acto del 19 de julio, porque hay relaciones históricas entre Nicaragua y Argentina. Rubén Darío estuvo aquí en el siglo XIX e hizo amistad con Lugones y hombres progresistas de la época. Hay solidaridad con Sandino cuando la invasión norteamericana. Tenemos una vinculación histórica, aparte del hecho de haber participado en la lucha de liberación de Nicaragua. El motivo mío era concurrir al acto, porque yo me siento sandinista».
«Allá está mi hija, Cecilia, tengo tres nietos de los cuales al más pequeño no lo conozco. Lo intentaba conocer ahora.

END.- Y ahora que el Gobierno ha decidido impedirle su entrada, ¿qué pasa por su mente?


«Me duele. Hace ocho años estaba preso. Hace año y medio que no veo a mi hija Cecilia, a mis nietos y no conozco al tercer nieto. Para mí es motivo de dolor.

END.- ¿Qué recuerda del último encuentro con su hija?

«Esa fue la última vez que me vino a visitar, estaba solo, en un pabellón de aislamiento. El último día que vi a Cecilia vino con Camilo y Santiago, quienes son mis otros dos nietos.
«Tenía la barba grande. Fue muy emotivo el encuentro, porque los dos sabíamos que íbamos a estar un tiempo impredecible sin vernos. Los dos teníamos la expectativa en el marco de la lucha contra la libertad que algún día se produjera, y habíamos tenido varias frustraciones y pensábamos que se podía prolongar más de lo que se prolongó.
«Espero que la decisión del ministro se revierta. No sé si se puede hacer algo. Yo leí lo del señor Ministro y también lo del Embajador argentino».
END.- Entonces leyó que no le dejan entrar por «terrorista»...
«Yo soy como miles de latinoamericanos que se vieron agredidos en los tiempos de la doctrina de seguridad nacional con Somoza. Soy parte de la resistencia al autoritarismo de esa época. Todos confiamos que no va a retornar. Precisamente todos los que estuvimos involucrados en aquellos episodios, por propia voluntad- cierto-, seríamos quienes estaríamos más en desacuerdo con que vuelvan a haber dictaduras. Ha sido una vida tan traumática.
«Si uno justifica el término de terrorista por haber usado la violencia en determinado momento, serían terroristas los partisanos italianos o Sandino cuando resistió a la intervención norteamericana.
«Nosotros actuamos desde la defensa de nuestros derechos. Un revolucionario no sólo lucha por el hecho de llegar al poder. Fundamentalmente lucha por mantener la dignidad y no dejarse llevar. Yo lo he tratado de hacer toda mi vida. A Nicaragua yo la siento como mi país. Cada vez que llegaba, era como que llegaba a mi país».

LA TABLADA
END.- Cuéntenos qué pasó en La Tablada...


«Había una conspiración militar que partía de un acuerdo entre el ex presidente Menem y un ex coronel, cuyo proyecto era desplazar al presidente Alfonsín en cualquier momento, reemplazarlo por el vicepresidente y en el marco de un proyecto, el coronel iba a quedar como jefe del Ejército.
«Nosotros considerábamos que si bien no era un golpe tradicional, porque pensaban llamar a elecciones, seguro Menem las ganaba por el desprestigio del Gobierno saliente. No era un golpe al estilo tradicional, pero debilitaba las instituciones.
«Nosotros optamos por actuar frente a la complicidad de algunos, la incompetencia del gobierno por resistir el golpe y por abotarlo en su nacimiento. En el año 83 cuando se recuperó la democracia, no pensábamos que se fuera a dar un golpe. Por un lado por el efecto sicológico que había tenido la guerra de Las Malvinas en los militares y porque la gente no quería dictaduras.

END.-Pero entonces ¿qué pasó?

«Sin embargo en 1987 empezaron las sublevaciones. La cuarta fue la tablada. Era un contexto acá que desde el seis de septiembre de 1930 hasta el tres de diciembre de 1990, fueron 60 años y dos meses donde hubo un intento de golpe de Estado, triunfante o no, cada dos años, y cuatro meses. Había una situación política convulsionada.

END.-¿Cómo fue que lo capturaron en México durante octubre de 1995?

«Yo estaba en México, pensaba ir a Nicaragua. La idea era tener solidaridad con los compañeros presos en ese momento, y que le hicieran tomar al gobierno una medida. Estaba a la espera de una reunión con dos diputados, noté seguimientos de policías mexicanos, pero confiado en la tradición de protección y no persecución de los mexicanos no le di importancia.
«Me habían detectado y pensé que estaban controlando alguna actividad clandestina. Cuando me di cuenta que había argentinos siguiéndome, ya no tuve tiempo. Eso fue un acuerdo, me secuestraron el 28 de octubre al mediodía y me trasladaron el domingo 29 a un cuartel de Buenos Aires.
«La acusación por la que me expulsaron de México era por portación de documentos falsos, la misma que tiene un argentino que han trasladado a España, Cavallo, al cual tuvieron dos años juzgándolo. Quiero decir que no hubo juicio de extradición, era una acción ilegal que solo se puede hacer en el marco de un acuerdo de dos presidentes Menem y Zedillo».

END.- ¿Qué fue lo más duro de sus años de cárcel?

«El aislamiento. No podía ver a los presos. Podía ver sólo a quienes me visitaban. El trato de ellos fue correcto, aunque hubo dos intentos de asesinato. El último, dicen, que estaba desequilibrado y no me terminó de matar porque se asustó.
«Ahorita tengo una vida agitada, entre ver familiares, amigos, ingenieros, reestructurarnos para actuar políticamente. Anoche estuve hasta las 1 de la mañana en televisión de Canal Siete de Argentina.

LO HAN TRATADO BIEN EN LA CALLE
END.- ¿Cómo lo ha recibido la gente al salir?


«Me tengo que cuidar, aunque la respuesta en la calle es mucho mejor, porque con tanta campaña de prensa al estilo del ministro nicaragüense, yo me imaginaba que tendría un problema. Fui al partido de River y Boca, donde debe haber habido 60 mil personas. Todos los que estaban alrededor mío me reconocieron. Hubo dos mujeres que me insultaron. Debían ser familiares de militares, pero los militares y policías me tratan respetuosamente.
«Siempre puede haber alguien que puede intentar hacer una locura. Yo ando con cuidado, voy al teatro, al cine. Lógicamente ando acompañado con algunos compañeros».

END.- ¿Por qué aún después de la prohibición del ministro quiere venir a Nicaragua?

«La última vez que estuve fue en 1990. Me fui de Nicaragua el día que asumía Violeta Chamorro (25 de febrero de 1990). Volví, pero era cortito. Estaba cambiado lo que conocía. Ahora son más profundos los cambios. Lo sé porque han venido compañeros como Edwin Castro, Nelson Artola, Daniel (Ortega). Siempre he tenido una relación con Nicaragua.

END.- ¿Le han contado de Arnoldo Alemán, entonces?

«Sí no sólo me han contado, él estuvo acá con su amigo Menem. A ver cuál de los dos era más ladrón. No sé. Sería disputa pareja. ¡ja, ja, ja!

COMO FUE EL AJUSTICIAMIENTO DE SOMOZA

1980. El taxista no la conocía, menos ella que era extranjera. Lo único que tenían en común ambos en Paraguay era la carrera. La joven buscaba una peluquería que estaba a media cuadra de donde vivía un tal Anastasio Somoza Debayle. La información serviría para algo más que para un corte de cabello...Paró en la delegación de la Policía.
- ¿Alguien sabe dónde vive ese señor?, preguntó el taxista. Allí le dieron el punto exacto. Vivía en una urbanización donde cada residencia se alquilaba en más de 1 mil 500 dólares mensuales. «Vaya señor», le dijeron, «es zona exclusiva. Allí viven los más ricos».
Es Asunción, Paraguay, la ciudad del relato. Con lo dicho por el oficial inició sin que lo supiera el ajusticiamiento de Somoza Debayle, quien moriría el 17 de septiembre, por una acción armada que dirigía Enrique Gorriarán Merlo. Es él quien cuenta esta historia, ahora que está libre tras ocho años de encierro en Argentina. Lo indultó el Presidente saliente, Eduardo Duhalde, el 25 de mayo. Hace dos semanas publicó sus memorias, unas 600 páginas de recuerdos, que lanzó al mundo la editorial Planeta.
Somoza Debayle escapó hacia Miami, Florida, dos días antes de su caída del poder en Nicaragua el 19 de julio de 1979. En ese 19, que cumplirá 24 años en estos días, finalizó la dictadura que forjó el papá de Somoza Debayle, Anastasio Somoza García desde 1936.
En Paraguay, adonde se estableció después de Miami, Somoza Debayle estaba bien custodiado. Era muy amigo del dictador Alfredo Stroesner. «La planificación fue minuciosa», dice Gorriarán vía telefónica. Seis meses en Paraguay haciendo contactos, viendo cómo llegar a la hora de la hora.
Enrique Gorriarán estuvo cuatro meses y medio antes de septiembre de 1980, pero Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), una de las siete personas que participaron en el ajusticiamiento, llegó seis meses antes. Fue uno de los primeros. Lo difícil, después de localizar la casa, fue alquilar un sitio que permitiera vigilarlo 24 horas. La casa estaba a unas cuatro cuadras.
Cuatro varones y tres mujeres, entre ellas la del corte de pelo, trabajaban a la par de las manecillas del reloj. Hasta parecían que entraban en competencia. Gorriarán dice que fueron 10 «compañeros» los participantes en total y que se recuerde, entre ellos, estaba Roberto Sánchez, hermano de Aurora Sánchez «La Cachorra», Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), y Claudia Lareu.
El comando reclutó al dueño de un kiosco de venta de periódicos, dos cuadras antes de donde vivía Somoza Debayle. Fue desde la venta que avisaron el 17 de septiembre que venía. Venía en el vehículo de siempre, pero el chofer no era el mismo. «Teníamos que cuidarnos de la custodia que traía Somoza, cambiar el objetivo, y atacar el vehículo con un chofer que después supimos era de apellido Gallardo. Era la primera vez que mirábamos a ese chofer, porque el de siempre en esos días era un general suyo de apellido Genie (Samuel), que había sido jefe de la Seguridad de Somoza en Nicaragua».
Los minutos se hicieron horas, dilatados como sólo ellos suelen serlo en momentos de tensión. El primer cohete de Iruzún, «capitán Santiago», estaba malo. Hubo que cambiarlo. Se hizo. El disparo de la bazuca fue certero. Ahí murió Somoza, mientras en Nicaragua se celebraba en las calles con el ánimo intacto de aquel 19 de julio, cuando el triunfo de la Revolución en la plaza que le pusieron ese nombre.
Otros lloraron a Somoza. Los ánimos estaban al tenor del conflicto, pero fue la alegría de la gente la que dio ánimo a Gorriarán y sus compañeros cuando Paraguay cerró las fronteras, cuando empezaron a aparecer las fotos y retratos hablados de los implicados. Ni uno solo de los retratos era de ellos.
«Era la época en que funcionaba el Plan Cóndor. Había mucha relación entre las dictaduras de Chile, Brasil, Paraguay y Argentina. Tenían un rápido intercambio de información, pero en este caso sacaron a alguien parecido a una compañera. Luego vivimos toda la tensión. Después cruzamos Argentina, otro Brasil. Yo fui a Costa Rica y después a Nicaragua. Nos dividimos y luego nos encontramos. No recuerdo cuánto gastamos en esa ocasión».
Sí, fue como las películas de espías. Ofrecieron 50 mil dólares por ellos sin conocerlos. Sólo uno de ellos murió: Iruzún, quien como Gorriarán había colaborado en Nicaragua con el fin de la dictadura. Los lazos, ahora recuerda el segundo, eran fuertes. Históricos como le gusta decir.

LA CONSPIRACION DE SOMOZA

Pero el riesgo había sido tomado por una razón estratégica. No fue venganza. Somoza Debayle era el jefe de la contrarrevolución que amenazaba a los triunfantes sandinistas. Había más que odio en el dictador defenestrado.
«Teníamos informaciones concretas. Somoza tenía arreglado con el jefe de la Policía de Honduras, un coronel Alvarez (Gustavo Alvarez Martínez), afín al somocismo, y con los militares argentinos, con los cuales, cuando se produce el ajusticiamiento, ya había un grupo de asesores argentinos en Honduras a través de un acuerdo entre los militares argentinos y él».
Eran tiempos aquellos de dictadura en Argentina. Tiempos de Videla, de 30 mil desaparecidos y 500 niños robados, pero también era época en que los militares argentinos y Somoza creían que Estados Unidos había abandonado la lucha contra el comunismo. Ellos se planteaban, según Gorriarán, cómo reemplazarían la carencia.
Pero nada de lo contado por Gorriarán hubiera sido un hecho, si Somoza no persistiera en su empeño por volver al poder. «Te juro que no fue venganza. Si Somoza, por ejemplo, no hubiese querido retomar el poder y hubiese, no sé, decidido irse a vivir a España. No hubiéramos hecho está acción. Por eso, insisto que fue en el contexto de la contrarrevolución. No es un atentado individual».
Tomado de El Latinoamericano



REPORTAJE a Enrique Gorriarán Merlo
Por Hernán Brienza, 2002
Memorias del Fuego
En la cárcel de Devoto, donde está detenido desde hace seis años, el fundador del ERP y del Movimiento Todos por la Patria revisa su pasado. Por primera vez admite su responsabilidad por las víctimas que produjo el asalto al cuartel de La Tablada. Dice que hoy no tomaría las armas y critica al gobierno de Duhalde. Defiende las asambleas barriales aunque ironiza sobre las reuniones dominicales de Parque Centenario. Propone, a la vez, un compromiso democrático que incluya a civiles y militares.
Calvo, de canosa barba rala en forma de candado. Con ojos azules, cansados y penetrantes. Con arrugas y grietas en el rostro, con los brazos caídos al costado del cuerpo como vencido. Ésa es la primera imagen de este hombre que luego intentará mostrarse sereno y locuaz. Al llegar extiende su mano con excesiva timidez y baja apenas la mirada como apartando fantasmas. Sus manos parecen las de un viejo pianista que alguna vez supo interpretar la sinfonía del fuego y de la muerte. Enrique Gorriarán Merlo pertenece, con 60 años, a esa generación de señores de la guerra que hoy parecen llamados a reposo. "Militante revolucionario" para unos, "extremista asesino" para otros, el ex líder del Ejército Revolucionario del Pueblo y del Movimiento Todos por la Patria es un total desconocido para la mayoría de los argentinos. Hoy, desde la cárcel de Villa Devoto, donde está alojado desde hace seis años por el copamiento del cuartel de La Tablada donde murieron al menos 40 personas, rompe el silencio. Y, en momentos en que se habla de un posible indulto para él y para Mohamed Alí Seineldín, hace un "llamado a la paz a todos los sectores que participaron de los desencuentros argentinos para salvar a la democracia".
"De ánimo estoy bien", aclara por si acaso y dice que vive en una celda de cinco metros por cuatro. Cuenta que está aislado pero que recibe visitas a diario. "Leo mucho -desliza-; ahora estoy con La guerra del siglo XXI. Pero lo mejor que leí fue El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, y Hacia un mundo sin pobreza de Mohamad Yunnus." Herencia de su vieja militancia responde casi siempre en plural como si hablara en nombre de una comunidad.
¿Cómo está su salud? Se ha dicho que tiene una enfermedad grave.
Yo me siento muy bien. Fui al hospital pero no me pudieron hacer la resonancia magnética. Los diarios hablan de leucemia o de un tumor. Pero leucemia no puede ser porque si no estaría blanco. Lo que t enía era una inflamación en la glándula suprarrenal izquierda. Pero después se aplacó.
¿Cree que le van a dar el indulto?
No creemos en las versiones públicas porque ya escuchamos eso muchas veces. Me lo prometieron antes de detenerme en México; en el 97 cuando César Arias me lo ofreció a cambio de que yo mintiera diciendo que Raúl Alfonsín era un cómplice nuestro en el ataque a La Tablada. Después hicimos la huelga de hambre en el 2000. También lo prometió Rodríguez Saá. Y ahora, la última, hace un par de semanas. Lo tomamos con muy poca ansiedad.
El MTP atacó La Tablada creyendo que así frustraría un supuesto levantamiento de Seineldín. Hoy los dos están presos y se habla de un indulto para ambos. Parece una ironía del destino, ¿no?
Ésa es una decisión del gobierno. Puede ser una forma de mostrar que terminó una etapa. No creo que por parte del grupo de Seineldín hoy haya un intento de quebrar la democracia, sí desde otros sectores. Por eso queremos hacer un llamado a la paz. Vemos un rompimiento de la relación entre las instituciones del Estado, los partidos políticos y la población; un gran avance de la marginación social, y sufrimos amenazas constantes de posibilidades de golpes de Estado o procesos autoritarios. Los problemas argentinos se deben resolver con más democracia contemplando los intereses de las mayorías. Hacerlo desde el autoritarismo sería favorecer los intereses de una pequeña elite. Por primera vez planteo públicamente la necesidad de que todas las fuerzas políticas que han estado involucradas con los desencuentros argentinos firmen un compromiso de vigencia democrática, de dirimir cualquier diferencia por esa vía.
¿De qué sectores está hablando?
De todos. Incluidos el radicalismo y el justicialismo. No olvidemos que durante la dictadura el 90 por ciento de las intendencias estuvieron ocupadas por civiles.
¿También con los militares?
Por supuesto, con Seineldín, con todos los que han estado involucrados en el pasado, como Brinzoni, el actual jefe del Ejército. Porque acá se habla de un enfrentamiento entre guerrilleros y militares como si todos hubieran estado mirando. Y no fue así. Nadie ignoraba lo que pasaba. Lo de ahora no tiene nada que ver con los setenta sino que es una violencia anárquica; en los setenta había dos o más proyectos políticos enfrentados y no supimos dirimirlos en forma democrática. Y por eso utilizamos la violencia. La que vemos ahora es producto de la marginación y es contra todos.
Esto significa una revisión de la historia. ¿Hizo una autocrítica?
No se trata de una revisión. Los militares dicen que se vieron obligados a actuar por la presencia de la guerrilla. Pero no es así, porque los golpes de Estado fueron anteriores a la guerrilla. Los métodos tampoco fueron los mismos: las desapariciones, los fusilamientos de prisioneros, la tortura en todas sus variantes y el robo de niños es algo que ni Hitler se animó a hacer. La guerrilla nunca cometió esos actos.
Pero el ERP continuó la violencia durante el gobierno democrático entre el 73 y el 76...
Fue un error continuar con la lucha armada, sobre todo durante el gobierno de Cámpora. Pero tampoco se puede llamar democrático a un gobierno que en dos años y nueve meses provoca 900 desaparecidos y 1.500 crímenes. Había sido elegido pero tenía un carácter contrainsurgente que guardaba la forma más gruesa de la democracia pero actuaba como dictadura. Cuando Cámpora ofrece una tregua el ERP larga una carta donde decimos que aceptamos no atacar al gobierno y al Ministerio del Interior pero íbamos a continuar contra las FF.AA. Nosotros evaluamos al Devotazo como un gesto de Cámpora y le correspondimos con la liberación de un comandante de Gendarmería y un almirante que teníamos secuestrados. Y comenzamos a discutir en el buró político la posibilidad de cambiar nuestra postura y aceptar la tregua. Íbamos a definirla el 30 de junio y en el medio se produce Ezeiza. A los Montoneros, que eran peronistas, les tiraban con todo; si nosotros nos asomábamos desaparecíamos. No obstante teníamos la suficiente fuerza para mantener una semiclandestinidad y aguantar al menos hasta la muerte de Perón. Y eso hubiera evidenciado con más claridad que los ataques de la Triple A no eran en respuesta a la guerrilla sino un proyecto de poder propio. Eso hubiera sido muy bueno políticamente para nosotros.

AYER Y MAÑANA

Iniciada el 18 de octubre de 1941, en San Nicolás, la vida de Gorriarán Merlo estuvo siempre signada por la militancia y por la violencia. En 1970 fundó el ERP junto a Roberto Santucho. Después vendrían su detención y posterior fuga del penal de Rawson, el ataque al cuartel de Azul en 1974 y los combates en la selva tucumana. Con la dictadura llegó el exilio y el enrolamiento en el ejército sandinista con el que llegó al poder y trabajó en inteligencia bajo las órdenes de dos "duros" de la revolución: Lenín de la Cerna y el ministro del Interior Tomás Borge. Un año después del triunfo de la revolución, en 1980, participó del grupo que dio muerte a Somoza en Asunción del Paraguay. Oscilando entre la Buenos Aires de la primavera democrática y la húmeda y tortuosa Managua, Gorriarán fundó el MTP en 1985. Cuatro años después dirigió el ataque al cuartel de La Tablada. Finalmente, en 1995, cayó detenido en México. Desde ese momento está preso en Devoto. De él dicen sus ex compañeros del ERP que "era más operativo que político". Arnol Kremer, quien supo llamarse Luis Mattini en tiempos de guerra, le recomendó alguna vez el "suicidio por el desastre de La Tabalda". Y el hermano de Santucho dijo: "Roberto era un ideólogo, un patriota que recurrió a las armas por las circunstancias. No era un hombre violento; en cambio Gorriarán, sí". El aludido cierra los ojos y entrecruza las manos como si rezara. "Ahora quiero pensar en el futuro", dice.

¿Hay futuro?

No vislumbro ningún proyecto que nos permita tener esperanzas. Para que eso suceda debería formarse otro movimiento político adaptado a la época.

¿En qué cambia su planteo respecto del que hacía en los setenta?

En aquel tiempo se trataba de suplantar al capitalismo por el socialismo. Eso estaba enmarcado dentro de la Guerra Fría entre dos sistemas. En cambio hoy...

No me diga que se hizo capitalista.

No, pero las condiciones son diferentes. En aquella época había sistemas para optar. Si la Ford se quería ir del país uno traía una fábrica de Checoslovaquia y solucionaba el problema. Hoy la amenaza de la Ford implica aumentar la desocupación porque no existe una alternativa tecnológica. Antes había una dictadura militar, uno la derrocaba con las armas y decía "desde hoy este país es socialista". Hoy hay que luchar por la igualdad social, pero exprimiendo al máximo las posibilidades.

¿Dentro del capitalismo?

Hasta ahora no hay otro sistema. El reemplazo de un modelo por otro se da cuando el reemplazante es superior. Como en Rusia en 1917, que pasó de ser un país atrasado a convertirse en la segunda potencia mundial. Ahora, con el desarrollo de la tecnología, para que haya socialismo debería nacer en un país desarrollado. Pero eso no quita que se puede luchar por la justicia social.

¿Se sigue reivindicando marxista, entonces?

Soy un admirador de Marx, pero decir que soy marxista es demasiado grandilocuente. No creo que los marxistas sean los únicos que pueden llevar adelante los cambios; pienso en la izquierda en relación con sus orígenes. Soy partidario de una izquierda estratégica y no dogmática.

¿Si sale en libertad participaría en las asambleas populares?

Las asambleas patentizan un rechazo a los políticos que aún no estaba dicho. Tienen un contenido que no es de cambio sino de restitución. La sociedad quiere que le devuelvan algo de lo que perdió. Tienen un contenido justo pero no revolucionario. No quieren cambiar el sistema sino volver al que estaba. Creo que la consigna "que se vayan todos" sin opciones no tiene sentido. Los programas tampoco. Se ve que hay agrupaciones de izquierda que le hacen votar cosas a la gente. El otro día vi un programa de la asamblea de Parque Centenario que era más radical que el que nosotros teníamos en los setenta con los Montoneros y los diez mil hombres armados que teníamos. Viendo esas proclamas hasta Fidel Castro renunciaría asustado. No se puede convertir a la población en una Cámara de Diputados permanente; hay que institucionalizar la participación a través de una reforma constitucional. Si un partido promete una cosa y no la cumple se lo debe poder echar de inmediato. Es necesario un cambio que reemplace la democracia representativa por la participativa. La representación mostró sus defectos recién ahora; nunca tuvimos 20 años seguidos para comprobar que los políticos prometen una cosa y hacen otra y que no tenemos cómo contrarrestarlo. No se trata de cambiarlos por hombres dece ntes sino de modificar un sistema que está hecho para robar por uno que impida hacerlo.

¿Qué opina del gobierno de Duhalde?

Veo que carece de un plan social y de una política económica. Se palpa en la negociación con el FMI. Está a la expectativa de lo que supuestamente va a dar el Fondo. Pero creo que no van a conseguir nada. No hay un plan estratégico de industrialización.

DIOS Y LA MUERTE
Gorriarán ¿cómo es matar?


(Responde rápido, casi por reflejo y encogiendo los hombros) No tengo la menor idea; yo participé en combates y solo estuve directamente en lo de Somoza. Estaba en el grupo pero el que culminó la acción fue Santiago que tenía una bazooka. Pero lo de Somoza no es una acción de venganza, como siempre se dijo, sino una emboscada al jefe de la contrarrevolución en el marco de una guerra. Si Somoza se hubiera quedado en una playa de Miami hoy estaría vivo.

Muchos dicen que usted era un fierrero más que un cuadro político. ¿Admite esa visión?

No soy un fierrero como dicen muchos, no creo en los grados militares, creo en la consecuencia de una persona. Ni siquiera un revolucionario, para no poner algo inalcanzable, sino una persona honesta que tiene que fijar sus valores todos los días, todas las semanas, todos los años. Conocí a grandes revolucionarios como Santucho, Sendic y Carlos Fonseca, pero también al salvadoreño Carpio y a Edén Pastora, que se dieron vuelta. Para mí el valor fundamental es la persistencia. A mí me ponen como paradigma del guerrillero armado, pero en el ERP estuve hasta el 74 en el sector operativo y en Tucumán, por ejemplo, fui enlace entre la guerrilla y las organizaciones de masas. Ésa es una imagen que no es objetiva. Participé en la guerra de Nicaragua, pero no es lo principal.
La cárcel suele volver místicos a los condenados, no se habrá hecho creyente, ¿no?
(Se ríe, con vergüenza y dice entrecortado) Místico no... pero con respecto a eso... siempre pienso... es una cosa íntima. (Se repone) Si digo que creo en Dios me van a tratar de oportunista porque me hago católico ahora y si digo que no creo, van a decir "mirá este ateo". He leído la Biblia, pero mejor me callo. "La responsabilidad por La Tablada es mía"
En el único momento de la entrevista en que Enrique Gorriarán Merlo pareció quebrarse o ensombrecerse fue cuando se habló de La Tablada.

¿Reconoce que el ataque fue un error?

No puedo responder a eso en dos minutos; además, el balance lo tendríamos que hacer juntos todos los que participamos. La decisión que tomamos fue producto de que a partir de Semana Santa del 87 el gobierno cede a las presiones de los carapintadas creyendo que de esa forma evita el golpe de Estado. Al mismo tiempo Menem se alía directamente con el sector golpista. Creimos ver el peligro de una reiteración de la dictadura. No queríamos reimplantar la guerrilla sino parar un golpe de Estado. Y no pensábamos que íbamos a tener un saldo de víctimas tan doloroso.

¿Fue una trampa del gobierno de Alfonsín?

De ninguna manera. Tampoco estábamos infiltrados. Las causas de las bajas y de que no pudiéramos tomar el cuartel fueron dos: primero, que un grupo de compañeros que debía tomar el depósito donde estaban los tanques que usaron los militares se demoró en un enfrentamiento previo en la Compañía B del Batallón de blindados; y cuando los pibes llegaron al lugar los militares ya estaban acantonados. Y la segunda causa fue por indisciplina, pero como fue heroica es irreprochable. Un grupo, al enterarse que otros compañeros estaban en la Compañía B del Regimiento de Infantería rodeados de militares, eligió, en vez de irse, tratar de rescatarlos y también quedaron encerrados. Y lo mismo ocurrió con los compañeros de la Guardia de prevención que, en vez de retirarse se quedaron hasta la una de la tarde, cuando recién los militares rodearon con 3.600 hombres el lugar y la salida se hizo imposible. En Monte Chingolo, por ejemplo, donde sí estábamos infiltrados por un hombre del Ejército de apellido Ranier, en diez minutos llegaron los tanques. En cambio en La Tablada tardaron seis horas y no llegaron antes porque estaban convencidos de que era un golpe carapintada; por eso demoraban el arribo.
¿No cree que el ataque perjudicó las posibilidades de la izquierda en los años noventa?
Eso es apenas una excusa. No fue un beneficio, está claro; pero si uno ve las estadísticas, la elección en la que más votos sacó la izquierda fue tres meses después del asalto a La Tablada, en los comicios de mayo del 89.

¿Se siente responsable por las víctimas?

Claro que sí y siento un gran dolor por los familiares. La responsabilidad principal la tengo yo porque era el líder del grupo. Pero yo no los llevé engañados; decir eso sería una falta de respeto a la inteligencia de los compañeros. Cuando decidimos llevar a cabo la acción se explicó todo. Pero también hay que tener en cuenta que allí se utilizaron todas las técnicas del terrorismo de Estado por parte del Ejército. Tuvimos 11 compañeros asesinados después de ser detenidos, 3 desaparecidos y 5 cadáveres sin identificar por el destrozo de los cuerpos. El teniente coronel Jorge Barando, por ejemplo, es el responsable de la desaparición y asesinato de Iván Ruiz y de José Díaz. Hay una secuencia de fotos donde se los ve caminando y después caen. No obstante en el juicio dijo que se los entregó a un tal Esquivel, quien aparece muerto, y dice: "Seguramente estos dos chicos lo mataron y se escaparon". Luego pudimos identificar el cuerpo de Iván Ruiz. O sea que Barando mintió. Y es más, siguió haciendo de las suyas ya que es el jefe de custodios del Banco HSBC y uno de los que aparecen en el video tirando a los manifestantes. Está sospechado de haber matado a uno de los muchachos el 20 de diciembre pasado. Tiene una línea consecuente el hombre.
Adiós a las armas
¿Cómo era tener 30 años en los setenta?
Era una época distinta. Cuando yo tenía 13 años bombardearon la Plaza de Mayo; a los 15 se produjeron los fusilamientos de José León Suárez, a los 20 lo voltearon a Frondizi, a los 24 a Illia. Yo voté una sola vez en mi vida y fue en las elecciones del 63. Fui clandestino durante treinta años, desde marzo del 70 hasta hoy. Viví entre la clandestinidad y la cárcel. Es algo diferente. En el caso de ustedes es mucho mejor.

¿Cómo lo marcó la clandestinidad?

Todavía no lo sé; si salgo se lo cuento. Estoy habituado a esa forma de vida como si fuera normal, siempre tomando recaudos. Siempre trabajé de prófugo; tenía que levantarme todas las mañanas y pensar a qué café iba, qué camino tomaba; todo eso se transforma en un hábito. A los policías de México , por ejemplo, los detecto porque estaba preparado para eso. Yo voy dos veces a un lugar y sin fijarme me doy cuenta si hay algún cambio. Por eso me gustaría poder volver a la legalidad, para ver cómo es.

¿Volvería a tomar las armas?

No, hoy no lo haría. Creo que después de la experiencia que se dio en América Latina, deberíamos dedicar nuestras vidas para evitar que se repita otro enfrentamiento de tipo guerra civil como el que se produjo. Las circunstancias han cambiado. La violencia armada surge por los golpes militares que se suceden cada dos años y cuatro meses, y por la Doctrina de la Seguridad Nacional que les dio sustento teórico a las dictaduras. La lucha armada es una reacción. Por eso hacemos este planteo de llamado a la democracia. Porque todavía estamos a tiempo de frenarlo. Cuando se produjo La Tablada ya se habían registrado los levantamientos de Semana Santa y Villa Martelli. Hoy todavía no sucedió nada. Los militares tienen la misma experiencia que nosotros y no creo que quieran repetir la historia.
18/04/02 FUENTE: Revista 3 Puntos