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TRAIDOR (Febrero de 1928) En una madrugada, llegué a cierta choza en un claro del bosque que me servía de abrigo. Estaba rendido de la fatiga de una jornada en la noche, y, bien lo recuerdo, vestía un traje blanco de montar. Apenas había entrado en la casa a descencansar cuando los aviadores norteamericanos iniciaron un raid de bombardeo. Cubierto con una capa negra, me oculté entre los matorrales vecinos, y allí permanecía esquivando el ataque, mientras por otros rumbos mis soldados ametrallaban los aviones, cuando apercibí muy cerca al general José Santos Sequeira, jefe por aquel entonces de mi estado mayor, que pistola en mano me apuntaba. Empuñé rápidamente mi revólver y exigí a Sequeira que se colocara en otro lugar. Repetí la orden y pistola en mano hice cumplirla. Más tarde Sequeira quedó convicto de traición, abandonó las filas como desertor, y fue capturado y ejecutado para ejemplo de los demás, algunas semanas después. Entre tanto habíamos sido localizados y pronto nos vimos rodeados de enemigos, verdaderamente envueltos por la marinería yanqui y sus auxiliares los renegados. La cargada era enorme. Nos perseguían varios millares de hombres, como quienes van a cazar una fiera, y el círculo se estrechaba cada vez más. El general Carlos M. Quezada, uno de los valientes de Sandino dice: "Lo primero que manda a hacer el general Sandino cuando se instala en un campamento, es un caminito o vereda que le facilita pasearse, y donde se pasca con las manos hacia atrás. De la meditación en esos breves paseos surgen generalmente sus sorpresivas resoluciones. Recuerdo que cuando estábamos en el campamento de La Culebra, en la zona de Chipotón, llegó un correo diciendo que el retén de Las Carretas informaba el avance de una columna de doscientos cincuenta marinos yanquis, que se movilizaba desde el Jícaro rumbo al cuartel de Sandino. Con la serenidad que caracterizaba al general, éste dijo: "No temo a esa columna, porque es albur tapado. Estos quieren llamarme la atención por la vanguardia y sorprenderme con otras columnas movilizadas con rumbo que todavía ignoro". Y como por encanto, mandó a reunir sus contingentes y los distribuyó con los siguientes rumbos: al cerro de Ventía, desde donde se divisa el puerto fluvial cíe Wiwilí y Santa Cruz, también un puerto del Río Coco. Al siguiente día, ambas columnas rechazaban, cada una por su parte, a las columnas yanquis que avanzaban por las montañas. En cambio -concluye el general Quezada- la columna que había salido del Jícaro y de que informara el correo, quedaba acampamentada en las alturas de Santa Rosa, tal como lo había previsto el general Sandino". Entre vericuetos y senderos ignorados, pude al fin salir, para caer en otro círculo más ancho de yanquis, muy decididos a llevarse la cabeza del bandido. Ante tal situación, hube de marchar al pueblo más cercano. Fue una táctica salvadora, porque mientras el enemigo me buscaba en la sierra, con mi gente había logrado abrirme paso y acercarme al mineral de La Luz. Esa mina es de norteamericanos y pertenece en parte al ex secretario de Estado Knox, un insolente a quien castigamos en su propiedad. Llegué allí y ordené el saqueo general. La mina fue totalmente destruida y volada con dinamita, y el poblado de los yanquis, saqueado, casa a casa. Expedí recibos por todo lo que allí se tomó para el ejército, aunque el pueblo fue el beneficiado. Por cincuenta mil dólares fueron los recibos que extendí a cargo del tesoro de los Estados Unidos. Porque trataba de demostrar que los yanquis no son capaces de dar garantías en Nicaragua. Anécdota que le refiere el general Sandino y que atribuye a Juan Vicente Gómez, de Venezuela: Un su compadre, enemigo suyo, fue a verle a palacio aunque se hallaba advertido de que su presencia no era grata. Juan Vicente, después de charlar con su compadre, le hizo la siguiente pregunta: -Oiga, compadre, aquí está una estaquita y aquí un sapito; si el sapito salta sobre la estaquita y se clava en ella, ¿quién tiene la culpa? -El sapito, compadre, respondió el visitante. Cuando éste salía del palacio, fue aprehendido y se le encarceló por varios años. Juan Vicente era la estaca y el compadre el sapito. Pues bien, en Nicaragua el sapito son los yanquis y nosotros la estaquita. Mantengo en mi ejército la más completa disciplina. Un coronel que me era muy estimado, Antonio Gaicano, valiente y leal en la pelea, fue encomendado para hacerse cargo de la jefatura de una plaza. Cometió graves abusos, porque se embriagó y llegó hasta la violación de una doncella. Fue ejecutado sumariamente. Respetamos a las mujeres y a la propiedad privada adquirida honradamente. Los ladrones y los violadores son los yanquis. A mediados de febrero de 1928, en Granada, el obispo de ese lugar, de nombre Canuto Reyes, bendijo las armas de los yanquis que salían en batallón flamantísimo, a acabar con el bandido Sandino. El primer acto de aquellos piratas armados y con la bendición del señor obispo, fue saquear la iglesia de Yalí, de donde se llevaron un incensario de oro. |